6 de noviembre de 2018

Cambiar es inevitable, traicionarse, deplorable

jean Luc López


Después de veinte años sin verlo me lo volví a encontrar, me gustó como los años habían definido sus rasgos. Me gustaron sus canas y su paso más lento, sus movimientos reposados. No podía dejar pasar la ocasión sin invitarlo a tomarnos un café y charlar un poco. Fue un error que sufrí como duelen los grandes desencantos. No había cambiado nada, su cuerpo mostraba las señales del tiempo pero no así su mente. Hablaba de las mismas cosas con la misma ligereza como nos tomábamos la vida en aquel entonces. Yo no dejaba de verlo e imagino con una expresión de incredulidad y espanto, en realidad no podía creerlo. Me mantuve en silencio y aguantando unas ganas enormes de desaparecer de esa escena y hacerme la idea de que nunca había pasado, mis recuerdos y fantasías sobre él eran más gratos. No se extrañó de mis cambios porque la verdad es que no se enteró, era igual para él que yo estuviera allí o no. La misma arrogancia y la misma indiferencia hacia los otros. Si soy sincera les diré que me aterró.

La vida había cambiado mucho en todos los aspectos. Habíamos vivido y a mí me parecía imposible que las historias no te fueran transformando. Los encuentros amorosos y las separaciones, los hijos, los estudios, las amistades, los compañeros de trabajo, los padres, los hermanos. Ya yo no me reconocía en aquella persona que una vez fui, aunque algunos rasgos de carácter seguían allí conmigo pero más adiestrados. Ya no me gustaban las mismas cosas, ya no tenía, pero ni por asomo los mismos intereses, las mismas inquietudes. Esa experiencia, casi ominosa, porque era como haber encontrado un cuerpo sin alma me sirvió para pensar mucho sobre los cambios que necesariamente conlleva toda vida y qué significa no cambiar absolutamente nada. La impresión que produce es que no se trata de una verdadera vida humana, que son seres extraterrestres, zombis, robots tan bien logrados que engañan a una simple percepción. Si no tuviéramos la capacidad de percibir más allá de lo inmediato y careciéramos de emoción no nos daríamos cuenta de lo hueco y del sinsentido. Ahí me dije es eso, la emoción.

Tienen que ser vidas planas vividas por un muerto, alguien que no se involucra con su propia experiencia. Tienen que ser personas que no han sufrido pero tampoco han gozado. Todo debe ser igual, todo tachado, todo borrado. La verdad es que sentí un especie de vértigo al haberme remontado tanto tiempo atrás pero en la realidad. Cuando uno recuerda su pasado es inevitable recordarlo con la perspectiva de hoy. Uno se piensa con otra mentalidad y a veces se pregunta ¿Cómo pude? Otras veces se piensa con ternura, con cariño y hasta con nostalgia. Es que el tiempo pasó y nosotros cambiamos pero también cambió nuestra realidad. No estamos en el mismo país y no somos los mismos. También me detuve a pensar como esa realidad del entorno, ya no tan cercano, determina los cambios de rumbo de cada destino. A todos nos cambió la vida, todos hemos tropezados con decisiones forzadas que no queríamos, que no estaban en nuestros planes, que jamás hubiéramos tomado en otras condiciones.

Uno no puede saber lo que el futuro le tiene reservado, a mí me lo hubiese contado una adivina y todavía estuviera riendo a carcajadas ¡Admirable imaginación! habría exclamado. Muchas actividades distintas vamos desempeñando según nuestros intereses, a veces rectificamos y agarramos otros caminos, iniciamos multitudes de cosas y dejamos sugeridas otras pero de todas dispone el futuro. A veces muy ingrato. ¿Cómo no vamos a interrogar esa realidad? ¿Cómo podemos mantenernos ajenos a ella? ¿Cómo es posible que esa realidad no nos cambie? Si es una realidad contundente y radical. Si exige decisiones forzadas, si nos enfrenta con la muerte en vida. He pensado que o nos convertimos en robots y nos amputamos las emociones o tenemos que colaborar en un bien común, en aliviar este duro tránsito al más necesitado o irse del país. Pero se hace más fácil sumergirse en la locura y comenzar a fantasear o a agredir al otro que también está batallando o que hizo de su vida un propio y digno trabajo.

Admiro a las personas que saben transformarse, que no se mantienen adscritos a ideologías ni a dogmas incuestionables. Aún más las admiro cuando hacen públicas sus rectificaciones, porque se lo difícil y doloroso que resulta. Abandonar una causa o separarse de un ser amado requiere valentía y soportar el dolor y los estragos que causa. Pero son pasos necesarios cuando se hace imposible seguir adornando una realidad que golpea con contundencia, que no solo habla sino grita. De la decisión de una persona dependen otras y por lo tanto es una responsabilidad que hay que asumir con todas sus incomprensiones y desprecios que puedan acarrear. La vida no es para cobardes, para acomodaticios y pusilánimes. La vida bien vivida requiere coraje y determinación. No me causan admiración, en absoluto, los impolutos, los que no se han ensuciado en el barro de la existencia, los que no cambian, lo que no han abrazado creencias para luego poderlas dejar atrás. No me gusta el que acusa y no ve sus arrugas. No me gustan los dogmáticos, no me gusta el fanático. No me gusta el que no siente y el que no piensa.

El mundo se está poblando de estos zombis fanatizados que se acomodan en filas destructoras. Aterran por la convicción que tienen de un mundo que se quiere concebir sin fallas. Que no admite cambios. Un mundo sin sentido, un mundo sin vida.

Cambiar es inevitable, traicionarse es imperdonable. Por eso y mucho más gracias Teodoro.

30 de octubre de 2018

Sociedades reactivas y fastidiadas

Pedro Cabrera


Estamos muy fastidiados de la constante discusión sobre lo mismo, los mismos argumentos, la misma retórica, la repetición infructuosa sin emoción. Ya nadie escucha y con razón, ¿Por qué prestar atención a componendas donde no se nos está tomando en cuenta? Es que acaso en este momento no es más importante atender a nuestras penurias diarias que perder el tiempo en lo mismo análisis que se están esbozando desde hace años. Ni para adelante y sí mucho para atrás. Porque hubo un tiempo en que se creyó en la lucha de la oposición, en el que salíamos a la calle con mucho más arrojo que estos mal llamados líderes, que a la primera piedrita salían huyendo en sus motos. Yo los vi, sin negar uno que otro acto valeroso. Políticos que no se hacen responsables de sus actos y que por lo tanto no cargan sobre sus espaldas la culpa de la que nos hablaba Max Weber. No dan la talla como afirma Soledad Belloso pero no hay tampoco reemplazo.

Así que además de todas las penas que desde hace mucho nos acompañan se une ahora el fastidio. Dejen de impartir órdenes con sus posturas caricaturescas de quien tiene mando o autoridad de cualquier orden. Autoridad moral o intelectual ya no la tiene nadie. A nadie ya se le concede crédito o confianza. Solo fastidian, no mueven, no convencen, no emocionan. No hay estrategias, no hay narrativa. Entiendo que la democracia no es solo ir a votar o dialogar es también y sobre todo un proyecto de país, la conformación de una sociedad donde se pueda vivir en paz con respeto y justicia. Una sociedad donde la vida tenga posibilidad. No se trata de vidas heroicas, se trata de vidas sencillas en las que podamos caminar sin miedo, reunirnos para conversar con los amigos y compartir un vino, jugar con los nietos y poder visitar a nuestros padres en el cementerio. Una sociedad que no olvide sus paisajes,  esos bellos pueblos nuestros con sus iglesias coloniales. Donde no se irrespete el arte y donde todos reconozcamos en la calle, al verlo pasar, a Rafael Cadenas.

Estamos quizás en el final de una etapa sin que se haya visto el esbozo de la nueva. Se habla del fin de la política como lo vaticinó una vez Fukuyama (1992) creyendo que ya los peores males habían terminado con el triunfo de Occidente y la democracia liberal. El final de la Guerra Fría, creyó Fukuyama conduciría inexorablemente a la voluntad de ser reconocidos por los otros, predijo así, el final de las ideologías. Que lejos estaba de lo que pasaría en el siglo XXI con la eclosión de nuevos conflictos; los valores de la democracia liberal están siendo cuestionados y demolidos por los mismos mecanismos democráticos. No se necesita demasiada explicación, somos testigos directos como votando y dialogando, muy civilizados pues, entregamos nuestra libertad a los bárbaros. No se ha aprendido nada nuevo, se sigue pensando como si tuviéramos en un orden democrático de separación de poderes y capacidad de negociación. Los llamados son a utilizar las mismas herramientas una y otra vez en una repetición sin fin. Vota y negocia son los medios que se conocen y que han fracasado sin haberse hecho análisis serios ni rectificación de errores. Violencia contra claveles.

Las democracias comienzan a ser cuestionadas y atacadas en nuestro mundo occidental y quizás estemos presenciando el comienzo de nuevas formas de organización que aún no entendemos y que ojalá no sean como la que presenciamos en nuestro país, porque tendremos que decretar el fin de la libertad y la igualdad. Habrá quien después postule y escriba tratados sobre el triunfo del totalitarismo y las hegemonías. No sé cómo será ese infierno al que nos dirigimos pero se avizora tenebroso.

No es que haya habido muchos cambios en el mundo en cuanto a las organizaciones políticas, pero sí muy importantes. Cada vez que hay un acontecimiento significativo se observan los cambios de paradigma y la ilusión del final de la historia. Hegel en 1806 también plantea un fin de la historia cuando triunfa la Revolución Francesa y la inminente universalización del Estado con los valores de libertad e igualdad. También se equivocó, la misma libertad y la igualdad traerían los gérmenes de su destrucción. La caída del Muro de Berlín y la Revolución Francesa produjeron cambios significativos en las organizaciones sociales del mundo Occidental. ¿Cuáles van a ser las consecuencias del 11 de Setiembre del 2001, el atentado de las Torres Gemelas en New York? Atentado que hirió en su corazón a la democracia más sólida de nuestro continente y declara la guerra de la barbarie en contra de la civilización. Estamos observando los síntomas pero aún no sabemos a lo que conducirá ésta herida mortal. Vemos a las democracias, tal como las conocemos, haciendo agua y nos llena de incertidumbre y miedo. Los mecanismos propios de sus sistemas ya no están funcionando o están funcionando en su destrucción. Se enfrió el optimismo democrático.

Nadie tiene ahora conocimientos certeros y no hay discursos articulados por eso fastidia la misma retórica pronunciada con ínfulas arrogantes. No hay finales de historias, hay finales de conceptos. La realidad no se detiene lo que se puede detener es el pensamiento o entrar en receso. No se está pensando con la profundidad como lo amerita el grave problema que se nos vino encima, solo se repiten fórmulas gastadas y lo que provocan es un gran fastidio. Unas sociedades reactivas y bostezando cuando hablan sus políticos es lo que se está observando. ¿Es que nos le da vergüenza seguir con el micrófono en la mano ante un público adormitado? O simplemente es que no lo ven.

23 de octubre de 2018

Tiempo de tormentas



Estoy leyendo el libro de Boris Izaguirre “Tiempo de tormentas”. Un relato de su niñez, sus sufrimientos en la dura batalla que significó su aceptación y el desconcierto que causaba en los otros. Multitudes de experiencias lo sobrepasaron y lo tomaron por sorpresa. No tenía las herramientas para poder asimilar el escándalo que se iba formando a su alrededor. Un niño diferente con sus particularidades muy acentuadas desde sus primeros pasos. El libro, en mi entender, es un homenaje a sus padres, Rodolfo y Belén. Boris no hubiera podido aceptarse a sí mismo, ni hubiese podido asimilar el rechazo de un medio social bastante pacato y temeroso sin estos padres admirables. Su casa era como una isla en medio de un mar infectado de tiburones. Una casa donde se reunían personas de un nivel cultural privilegiado, como fueron sus padres. Enternece y admira la descripción que logra de Rodolfo en momentos difíciles, un hombre con un criterio indoblegable, certero y oportuno. Sin perder su serenidad sabía cuando Boris debía participar en las polémicas que ocasionaba y cuando le pedía se ausentara. Digamos un padre.

Belén más vulnerable y sensible a los posibles daños que le pudieran ocasionar a su hijo, no se inhibía ante ninguna batalla. La defensa y protección a su pequeño era sin medir costos ni titubear ante los señalamientos que otros le hacían sobre los peligros de la libertad y aceptación de las particularidades de un hijo difícil y vulnerable. Porque no solo había que lidiar con la dislexia del pequeño sino también con su carácter histriónico y amanerado. Digamos Boris no nació para pasar desapercibido y a su paso iba dejando a unos perplejos y a otros contrariados. En ningún caso era fácil la función de una madre también muy atareada con su carrera artística como bailarina. Boris participó y disfrutó intensamente de los escenarios, ropajes y excentricidades del mundo de la actuación. Belén no le censuraba nada ni temió por posibles “contagios”. Disfrutaba con su hijo en ese mundo de bellos movimientos. Boris la veía como una diosa del ballet. El amor guió a Belén sin titubeos sobre que debía hacer y cómo. Digamos una madre.

El resultado de una familia con estas características todos los conocemos. Sabemos quién es Boris, que hace, como anda por el mundo con pasos certeros y exitosos. No esconde nada porque nada tiene que esconder y escribe con belleza y sensibilidad. Con un libro de Boris uno se puede reír a carcajadas y también llorar, teniendo la seguridad que también su autor rio y lloró. Boris es tierno y tímido, es bueno y arrojado. Boris es Boris para disfrute de muchos y horror de algunos. Celebro con esta lectura, en cada una de sus páginas, a esos maravillosos padres que cumplieron su función con una seguridad envidiable. En una sociedad que daba sus primeros pasos en la expansión hacia nuevas realidades, pero como que se ha quedado en esos primeros pasos. Parece que lo que pasó es que se zumbó a un mar de confusiones. Porque una cosa es otorgar libertad a los hijos y otra es no ocupar con propiedad el papel que como padres debemos ocupar. No somos amigos de los hijos somos los padres, debemos hacer esa difícil combinación de autoridad, amor y protección. Mucho de lo que vemos asombrados, hijos corruptos de padres que creemos impolutos, se debe a esa blandenguería educativa que nos invadió con una psicología de autoayuda. Falta cultura lo que sobró en la casa de Boris.

Sabemos que el mundo cambia en todos los órdenes. Cambian las organizaciones políticas, cambian las formas como nos relacionamos, cambian las parejas, cambia incluso las formas en cómo se concibe un bebé. Hay familias homoparentales, hay niños que se logran en probetas, hay vientres alquilados, un sin fin de variedades que aún no sabemos con certeza como va transformando la psique humana. Pero hay funciones que hay que cumplir para hacer a un ser humano. No importa quien cumpla esas funciones porque no son de orden natural son funciones simbólicas. Podemos contemplar a una familia tradicional, occidental muy religiosas, muy tiesitas ella, donde nadie anda despeinado ser compendios ilustrados de lo que no se debe hacer. Resultado hijos corruptos, locos, psicópatas, descarriados incontrolables. ¿No está lleno nuestro país de estos elementos? producto de esa sociedad que les hizo dificultoso a Rodolfo y a Belén su transitar con Boris. Hasta se tuvieron que mudar de casa por el revuelo que se armó en su edificio. Y Boris triunfando en los escenarios del mundo.

Sí, es verdad que los hijos pueden sorprender con algunos actos y causar mucho dolor. Pero también es verdad que no somos muy ajenos a esos resultados. Cuando se trata de personajes públicos un escándalo en la familia trasciende la privacidad y hay que mostrarse firme repudiando el acto. No se hace porque tampoco se fue firme mientras se estaba educando. No es el amor lo que se pone en juego son los valores que se defienden. Ame a su hijo corrupto, no hay ningún problema, pero no justifique ni comprenda su mal proceder. Que sepa lo que es la ley ética la cual no se negocia en ningún vínculo de parentesco. En esta sociedad todo es líquido, todo da igual. La mojigatería, el amor mal entendido, el autoritarismo y no la autoridad, el pegoteo, el irrespeto se está comiendo a nuestro país. Los yernos, los narcosobrinos, los hijitos de papá ya era fenómeno alarmante desde la época de las patotas de Caracas. Por ello y mucho más leer este libro de Boris sobrecoge, enternece y llena de orgullo por unos padres admirables y sólidos.

Todo mi respeto por Rodolfo y Belén. Mi gracias y admiración por la valentía de Boris al haberlo escrito, sé que no le debe haber sido fácil.

“Boris prométeme que pase lo que pase con esa diferencia tuya, sea lo que sea que vayas a hacer, no la perderás. No la venderás a ningún precio. No la traicionarás ni la volverás barata. Y no la disimularás” como le dijo Belén y Boris escuchó.

“Belén el niño ya está suficientemente desquiciado para que lo quieras hacer macrobiótico” sentenció su padre. Y Boris se hizo gourmet.