11 de marzo de 2026

Nuestra narrativa y mitos

 

Grant Maffner


A nosotros nos distingue como sociedad un marcado imago de adoración, principalmente a una figura virginal que elevamos a una superioridad con características sobrehumanas. No hemos podido trascender la idea de un líder dotado de poderes mágicos, de un mesías que nos conduzca con éxito por el espinoso camino de la salvación terrenal. Cuando una figura se vende como el que sabe, el que puede, el que posee el don de librar batallas invencibles al que obstaculice nuestra victoriosa marcha, sin pensarlo dos veces nos entregamos como vírgenes vestales, siempre dispuestos a mantener la llama sagrada del templo. Todo aquel que se asome al recinto con ánimo de contradecir cualquier principio, será combatido con la furia justificada de la más pura verdad irrebatible. Un imago colectivo que traspasa de forma horizontal y vertical a cualquier colectivo medianamente organizado.

Aquel desarrollo que se gestó en el mundo de un Estado laico no hizo mella en la terquedad psíquica de nuestros ciudadanos, “tenemos fe” y contra ella no hay Modernidad que se imponga. Predominará siempre el halo religioso con su manto protector y la heroicidad de un libertador que parió nuestra tierra. Bueno quizás podemos ser un poco más flexible y admitir que el nuevo libertador haya sido producto de un encuentro amoroso en otras latitudes. Pero solo hasta allí, no se puede pedir más una vez que integramos, asumimos y juramos lealtad a nuestro decreto a muerte. Ya desde pequeños conocimos a Kant y no renunciaremos jamás a el imperativo categórico de “españoles y canarios…” Somos un coto cerrado de caza. Guerreros disciplinados siempre dispuestos a obedecer al mando, solo pedimos que el jefe ordene.

Resultado del trabajo de tanto héroe no tenemos un Estado laico, pero hemos logrado unificar diferentes religiones que al fin y al cabo son componentes importantes de la sociedad civil. Esa gloriosa sociedad civil impulsa y desarrolla todos los fenómenos claramente políticos hasta que un ruido estruendoso con efectos explosivos nos mandó a parar. Un jefe todopoderoso, lejano pero potente, ordenó claramente que no sigamos molestando, que si no sabemos hacer las cosas bien él se encargará directamente con sus diligentes secretarios. Se acabó la guachafita y si alguien osa venir a alborotar será neutralizado inmediatamente y despojado de sus preseas. Lo único malo con este sorpresivo salvador es que no solo se dedica a nosotros, sino que se ocupa de medio mundo. Anuncia sus nuevos objetivos y hacia ellos se encamina.

Esta característica de no ser omnipresente ralentiza la solución a nuestras urgencias que son muchas y variadas y se comienzan a escuchar plegarias y susurros de letanías con olor a incienso.  Se ruega por la solución final. ¿Cuál será? No lo sabemos aún, pero llegará en eso tenemos fe. Es la relación que tenemos con el poder político moldeada por nuestro sempiterno mito. De alcanzar el fin que anhelamos se ocupará el escogido mientras nosotros esperamos. Es el personalismo carismático y las insignias religiosas que lo catapulta. Es la sincronicidad entre los símbolos patrios y las ideologías autocráticas. Es nuestra religión secular que no necesita iglesias pero que estamos constantemente honrando con nuestra presencia, justificamos el militarismo y renovamos los votos de obediencia, mesianismo y orfandad ante la certeza de la falla del padre protector. Alguien que venga pronto, sea quien sea, y resuelva los problemas, porque aquello de organizarnos, unirnos y conformar instituciones democráticas, es como demasiado trabajo. Es nuestra narrativa y mitos para un cambio deseado.

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