29 de noviembre de 2016

¿Qué quiero?




A mi papá con su Aleluya en casa. A mi mamá y sus sabrosas hallacas. Oír reír a mis hermanos a carcajadas. A mis hijos y sus primos con las luces de bengala. Un pesebre grande como se hacía en casa. Cantar, sin saber cantar, aguinaldos y parrandas. Un ambiente impregnado con toda esa insustituible magia. Un Niño Jesús sonriente con su carga, de juguetes y alegría, para la santa infancia. Los abrazos de las doce campanadas, con la Billo anunciando un año nuevo y una vida renovada. Volver a brindar con la esperanza intacta. Volver a revivir el amor que se nos fue pero que vive en el alma. Volver a tocar aquella Caracas.

Con sus Misas de Aguinaldo, con las patinatas por las seguras y festivas plazas, las arepas con la nata, el queso guayanés y el espeso chocolate. Las casas abiertas esperando nuestra entrada, al burrito sabanero, a la Virgen andina y su llanero San José. Al Niño venezolano con su mirada buena y su carita tostada. A las tías y su juventud contagiada. El alboroto, las voces ampliadas, los ruidos festivos y todas esas ganas. Caer rendidos en cualquier cama después de tremenda madrugada. Esperar las noches y las gaitas.

Volver a disfrutar de la luz decembrina, del frio anhelado y de nuestra cruz del Ávila. Pasar los días con los amigos y sus acogedoras casas. Con sus padres, sus hermanos y sus copas burbujeantes. Beber, comer y celebrar por un año transcurrido y por el que se adelanta. Respirar nuevamente con aquella libertad. Con la confianza de ser querido donde te pararas y si fastidiabas las casas eran grandes para poder retirarte. Los restaurantes repletos,  el bullicio de cubiertos, conversaciones amenas y deliciosos manjares. Se podía, casi todo se podía y con intensidad lo disfrutamos.

Solo quiero en estas Navidades duras y apagadas, poder hundirme en esos recuerdos, perderme en las fantasías de una vida añorada, agarrarme de las fuerzas que deja una vida grata, creer como los locos que regreso a esas etapas. No quiero pensar y vivir esta desgracia. Solo por un mes, solo un mes, lo necesita el alma.

Quiero brindar por mis viejos. Quiero brindar por mi infancia. Quiero brindar por la vida aunque se puso pesada.

Ahora solo quiero que mis nietos y todos los niños de mi patria recuerden sus felices Navidades. Que brinquen, que canten y destapen los tesoros que los padres escondieron hasta la fecha sagrada.

Les deseo a todos una Navidad lo más tranquilas y en paz posible. Feliz Navidad y un fuerte abrazo.

22 de noviembre de 2016

Que los taquitos vuelen




Hemos pasado una semana con demasiado ruido. Una ciudadanía alborotada que no cesa de gritar a los cuatro vientos y clamar por justicia. Se entiende, haber detenido la marcha por rescatar al país de tanta barbarie es un trago muy difícil de digerir. Nos detuvieron y nos dejaron en un silencio solo interrumpido por un comunicado mal redactado, impreciso que opacó su contenido importante. Se ha escrito y analizado hasta la saciedad este muy torpe proceder de las personas en que mayoritariamente se confía, las que conforman la Unidad Democrática.  Se cayó, entonces, en un vacío y apareció con todas sus fuerzas el temor de quedar atrapados sin salida. Gritamos y gritamos manifestando, como cada quien sabe hacerlo, una indignación por no ser tratados como adultos que sufrimos un Estado malandro.

Hay voces con gran sintonía y buena pluma que explayaron lo peor que se puede hacer en estos casos, exacerbaron los ánimos, se unieron al coro de insultos y juicios adelantados. Difamaron a los actores, torpes pero no malandros. Gastaron su propia credibilidad en una pelea dura y descarnada que solo manifiesta su desesperación mal tramitada. Embestir como un toro no es precisamente la conducta de nadie sensato que se haya paseado por lo conveniente que es suspender un juicio hasta contar con mayores elementos de análisis. Y más si se tiene un lugar en la opinión pública. Se mandó a la basura la responsabilidad y por supuesto ni que hablar el aplomo y la sindéresis. A veces cabe preguntar ¿Si nos comportamos como niños, cabe esperar que nos traten como adultos? A un niño se le va concediendo grados de libertad en la medida que vaya demostrando responsabilidad en su uso. Porque a un niño también hay que protegerlo.

Con que facilidad perdemos la sensatez, señal no solo de lo insoportable que ya se nos hace no solo una vida de oprobios, la indignación de sufrir tanta injusticia impune, sino de haber caído en una desconfianza generalizada que debilita la seguridad personal. Si el otro es un ser que engaña, que nos vende, que no cumple promesas, que actúa en la oscuridad de espalda a sus aliados, entonces estamos solos en un mar de tiburones. La única salida es terminar de saltar y dejar que nos coman, rogando que sea rapidito para no prolongar la agonía. Sin otro en quien confiar hay un yo totalmente desarraigado de toda sensatez moral. Nos convertimos así en “imbéciles morales” perdemos todo criterio para dilucidar como promover el bien y evitar el mal, que en mala hora y por falta de sensatez moral un día se eligió. Se quería “un cambio” sin duda se consiguió pero ya vemos como cambiamos. Salir de este laberinto se nos ha hecho muy difícil porque se escogió salir por la vía constitucional. 

Al parecer se quiere acabar con la dominación de la misma forma que se entró, sin mucho razonamiento y con impulsos desbordados de soberbia y prepotencia. No estuvo bien lo que hizo la MUD y menos como lo hizo, pero peor aún ha estado el ruido desordenado que hemos generado. Muchachos en un salón de clase cuando el profesor se retira al ser llamado a dirección. Los taquitos volaron por todo el espacio nacional con mensajes soeces referidos a los docentes. Hasta risa puede causar tantas infantiladas. Rasgo muy agradable que se conserva en nuestro carácter nacional pero que, sin duda, la ocasión tan delicada amerita controlar. Ese es el atributo que debe poseer un adulto, control y sindéresis. Hay momentos que requieren silencio o críticas argumentadas, que también las hay, por supuesto. Nos recordó en su oportunidad nuestro querido Alexis Márquez la sindéresis: “Sensatez para formar juicios y tacto para hablar u obrar” Al parecer esta virtud de la inteligencia es otro de los productos que desapareció de nuestros anaqueles. Santo Tomás de Aquino la consideraba como el puente de enlace entre la persona humana y su naturaleza.

Sabemos lo que queremos pero damos rodeos en el cómo porque así es la dinámica en la política, un día a día para resolver las trabas y actuar de la forma más certera, en la que a veces se falla. Una delicada estrategia que requiere un tiempo que sentimos no tenemos. No puede ser la inmediatez y la desesperación  las que nos guíen porque de lo que no tenemos tiempo es de comportarnos como “imbéciles morales”. Fernando Savater define “al imbécil moral” de la siguiente forma: “El imbécil sabe lo que quiere, pero no sabe cómo alcanzarlo o lo quiere sin esfuerzo, o bien no sabe lo que quiere, o cree que no quiere nada o que quiere todo, ni distingue lo bueno de lo malo. Tener conciencia pues, consiste en saber que se quiere vivir bien, en fijarnos si lo que hacemos corresponde a lo que queremos, en practicar el hacer las cosas que no nos repugnan hacer (el buen gusto moral) y asumir que somos libres y responsables de las consecuencias de nuestros actos” Ahora nada de esto es posible sin necesitar de los otros y no todo el que nos rodea es un traidor. Cuidemos, entonces, el vocabulario. Cuando emitimos una opinión debemos respetar al otro (cuando no se ha mostrado como un delincuente) y a nosotros mismos. 

La rabia tiene su origen apuntemos hacia allá los dardos. Que los taquitos vuelen pero por ahora en una sola dirección.

15 de noviembre de 2016

El deseo de un hombre fuerte





Lo que es evidente es que todo resulta distinto a como suponemos debería ocurrir o como pronostican las encuestas y analistas políticos. Señal que algo está desapareciendo y nos negamos a verlo, aunque los sociólogos destacados lo vengan estudiando y vertiendo como luces orientadoras al mundo. Está haciendo aguas nuestras firmes creencias de cómo debe estar organizado el mundo, por lo menos el Occidental. Sería bueno que apartemos un poco la mirada de los sistemas como totalidad y sus resultados o fracasos y volteemos un poco a mirar al ciudadano, sus miedos, inseguridades, sus deseos y la ilusión de la que se agarran para la solución de sus problemas. Al fin y al cabo es de allí que parte el fenómeno, los sujetos son los que terminan por elegir, quizás, el final de su libertad e intimidad por un poco de ilusoria seguridad. La democracia colapsa y no es que no se haya visto es que no lo hemos querido ver.

Se venía señalando la debilidad de los Estados-Nación, ya los países no se rigen solo por sus propias leyes, pertenecen y deben obedecer a una dinámica global que viene siendo comandada por la economía. El dinero, se dice, tiene su propia dinámica y hay que dejarlo actuar. Sin embargo hay manos muy poderosas y escasas que tienen la potestad de hacer colapsar cualquier dinámica en un dos por tres. Podemos acostarnos a dormir en un mundo y despertarnos en otro totalmente distinto, desconocido y por lo tanto amenazante. Pareciera que la seguridad de nuestras vidas y el confort que buscamos ya no depende de un esfuerzo y logro personal. Vivimos, como resultado, con miedo, inseguridad y desamparo. Cuando las poblaciones se sienten amenazadas y el miedo se apodera de las interrelaciones sociales se hace propicia la situación para la irrupción de totalitarismos. Se comienza a desear a un hombre fuerte que proteja contra las fuerzas amenazantes. Se escoge al propio verdugo.

Lo que fue una pesadilla en un pasado se hizo realidad en el mundo actual. Las emigraciones masivas que ya son un cuadro dantesco en las calles europeas, el terrorismo que hace irrupción en los centros de la civilización occidental por fanáticos dispuestos con determinación suicida a acabar todo logro de las democracias y como consecuencia de los Derechos Humanos. Ya no hay dinero para seguir costeando las astronómicas sumas que produjeron las políticas de “viaje ahora y pague después” la deuda como forma de vida que arrastró al ser humano desde sus primeros pasos en las Universidades, con sus créditos educativos que viene desde hace mucho tiempo sustituyendo las becas. De tal modo que un estudiante ya es un ser inmerso en la organización mundial de vivir pagando deudas adquiridas muy por encima del valor del préstamo otorgado. Esa carga en los hombros acompaña toda la vida a un sujeto promedio en cualquier sociedad. Al mismo tiempo los puestos de trabajo son inseguros, pasajeros, rotatorios. Los desocupados es una problemática, también, mundial. Como indica Bauman “somos conscientes de cuán frágil, inestable y temporal es la presunta seguridad de nuestras vidas” Un mundo que vive la angustia de perderlo todo. El mundo de la incertidumbre que a nadie le gusta.

De este incómodo vivir se hace dueño el advenedizo en política y toca las fibras del sujeto endeudado con los valores humanos. Porque aquello que no costaba sino un esfuerzo de reflexión, educación y compromiso con los otros no fueron cotizados en las bolsas de valores. No estuvo y no está de moda en nuestros contactos diarios con los demás, nada más fácil que mentir, trampear y no comprometerse con la palabra dada. El desprecio por la libertad, los derechos y deberes que como humanos nos dan un lugar distintivo en relación a las bestias. Hablar hoy de ética es casi un anacronismo. El mundo no es lo que fue hace apenas un siglo, marcha vertiginosamente hacia la destrucción de lo establecido y aun no se vislumbra cual será la nueva organización que el hombre quiere construir. Lo que si sabemos y ¡vaya que lo sabemos!  lo fácil que es destruir y lo difícil que resulta construir. Además que tampoco se ve con claridad quienes se harán cargo de tan difícil tarea, no hay organizaciones dedicadas a estas catástrofes con seriedad. Presenciamos asombrados una nueva guerra que proviene de los deseos más ocultos. El inconsciente y las pulsiones haciendo de las suyas con absoluta libertad.

Se apela, entonces, al hombre fuerte, al padre de la Horda que está más allá de las leyes. Muchas voces se han destacado denunciando la problemática y no se han oído, así lo expresa Vargas Llosa, una voz entre otras,Se piensa que un hombre fuerte, un hombre de carácter, un hombre con pantalones, que aplique mano dura, puede ser mucho más eficaz que un sistema democrático para resolver los problemas. Desde los problemas económicos, hasta el terrorismo o el orden público. Pero es una aberración que no resiste ningún tipo de cotejo histórico, la historia nos demuestra que las dictaduras son mucho más ineficientes que las más ineficientes democracias, que dejan siempre una secuela terrible de corrupción” No se oye porque estamos ante un sujeto que está más vinculado a su angustia que a los otros. No piensa busca que alguien lo salve y con ello se mete en la cueva del lobo. Se ejerce una violencia contra uno mismo y contra del otro, es el goce articulado que define al sujeto en la actualidad y del que se siente aterrado ante la posibilidad de perderlo.

Entre otras muchas consideraciones que hay que hacer, para irle ganando terreno a tanta oscuridad, entender al sujeto origen de lo inesperado, es solo una de ellas.

8 de noviembre de 2016

Solo un voto de confianza




En un mundo en que se marcha a altas velocidades se hace muy difícil soportar una abrupta parada. No se entiende sino con un gran esfuerzo reflexivo que no todos están dispuestos a ejercitar. Menos cuando la situación es apremiante, cuando las fuerzas morales se han usado exhaustivamente hasta convertirlas casi en actos de fe. Mantener las esperanzas es un ejercicio religioso, una ilusión a la que nos aferramos para no terminar de caer en un vacío que nos precipitaría a actos insensatos de los cuales no podríamos regresar. Se aminoró la marcha para tratar de evitar el horror de una masacre a la que un régimen, sin ninguna clase de escrúpulos, nos precipita. La ética, guía para dirimir conflictos, se encuentra en un estado de extrema debilidad, no podemos aprehenderla con facilidad e incluso ni la echamos de menos. Situaciones límites que revierten las conquistas de la humanidad. El deber de agotar los recursos que eviten una violencia sin control ya nos parece una tarea muy pesada y sin valor. Hay explicación para entender este clima que se ha hecho preponderante en el sentir nacional, no proviene de la nada, no obedece a una locura colectiva.

Adela Colina escribe un libro al que se le otorga un premio nacional español, “Para qué sirve la ética” en el que afirma “ningún país puede salir de la crisis si las conductas inmorales de sus ciudadanos y políticos sigue proliferando con toda impunidad” Pues bien, se sigue mintiendo, robando, secuestrando, maltratando con total impunidad. Seguimos abandonados a la inanición y las imágenes de personas que mueren de hambre y comen de la basura están ya colgadas en las paredes nacionales, es la visión del espanto cotidiano. En este escenario se plantea sentarse a conversar, teniendo como mediador a un enviado del Papa, representante de Dios en la tierra. No es, sin duda, un lugar simbólico cualquiera, unos y otros alegan “no podíamos negarnos” y con toda razón, no se podía descartar de antemano un acuerdo que evite una guerra. Pero el mismo representante de la divinidad manifiesta estar espantado con la situación infrahumana con la que se tropezó al aterrizar en estas tierras desbastadas. Así tenemos que no es fácil desde afuera tener la fotografía de lo que significa oler la fetidez que exhala el criminal. La náusea es el síntoma nacional.

No nos es posible el autoengaño, tan necesario para vivir. Cuando los estómagos crujen y el dolor domina dejamos la civilización a un lado y nos arrojamos unos contra otros como bestias sin control, no se pueden contemplar las buenas costumbres en las selvas repletas de plantas carnívoras. Detener o tratar de detener lo que parece irremediable, pensándolo bien, es hasta un gesto heroico. Que tenga resultados o no es harina de otro costal, no haberlo intentando seria señal de que todos, masivamente, perdimos por completo y sin retorno cualquier contemplación por los valores humanos. Tenemos muchos valores aun intactos y ese si es nuestro recurso no renovable que debemos proteger como el más valioso tesoro. Cuarenta años de democracia no fueron en vano, nos dejaron las lecciones que victorias duraderas solo se alcanzan por las normas constitucionales acordadas. De ese camino no debemos salir y si fue necesario que la Santa Cede nos haya conducido a sentarnos con el diablo procuremos que las llamaradas de odio que exhalan no terminen por aniquilarnos. No deja de ser paradójica la situación, la mesa está servida con un simbolismo eclesiástico tratando de ganarle terreno a un real que nos ha acechado por mucho tiempo envuelto por un imaginario de desconfianza y escepticismo.

Si no nos manifestáramos con escepticismo y desconfianza no seriamos humanos. Quien se ha visto envuelto en un engaño constante no puede sentarse con confianza. Es más, el solo sentarse puede ser catalogado como un acto de locura, de haber extrañado todo un aprendizaje, de negar la realidad.  Estamos desconfiados y es sano que lo estemos, es una realidad ineludible que debatimos con tramposos y malvados. No es la ingenuidad la que nos conduce, es la estrategia y la sagacidad necesaria la que no podemos traicionar ¿si hemos llegado hasta aquí, sin duda, con una buena conducción porque no creer que seguimos siendo bien conducidos? Manifestarse con un talante despreciativo e insultante hacia los encargados de tan difícil tarea solo revela una necesidad de ser superiores, de hacer las muecas del no engañado al resto o haber hecho de la mala fe su ser en el mundo. Extremos más que injustos reveladores de sus portadores. No es la crítica necesaria lo insoportable es el desprecio.

Walter Benjamín destaca, como si lo hubiera escrito para nuestro momento “¿es acaso posible una resolución no violenta de conflictos? Sin duda lo es. Las relaciones entre las personas privadas ofrecen abundantes ejemplos de ello. Dondequiera que la cultura del corazón haya hecho accesible medios limpios de acuerdo, se registra conformidad inviolenta. Y es que los medios legítimos e ilegítimos de todo tipo, que siempre expresan violencia, puede oponerse los no violentos, los medios limpios. Sus precondiciones subjetivas son cortesía sincera, afinidad, amor a la paz, confianza y todo aquello que en este contexto se deje nombrar (…) Posiblemente, el mejor ejemplo de ello, el de más alcance, sea la conversación como técnica de acuerdo civil. En la conversación, no solo la conformidad no violenta es posible, sino que el principio de no utilización de la violencia se debe expresamente a una circunstancia significativa: la no penalización de la mentira. Quizás no haya habido en el mundo legislación alguna que desde su origen la penalizara. De ello se desprende que existe, precisamente en la esfera de acuerdo humano pacifico, una legislación inaccesible a la violencia: la esfera del mutuo entendimiento o sea el lenguaje”

No se trata de los héroes religiosos como muy bien expresó Federico Vegas ni de los escépticos por convicción, se trata de un intento, en condiciones muy adversas, de lograr trascender el horror por medios civilizados. Ojala tengamos suerte, por lo pronto votemos por la confianza, aunque solo nos estemos agarrando a una ilusión. Pero ¿quién dijo que sin ilusiones se puede vivir?

1 de noviembre de 2016

Nos vamos reconociendo




El momento es político por excelencia, el campo de la acción. Las estrategias deben decidirse día a día, con mucho tacto y sobre todo con un muy sagaz y perspicaz reconocimiento de la población. Las comunicaciones deben ser claras y fluidas, trasmitir un halo de confianza general hacia los encargados de tan difícil tarea. Está clara la lucha, pedimos volver a la civilización, decidir nuestras diferencias por las vías señaladas en la constitución y con ello rescatar un país donde se haga posible la convivencia. Por el otro lado también están claras las estrategias, mantenerse en el poder al costo que sea y si para ello hay que salirse de toda regla acordada, pues adelante por ese camino se zumban. Ambas posiciones poseen sus fuerzas, nosotros la mayoría de una población decidida por revertir un destino mortífero; ellos las armas y las instituciones. No la tenemos fácil, la situación que enfrentamos es delicada. Momento de cabezas bien amobladas para la dirección y de emociones intensas controladas que motoricen con determinación las acciones. Se requiere, entonces, el mayor equilibrio posible.

Hay mucha rabia y sobran las justificaciones para que estemos indignados. La rabia puede ser muy buena pero si no se tramita adecuadamente, acaba por destruir los actos acertados para trascender las circunstancias que la provocan. Muy buena para impulsar a actuar y no dejarse vencer por la inercia de la depresión. Pero un enemigo si se deja desbordar y se permite que abarque todos los espacios vitales. La rabia debe y tiene que ser circunscrita en sus dimensiones y sobre todo no se puede perder de vista las causas que la originan. Se corre el peligro de quedar atrapados en las garras del resentimiento y perder la posibilidad de  conducirnos con propiedad y justicia. Se pierde el camino de la tranquilidad, se obnubila la razón y se actúa impulsivamente queriendo destruir todo lo que se atraviesa. El resentido en realidad se siente disminuido, no apreciado, no reconocido y su único objetivo es demostrar que es superior utilizando como armas las bravuconadas que provocan un mayor desprecio. Siempre errado pero nunca decidido a comenzar a labrarse un lugar, su propio lugar. Nietzsche señaló como unas de las tendencias modernas en las democracias y del socialismo la preponderancia política del resentimiento.

El arma psicológica por excelencia que utilizan los dictadores es desconocer a los ciudadanos y con ello ir provocando rabias descontroladas que terminan por destruir todo tipo de cohesión entre los oponentes. No se reconoce absolutamente nada del otro al considerarlo un adversario político, no se reconoce su fuerza, no se reconoce sus luchas, no se reconoce sus demandas, no se reconoce sus nombres, no se les reconoce su dolor, se les hace objeto de burlas y sarcasmos. En definitiva, se les trata de suprimir como sujetos. Todos los actos están enfocados para hacer sentir al otro que es un don nadie y si quiere sobrevivir es mejor que se someta o si no simplemente que se vaya del país. Ante semejante aplanadora violenta de resentidos sociales nuestra mayor y más efectiva defensa es reconocernos entre nosotros mismos, reconocernos en nuestra justa y necesaria cohesión para poder enfrentar con ganas, fuerza e inteligencia las causas de tan abarcador malestar. Es lo que estamos haciendo y lo estamos haciendo bien, no perdamos el camino. Nos vamos reconociendo.

Vamos descubriendo quienes somos, vemos con amor al que nos acompaña, el que se toma su tiempo para oír, el que comprende nuestro léxico y responde en el mismo tono. Vemos con ternura y dolor a quien relata su tragedia y sigue pidiendo justicia con entereza y determinación. Nos llenamos de emociones buenas al observar la respuesta masiva de ciudadanos en la calle clamando por votar. Allí nos parecemos y sabemos que no estamos solos, que somos muchos y unidos por un mismo fin, rescatar a Venezuela y comenzar a construir un nuevo país. En este escenario volvemos a ser sujetos protagonistas de nuestra historia y con un deseo que no doblega. Es nuestra mayor fortaleza, no caigamos en las trampas de quienes nos ponen a odiar indiscriminadamente, de quienes ven un traidor en todas las esquinas. El momento es delicado y requiere lo mejor de cada uno. Seamos hijos de la ilustración y dejemos los atavismos del resentimiento y la rabia desbordada que no busca sino rebajar al otro. Nos estamos reconociendo, en la acción volvemos a ser sujetos políticos de derecho. Somos ciudadanos, no pueblo, ni masa, sin nombres ni apellidos y sin partida de nacimiento.

Después que actuemos con acierto y contundencia volveremos a nuestros lugares pero nunca siendo los mismos, algo muy valioso habremos ganado. Seremos nuevamente distintos entre los iguales y fortalecidos. Es al fin y al cabo la propuesta de la ética, descubrir quiénes somos reconociendo al otro. El deseo es poderoso cambia una vida, cambia al sujeto, puede cambiar a un país. Pero para conseguir ese deseo hay que limitar al goce, y la rabia desbordada, que es un goce, puede ser su destructor. Ejemplos sobran en el escenario público. Perdieron contacto con la realidad, no quieren saber de ambiciones perdidas, pues bien se la vamos a señalar y con ello le ponemos límites. No somos cuerpos a ser lastimados, somos sujetos y nos estamos haciendo oír, allí esta nuestra grandeza, en nuestro reconocimiento. Como nos invita Hannah Arendt llevemos a cabo “nuevos inicios” acciones novedosas e inesperadas que apuntalen nuestro ser. En el discurso y en la acción está lo que somos, nuestra identidad. En ese escenario nos estamos reconociendo.