30 de mayo de 2017

La importancia de un nombre




Antes de nacer ya somos nominados. Cuando se espera a un hijo con entusiasmo, los padres ponen un nombre a la criatura por nacer, nunca se habla de un feto sino cuando este pierde la vida. Somos al principio un nombre que proviene de una nada, de un vacío, de una cosa innominada. Pero no basta portar un nombre, hay que llenarlo de contenido, proporcionarle un peso específico, apropiarnos de él y sentirnos representados por esa nominación. Cuando se nos llama por el nombre sentimos ser acogidos, reconocidos por el otro. Despertamos inmediatamente cuando oímos ese sonido que nos acompaña desde siempre. Más tarde se convierte en escritura y es uno de los primeros trazos que nos enseñan a dibujar. La firma nos representa en nuestro ser legal. Un nombre nos introduce en el mundo compartido, en el simbólico, en el lenguaje. Un nombre no tiene traducción y debe sonar de igual forma en cualquier idioma. De allí la importancia de llamarse…Ernesto para Óscar Wilde.

Curiosa la hilaridad que despierta su obra. Dos hombres que se hacen llamar Ernesto para conquistar el amor de dos mujeres obsesionadas por casarse con un Ernesto. Confusiones de identidad y diálogos repetidos por ambos personajes es la esencia de la historia. Situaciones absurdas pero escritas con magistral gracia. Porque Oscar Wilde es Oscar Wilde un maestro en las letras. Se hizo su nombre escribiendo, pero escribiendo muy bien. Hegel concebía que “el hombre no es más que la serie de sus actos” basta un solo acto que se deslinde de una serie para dejar de ser quien somos y el nombre perder su connotación para adquirir otra. Un ser correcto puede devenir en asesino y un hombre “pecador” puede convertirse en Papa (Thomas Mann) Un ser de poca nominación y prestigio puede devenir “presidente” y un profesor en “traidor a la patria” cuando es juzgado por seres que irrespetan su nombre escondidos en uniformes, togas y birretes mal diseñados. También hay cargos, con sus respectivas nominaciones, ocupados por seres que no tienen nombre para ocuparlos y no pueden calzar en la dignidad del rango. Como dice el tango de Enrique Santos Discépolo “Vivimos revolcaos en un merengue en un mismo lodo todos manoseaos” en el que fue su tango de mayor relevancia “Cambalache” y que marcó historia tanguera en el siglo XX.

Hay seres como Funes el Memorioso, de Jorge Luis Borges, incapaces de captar las ideas generales, incapaces de pensar, de establecer diferencias, de abstraer. De esa forma solo pueden concebir las nominaciones como los objetos, como cosas, en su incapacidad de deslizarse por significaciones. Si a esa flor se la llama Rosa es a esa flor y no a ninguna otra, no hay conjunto, no hay jerarquía, solo inmediatez. Así le sucede con su nombre al que no fue capaz de darle fluidez en cadenas de significaciones. Es quedar petrificado en una rigidez; como cosas pueden ser colocados en un lugar en el que desentonan. Malas caricaturas, impostores sin representación que haciendo el ridículo pueden hacer mucho daño. El otro en seguida lo capta y es por ello el empeño en mostrarse con multitudes de destrezas que no posee y que revelan descarnadamente su torpeza. En realidad sino fuera por el daño que causan darían mucha lástima. Pianista sin ser pianista, bailarín, clarividente, deportista, estadista, venezolano, todo absolutamente todo puesto en duda y mal ejecutado. Su nombre no será recordado sino por lo negativo, por el vacío y el daño. De hecho cada quien lo nombra de manera distinta y ninguna nominación es sonora y amable. Pobre ser incapaz de hacerse un nombre. Un ser sin símbolos.

Proust lo describe de manera muy poética “los nombres tienen en sí mismo una forma, un relieve, una luz” se puede carecer de estos atributos y ser solo un gris, una oscuridad en el paisaje. Un punto negro que devora. No lo creemos capaz ni de ser actor de sus propios actos sino una marioneta mandoneado. Tenemos que lograr la pincelada que recubra este error de nuestro texto. Hacer que el nombre de Venezuela sea nuevamente asociado a la amabilidad, al bienestar de un lugar grato, es también nuestro nombre que ha sido mancillado, usurpado, secuestrado.  Solo nuestros actos volverán a darle brillo al orgullo de ser venezolanos y en ello debemos ser cuidadosos, decididos, firmes, cautos. Venezuela nos representa pero cada uno de nosotros le confiere la significación que deseamos. No nos fatigamos porque estamos en el rescate de nuestro ser y de la relación con los otros, en el rescate de nuestro nombre, dejar de ser esa mancha en la que nos convirtieron y que horroriza a los vecinos. Nos tratan como objetos y por ello violentaron nuestro nombre, quisieron hacer de nosotros lo que no somos. Como actúan sin relato se olvidaron que hace mucho tiempo nos dimos un nombre y a ello no hemos renunciado. Quizás esta parte terrible de nuestra historia nos haga reflexionar sobre la importancia de tener un nombre y defender con mayor sabiduría el honor de sus significados. Quedarán como huellas borradas de nuestra historia.

Un nombre propio que nos devuelva la autenticidad y nos sitúe en la legalidad que nos confiere cada una de nuestras firmas y la voluntad de nuestros actos. Que nos retorne la importancia de tener un nombre.

23 de mayo de 2017

Un solo acto responsable




Hay una preocupación en el país por las reacciones que podamos tener ante tanto acto cruel; el ser humano en momentos límites puede devenir en bestia. Preocupa que comencemos a comportarnos como lo que adversamos y así pasemos a ser como ellos. El odio que han desatado en la población puede conducir a acciones desbordadas de venganza y retaliación lo que retardaría más nuestra entrada en  un mundo organizado y justo. En realidad estas acciones son contadas y pocas para el daño que esta “secta” (Humberto García Larralde) apoderada del país ha causado. Lo que mayoritariamente se ha mostrado es determinación, valentía y sensatez más allá de lo esperable. Asombra las conductas adecuadas, más que los pocos signos de barbarie de parte de la población demócrata de este país. Pero no está de más recordar que la admiración mundial se ha ganado gracias a que no abandonamos el apego a la constitución. Asombra tanto respeto por las bases indispensables para volver a restituir la democracia, para volver a conformar nuestro mundo habitable. No estamos adversando un gobierno cualquiera, estamos adversando a un grupo de delincuentes que se han mostrado sin ningún signo de piedad.

La carencia de piedad es por excelencia el componente principal del sadismo. Hemos estado secuestrados por sádicos que han querido ejercer un control militar sobre nuestros cuerpos, gozando inhumanamente con la muerte y el dolor. Sade quizás fue uno de los mejores exponentes modernos de la tendencia hacia el control en todos los órdenes que se observa en nuestra era. La normatización de la vida y de la muerte a través de rígidos protocolos del accionar humano se desborda en un deseo de posesión de todo vínculo social que también comporta la virtualidad criminal (Bernard Sichère). No somos libres, estamos secuestrados, por lo tanto las opciones para actuar con responsabilidad y respeto también están limitadas. Solo tenemos una opción, no hay otra, imperativo es derrocar a la camarilla criminal. Sin embargo es admirable y asombroso que en la mayoría de los ciudadanos se aprecie tan digna y sobria determinación, con un accionar apegado a las leyes y a la observación de la conducción en la lucha. Ha habido excesos pero muy limitados al tener en cuenta la magnitud de la tragedia por la que atravesamos.

Hemos observado, en toda su gama perversa, el ultraje a la inocencia. No hay piedad por nadie ni por nada. Se ultraja al niño, al anciano, al estudiante o al profesor, al obrero, al campesino y a los indígenas. Se irrespeta el recuerdo del Holocausto, se banaliza el dolor de las familias destruidas por el asesinato de los seres queridos, se hace un despliegue del deleite que muestra el libertino que no cree en nada y que no quiere nada más allá que lo inmanente de lo horrible. Carcajadas ante los cadáveres y en medio de nuestra desesperación e indignación debemos tragar grueso y aferrarnos a lo que no pueden ultrajar. La determinación inquebrantable de lo que hemos decidido ser, no podrán cambiarnos porque si lo logran estaremos todos muertos, no habrá nada que hacer.

Para organizar nuevamente un mundo habitable no podemos renunciar a la ley de la razón y tendremos que retener los impulsos naturales que nos empujan a la guerra. Sujetos a un mandamiento universal que legitima todo acto humano es la única posibilidad de surgir nuevamente como país. Cruzar la raya de la responsabilidad que tenemos en nuestros actos es perdernos en una selva donde no volveremos a encontrarnos. Es la única brújula que poseemos como guía de cada existencia humana, verdaderamente humana. Ninguno estamos exentos de cruzar la línea de la maldad y mancharnos las manos de sangre cuyo rastro no se borra jamás. Que sean ellos los que queden marcados y nosotros pasemos a la historia invictos en nuestra integridad. Qué difícil se nos hace pero lo contrario sería abolirnos para pasar a ser receptáculos de excrementos, de violencia y de horror. Como decidieron los malvados, como lo representan los monstruos. Pesadilla que atormenta y que destruyen los mundos habitables, “un mundo sin compasión no es habitable para los seres humanos” (Adela Cortina).

Después de todo un mundo no es más que un entorno de sentido; un lugar compartido donde las cosas y los humanos logran un entendimiento simbolizado, en el que se participa y se comprende a los otros. Un mundo debe poder ser comunicable y verbalizado, explorable, recreado. Podríamos afirmar que es todo lo contrario a esta oscuridad que hoy atravesamos, por lo tanto nuestra gran tarea será construirlo y para ello debemos resguardar la única herramienta que poseemos, nuestra humanidad no negociable. Nos han arrebatado casi todo, pero no han podido con la inteligencia y la bondad del venezolano. En esta nuestra insurrección (Fernando Mires) es cuando más a prueba estamos, no caigamos en la tentación de la revancha, aunque el odio hacia el torturador sea humano. Justicia es el acertado reclamo y ya lo comenzamos a ver, no perdamos esas señales. Nuestra libertad limitada nos conmina a un solo acto pero asumiendo responsabilidades. Un solo acto responsable.

16 de mayo de 2017

Nuestra forma elegida




Que difícil se nos hace tener nuestros sentimientos y pensamientos con algún grado de continuidad o coherencia. Saltamos de una emoción a otra (que puede ser su contraria)  en una caída libre sin freno. Nos asaltan alegrías intensas porque vemos que nada nos detiene en la conquista de nuestro futuro. En seguida tropezamos con un dolor lacerante por nuestros muchachos asesinados sin el menor asomo de piedad. Nos invade una ira enloquecedora por tanto tormento infringido sin control. No hay posibilidad de  ordenar nuestra casa interna para poder sentarnos y encontrar algún refugio que sosiegue. Es imposible la templanza, la nobleza, la prudencia como guías de conducta hacia los que descaradamente maltratan desde sus ridículas mascaradas de poder. Es una situación que debemos atravesar así con nuestros signos de locura colectivo, con los cambios de carácter, con lo peor de cada quien pero también con lo mejor nuestro hacia nuestros iguales en el combate. Signos de solidaridad y entendimiento sin palabras nos acercan sin el menor asomo de dudas. Solo en este rasgo fundamental se vislumbra un mundo civilizado.

Somos más que nunca la expresión de nuestra “naturaleza caída” (San Agustín) que fue la respuesta que Hobbes y Rosseau se dieron a la pregunta de por qué cambiamos la libertad por promesas falsas de una tiranía. La naturaleza humana no es inocente al haber perdido su determinismo instintivo. Por el hecho de que poseemos un lenguaje podemos mentir y lo hacemos con muchísima habilidad y por distintos motivos. Mentimos para protegernos y proteger a otros, esta puede ser la mentira benigna. Pero también tenemos la capacidad de mentir por el placer de engañar, someter, vejar y confundir. Es la mentira del que se esconde detrás de discursos “inocentes” para ejercer su voluntad perversa de someter a otro. Un poder sádico que también es voluntad humana. Pero existen las voluntades “de escoger nuestras leyes, la paz, las instituciones, las ciencias y el arte es decir la civilización” como señala Octavio Paz; estamos, entonces, viviendo el choque de dos voluntades irreconciliables y decididas. Pero ambas, por ser humanas y atravesadas por el lenguaje, son sometidas a la sospecha. También tenemos la capacidad de mentirnos a nosotros mismos; la verdad tiene estructura de ficción afirmó Lacan, la misma estructura de la mentira.

Sabemos que cuando hablamos de mentira es porque tenemos en contraposición una verdad. Cada quien vive aferrado a una verdad que le resulta irrefutable, que no quiere perder sin verse peligrosamente trastocado y sin verse obligado a cambiar definitivamente su ser. Cuando esta creencia fundamental cae por lo terco de la realidad se atraviesan momentos de mucha incertidumbre y de pérdida del sentido de la vida. Aferrarse a este núcleo organizador de la existencia contra toda evidencia es lo que llamamos fanatismo, provocador de los extremismos radicales que están dando efectos destructores alarmantes en nuestro mundo. El extremismo no solo destruye su entorno sino también destruye al sujeto que decidió renunciar a su vida por un fanatismo. O mejor dicho, el fanático es en realidad el que no se atrevió a ser lo que es. El fanático está muerto antes de matarse. Basta ver algunos voceros del régimen declarar mentiras absolutas con una expresión de incredulidad en sus rostros, sin emoción, sin certezas, sin pasión. Evidentemente perdieron su anclaje pero no el discurso. Saben que mienten pero tratan de no ahogarse todavía.

Momento en el que la búsqueda por una un sentido vital es colectivo, la buena fortuna es la de todos, una disyuntiva de una claridad meridiana, todos ganamos o todos perdemos. Después de todo es la esencia de la civilización, la voluntad de convivencia “se es incivil y bárbaro en la medida que no se cuente con los demás. La barbarie es la tendencia a la disociación. Y así todas las épocas bárbaras han sido tiempos de desparramiento humano, pululación de mínimos grupos separados y hostiles” afirmaba Ortega y Gasset. Nuestra verdad colectiva es que nos destrozaron el país, es que nada funciona y tenemos nuestros derechos confiscados. Que estamos presenciando la barbarie más grande imaginable y que para liberarnos de esta realidad mortal tenemos que formar nuestro grupo, que ya es prácticamente todo el país. Es hora entonces de concretar y cohesionar ese grupo con el llamado a todos los sectores en acciones contundentes. Los vínculos sociales necesarios no los pudieron destruir, surgieron con toda su intensidad en esta hora de la verdad; nuestro gran relato de un país próspero y gentil no desapareció de nuestro imaginario colectivo. Los símbolos de nobleza permanecen y se expresan ahora con mucho más coraje. Ese es nuestro cemento constructivo, nos reconocemos y necesitamos en un futuro compartido. Es nuestra forma elegida y nuestra gran verdad. Porque como decía Nietzsche “es necesario que algo tenga que ser tenido por verdadero, no que algo sea verdadero”.

Nuestro mito cohesionador -nuestra verdad- es que estas fuerzas desplegadas por la liberación del país ya son indetenibles. Que nuestros enemigos muestran su turbación con mentiras primitivas, balbucean incoherencias y corren cuando son emplazados. Que nuestra gente obligada a irse del país están mostrando su indignación con tanta fuerza como lo hacemos lo que permanecemos en él. La verdad es que como país ya elegimos aunque se nos niegue  expresarlo en las urnas. La verdad es que aquí hay culpables de tanta muerte, vejación y violación que reclama justicia. La verdad es que indignados estamos recuperando nuestra forma de país con nuestra manera elegida ya imposible de negar o revertir. La verdad es que tendremos nuevamente un país.

9 de mayo de 2017

Somos una promesa compartida




En tiempos sosegados los seres humanos podemos vivir con emociones equilibradas e intereses y deseos diversos, es por ello que son múltiples las expresiones creativas, múltiples las actividades y múltiples las ideas.  Nuestras mentes y cuerpos son habitadas por multitudes de sensaciones tan particulares como particulares son los rostros. La mayoría de las personas no nos causan irritación porque piensen distinto y procedan dentro de la gama de posibilidades que su entorno le permita y que libremente se decida. Hay cabida para el respeto, la tolerancia, la comprensión. Sin embargo en esas condiciones ideales escogemos las amistades, el amor no brota indiscriminadamente hacia cualquiera; los seres que nos producen placer, irritación o hastío provocan un acercamiento o un alejamiento. Nadie se extraña, censura o se explaya en discursos obligando al otro a querer a quien no quiere porque de antemano sabe que es tiempo perdido. En tiempos tranquilos no amamos indiscriminadamente, ni hostigamos al otro con una música empalagosa de seducciones utilitarias. Al menos no deberíamos.

Pero qué pasa en tiempos en donde la incertidumbre se encuentra en su máxima expresión, cuando el miedo penetró en cada uno de nuestros hogares. Qué pasa cuando el dolor nos reúne en los cementerios despidiendo muchachos que han sido asesinados por esbirros. Qué pasa cuando se tiene a un enemigo identificado como causante de la tristeza y malestar que nos invade. Qué nos pasa cuando estamos decididos a darle un vuelco a nuestro destino colectivo arriesgando lo más sagrado y querido. Qué pasa cuando se nos empujó a una situación límite. Sencillamente pasa que ya no podemos ser tan flexibles y plásticos con nuestras inclinaciones emotivas. Nos pasa que no damos cabida al indiferente, al apático o al arribista (según cada quien los califique). Nos pasa también que las identificaciones surgen con una intensidad y generalidad mayor de lo habitual por la necesidad muy humana de conseguir alguna sensación de seguridad entre tanto desasosiego. Conformamos grupos cohesionados para defendernos. Sentimos a los que luchan y se manifiestan por la causa justa más hermanos que nunca y lloramos todos las mismas penas y odiamos todos a los mismos asesinos. Utilizando una expresión de Marguerite Yourcenar en las Memorias de Adriano, nos pasa que esto ya pasó “de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de carne, una invasión de la carne por el espíritu”.

Sabemos que la solidez de nuestra unión es la que nos confiere fortaleza. El poder que hoy tenemos radica fundamentalmente en este prodigio del ser humano que solo lo despierta el miedo y la humillación proporcionado por un régimen totalitario, abusador y cínico. Derrotarlos tomó nuestro espíritu y no hay cabida para estar con eufemismos moralistas. De allí lo grande pero también lo delicado de nuestra situación. Estamos determinados porque atravesamos una guerra y la sentimos como definitiva, nuestras actividades se encuentran limitadas pero momentáneamente porque estamos luchando precisamente para no permitir la “tentativa de encuadrar la sociedad entera; de fijar y determinar todas las actividades de la sociedad” que según Claude Lefort es el principal objetivo de los regímenes totalitarios. Estamos rechazando la dominación y por ello se tumban las estatuas, se pisan los símbolos de los que se quisieron erigir en rígidas y despóticas autoridades.  Según Freud uno de nuestros miedos ancestrales es la falta de un padre, una autoridad protectora; pero también Freud nos instruyó sobre el deseo de muerte hacia el padre que niega la libertad y el goce a sus hijos. Se necesita seguridad, pero lo ominoso nos acecha en las garras del perverso. Pulsión de vida y pulsión de muerte en su eterno combate. En tiempos donde las armas salieron sin pudor a matar a nuestros muchachos no es el llamado a la bondad y el perdón lo que cabe. Ya no podemos ser puros. No en estos tiempos.

La vida es inseguridad, Ortega decía que el hombre nada en el mar sin fondo de la existencia y para encubrir la falta de rumbo, el desconocimiento del rumbo, lo hace vigorosamente, intentando de ese modo autoengañarse y convertir la radical y fundante inseguridad, en seguridad y firmeza pero para mantenerse a flote es necesario crear algún valor, alguna creencia, alguna ilusión (Benjamín Resnicoff). Estamos aferrados a nuestras causas y no podemos hacer concesiones porque estamos experimentando una inseguridad radical, o enloquecemos o nos abrazamos a las esperanzas de que sí podemos. De allí que toda otra polémica la vemos como lejana y tomamos las adhesiones de los trasnochados por la utilidad que nos reportan. Buenas herramientas. Nietzsche se preguntaba  “¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo; ¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos”. Hacemos empatía, nos sentimos iguales, sentimos amistad y amamos a los que asumieron la libertad como su causa y ponen en juego su destino.

Nos decían Hannah Arendt que la promesa pretende dominar la doble duda humana -la duda sobre sí mismo y la duda sobre el mundo- como opción para adueñarse de uno mismo. Cuando el hombre pierde su sentido de seguridad, la promesa se apodera de todo, incluso del futuro. Y estamos viviendo en este momento solo por una promesa que nos hicimos, no en solitario sino compartida. Tengan paciencia aquellos que nos ven radicalizados, vendrán otros tiempos, seremos más permisivos y se agudizará nuestro pensamiento crítico, con nosotros y con nuestro mundo. Por ahora solo somos una promesa compartida.