27 de marzo de 2018

El asombro que somos



El ser humano es el ser más equívoco de la creación. Perdió el instinto y por esa ocurrencia que es el lenguaje tiene necesariamente que pensar. El pensamiento da para todo y es el principal responsable de nuestra diversidad, de los aciertos y de los errores. No estamos tranquilos nunca y esa maquinita imaginativa posee un movimiento perpetuo… hasta que la muerte nos separe. Así como puede ponerse nuestra inventiva al servicio de grandes e importantes creaciones, de la belleza y la salud también podemos idear las más espeluznante maldades, vaya si lo sabremos los que transitamos este desagradable período de nuestra historia. Sin embargo el ser humano es como fenómeno el más interesante de la creación, no deja de sorprender para bien y para mal. Comprender al otro y a uno mismo se convierte en una tarea sin fin, nunca llega a ser completo. No se les ocurra nunca afirmar “ya de ti nada me sorprende” porque quedará tarde o temprano anonadado. Nada que hacer.

En líneas generales y haciendo abstracción de muchos rasgos particulares podemos trazar algún paisaje de las características resaltantes de cada ser. Ponerle un nombre a una tipología es, por ejemplo, la función del diagnóstico. En psicoanálisis es la estructura del deseo la que sirve de guía. Es histeria, es obsesión o es fóbica la persona que nos confía sus palabras, estas etiquetas solo nos servirán para la guía de la cura, para nada más. No es para andar por allí, por el mundo, y comenzar salvajemente a decir allí camina una histérica, ese que vocifera es un obsesivo, o ese que aborda un avión a punto de desmayo es un infeliz fóbico. Eso sería muy poco ético y realmente es abominable tal conducta, al menos en un profesional. Al resto no lo podemos controlar porque, como es sabido, en psicología todos nos creemos expertos. Arrogantes e irresponsables es lo que generalmente somos y con desparpajo.

Dejando de lado las tipologías psíquicas, también podemos observar rasgos generales en nuestros foros que causan hilaridad y asombro. Podemos, en este barullo perverso, de voces que no callan nunca, detectar a aquellos que viven con la fuerte sensación de ser engañados constantemente. En filosofía se les denominó los escépticos. Dudan de todo menos de ellos mismos. Son convencidos que su postura es correcta y para confirmarse andan a la caza de pruebas, no les tiembla el pulso para emitir sus juicios exprés. Así pontifican con altivez “todos sin excepción son unos vendidos”, “traidores y corruptos” y ojo a veces no se equivocan con algunos, no con todos, y el tiempo termina por confirmar algunas de sus aseveraciones. Claro allí se crecen y muy orgullosamente claman “a mí no me engañan”. Aunque sean fielmente creyentes en el genio maligno de Descartes, creen en seres superiores que tienen todo planificado para engañar a los otros, eso sí a mí, lo que es a mí, no.

Pero pregunto ¿se puede, realmente, vivir así todo el tiempo? ¿No tenemos que confiar en alguien, aunque podamos ser engañados? Yo creo que sí, tenemos que confiar aunque seamos traicionados, del dolor no podemos vivir escapando. Existe el otro, sin duda, por ello precisamente no mostramos resistencia al aprender a hablar, necesitamos comunicarnos, para que nos entiendan, para expresar lo que necesitamos, para que nos ayuden o nos diviertan. Un mundo totalmente solipsista no existe aunque sea un ideal de muchos. Wittgenstein fue uno de los principales y mejor argumentador en contra del solipsismo. El lenguaje es instrumento de intercambio con otros que puedan entender y es la herramienta por excelencia que nos hace humanos. “Soy yo porque existe un tu” No dijo soy yo porque existe un enemigo o un ser engañador. No soy yo sometido a un experimento en una probeta y con cables que me conectan a maquinas productoras de mundos y me hacen creer que todo lo que veo, siento y creo es falso. Imágenes encantadoras en la ciencia ficción.

En este momento estamos viviendo un momento de inacción y tenemos un solo dilema existencial, casi igual al callejón sin salida en el que se metió Descartes después de haber aplicado su duda sistemática y corrió el peligro de quedarse sin nada. Tuvo que apelar a una muy buena coartada, si pienso es que existo. De esta forma inaugura la Modernidad con sus dos grandes vertientes la ontológica y la epistemológica. Nosotros con tanta duda a cuesta nos metieron en otro callejón votamos o nos abstenemos. De la decisión que tomemos, al parecer, depende nuestra existencia y nuestro pensamiento. No se debate nada más, de estas elecciones, piensan unos, depende todo devenir político en nuestra patria. Desconocerlas, piensa otros, es la forma de distanciarnos de unas reglas de juego que ni elegimos, ni apoyamos. Cada quien con sus propias razones, cada quien con su trocito de verdad y en espera de ese día “mágico”, quedamos paralizados. Otros eventos graves pasan, pero otras acciones políticas no son relevantes, ante esta disyuntiva de ser o no ser.

Acción suspendida que de todas maneras es acción y como tal acarrea una responsabilidad. “Paciencia corazón mío” como aclamó Ulises al llegar a su palacio y ver a su mujer acosada por los pretendientes, lo que le permitió poder actuar con mayor sagacidad. De resto la población continúa actuando para sobrevivir y muchos mueren por la desidia gubernamental. Paciencia y no costumbre porque soy de las que cree que el ser humano no se acostumbra al maltrato, se resigna cuando no ve salida y guarda en su fuero interno mucho rencor. Nuestro destino, afirma Savater, es vivir asombrados, y asombrados estamos de cómo se puede sostener este estado de inacción política cuando se nos hala a un infierno cada vez más cruel. Pero bien estamos en un momento de “reflexión filosófica profunda” en donde estamos decidiendo si existimos o no. Sin mecenas, sin butacas y sin un ambiente confortable y tranquilo para la reflexión. Hay mucho ruido, demasiado.

Es admirable lo que el ser humano puede llegar a hacer por su característica de no estar determinado. Admirable como estremecedor y terrible. Ya Sófocles lo anunciaba en el coro de Antígona, quinientos años AC. “Nada más asombroso que el hombre…Poseyendo una habilidad superior a lo que se puede uno imaginar, la destreza para ingeniar recursos la encamina una veces al  mal y otras al bien”.

22 de marzo de 2018

Como saben hacer los felinos



Es cierto no estamos en la era victoriana en la que la censura era la que imperaba. El tiempo en el que a Freud se le ocurrió hablar de sexualidad, como resultado de su investigación sobre las neurosis, y produjo un escándalo en aquella sociedad pacata. Ahora estamos rozando el extremo opuesto, la era del exhibicionismo. Todo se dice, todo se muestra, nada o muy poco se deja para la imaginación. Como señala Jaques Alain Miller “ni siquiera tenemos que ser creativos en nuestras fantasías sexuales, son accesibles con un solo clic del ratón”. Es la era del porno, la época de la permisividad y de sonrisas cómplices. No solo se trata de los cambios producidos en la intimidad sexual, se trata también del lenguaje y de la manera de pensar lo que ha sido subvertido. Pegados a la imagen sin ningún tipo de recato y que circulan al alcance de todos, reaccionamos de inmediato, opinamos sin mucha reflexión, esa imagen es la realidad y a ella nos debemos sin percatarnos que la realidad no es sin interpretación.

Para interpretar hay que pensar, no es inmediata la conclusión. Somos detectives de realidades, captamos señales y las elevamos a la dignidad del concepto para después poder reflexionar, jugar con las palabras y concluir en una afirmación que el tiempo nos dirá si fue acertada o no lo fue. Igual pasa en el campo sexual, se puede mostrar en películas y fotos el mecanismo anatómico, pero nunca podrá ser captado por el lente el misterio del amor y el placer. Ni siquiera se puede captar la fisiología de la sexualidad en acto por más técnicas invasivas que intenten, lo que buscamos siempre se mantiene oculto, hay un misterio. La vida, en general, conserva sus misterios que desesperan al que fisgonea. Al que quiere arrancar el misterio que conserva el otro en su intimidad. La mirada como poder es el cisma de nuestro tiempo. La ruptura radical que nos sitúa en nuestra especificidad. Si quieren material en general la población está dispuesta a ofrecerlos.

Hagamos lo que hagamos, desde las cosas más sencillas como podría ser comer, pues listo, tomamos una foto de nuestro plato y la publicamos. Hasta los actos más perturbadores como puede ser el suicidio, un estudio de televisión puede ser el escenario escogido (Bud Dwyer). No debe haber secretos, no debe haber intimidad. En uno de los episodios de Black Mirror (serie con la que no pude) cámaras insertadas en los ojos de las personas graban todo y cada uno de los eventos vividos. Así puede ser comprobada una infidelidad, un crimen, o cualquier acto que se quisiera mantener oculto. El poder irrestricto del otro sobre las vidas de cada uno llevado al paroxismo. Es una realidad mostrada desde el absurdo. Conducida al sin sentido del rumbo que está tomando nuestras vidas normadas por la tecnología. Lo que no puede captar ninguna cámara, hasta los momentos, son nuestro pensamientos, las intenciones, las emociones, las reflexiones y las conclusiones que hacemos como interpretación de la realidad. El poder seguirá intentando pero quedará nuestra alma fuera de su control. Por eso hay que cuidarla es nuestro bien no renovable e íntimo. Territorio fuera del poder totalitario.

Defendamos el derecho al secreto, no todo puede ser dicho. Como bien apunta Gérard Wajcman “No hay para las libertades reales sino un solo garante: es el derecho al secreto, único límite material al poder del Otro” Mientras el poder se vuelve cada vez más opaco, estamos los ciudadanos exhibiéndonos sin vergüenza por las redes sociales, mientras Google nos lleva el perfil sin omisiones. Claro, decimos que importa, que sepan, no tengo que callarme nada, hasta que aparecen los esbirros en tu casa. Cada vez sabemos menos del poder mientras el poder sabe cada vez más de nosotros. La prudencia, el resguardo, el celo por lo íntimo pareciera ser calificado como cobardía o paranoia. Estamos en un momento peligroso, andan a la casa de brujas y podemos caer en las garras perversas por ingenuos, lo que es imperdonable. Es un momento inquisitorial. Debatamos ideas pero no exhibamos nuestras emociones sin haberlas tramitado por el pensamiento y la sagacidad. Es un tiempo inquisitorial.

El hecho de decir cuenta en estos momentos, no debemos censurarnos sino saber decir en “entredicho”, a lo que no estamos acostumbrados. No hay que revelar a los malvados nuestras verdaderas intenciones y ganas, no es necesario porque en realidad no somos muy diferentes y nos entendemos. Confesiones públicas a las que son dadas las religiones es a lo que azuza la política confesional que nos quiere transparentes. Nos dice Wajcman que “El Rousseau de las confesiones, que profesaba una franqueza sin límite, confiesa que empleaba un cierto arte de escribir con el fin de no desvelar a los malvados lo que verdaderamente pensaba”. Además, es cierto, estamos muy cargados de odio con sobrado motivo, y lo estamos descargando en público sin cortapisas desconociendo muchos factores que acechan. Incluso sin conocernos y saber cómo nos afecta en nuestra intimidad. Fenómeno que se puede observar diariamente en la práctica clínica. El momento es tan duro y crudo que no hay tiempo de saber que es lo realmente importante, estamos reactivos.

En tiempos de guerra se deja de lado las cosas más importantes de la vida humana, de ella no se habla como señaló Svetlana Alexievich en una conmovedora entrevista. “La realidad está repleta de secretos. Para empezar, todo el tiempo se nos escapa de las manos. Es sumamente difícil captarlo todo, todo el tiempo”. Nuestra franqueza es el arma más contundente que le damos al enemigo, es uno de los factores importantes en las fracasadas estrategias. Actuemos con cautela y en secreto. Es el momento de la inteligencia y la sagacidad; del coraje y la certeza. El momento de la cautela sin vacilación. Movimientos elegantes pero definitivos para cazar la presa, como muy bien lo saben hacer los felinos.


13 de marzo de 2018

Como si fuera la primera vez (cuento)




Érase un país donde sucedió un fenómeno sumamente extraño que trataré de relatarles. Este país era normal porque como sucede en todas partes del mundo la gente tenía como costumbres caminar por sus calles, reunirse en plazas y dirigirse la palabra con gestos de cortesía. Había cafés, heladerías, bares, centros nocturnos, iglesias, sitios de encuentros para todos los gustos y creencias. Había cierta confianza porque en términos generales la gente se conocía. Pero sucedió algo que nadie podía imaginar ni siquiera en las mentes más despiertas para la ficción o el relato. Las casas comenzaron a succionar, si como oyen a chupar, a tragar a todo ser humano que se acercara a ellas a menos de dos kilómetros de distancia. Una vez allí adentro, en cualquiera de ellas, era imposible salir, la fuerza centrífuga que generaban era imposible de vencer. Todo comenzó en una fortaleza que quedaba en la montaña y se generalizó como una epidemia a toda edificación que asegurara el poder retener a esos seres atrapados.

Este asunto tan anormal comenzó con una persona a quien amo, quedé aterrado. Está viva lo presentía y en seguida corrí a buscar señales sobre las razones de tan temible desaparición.  Sabía, por la última conversación, que se hallaba por los alrededores de esa fortaleza haciendo sus ejercicios matutinos. Me acerqué con mucho cuidado al sitio donde supongo estaba antes de su desaparición y pude ver, no sin asombro, que todo lo que rodeaba esa edificación, jardines, cercas, veredas estaban destruidos como si un huracán hubiese arrasado con todo. Tomé precauciones y no me acerqué pero tiré una rama que había encontrado por el camino y con espanto pude observar cómo era inmediatamente arrastrada con una fuerza descomunal hacia la fortaleza y desaparecía, así fue como pude calcular lo de los dos kilómetros. Me fui aterrado sin todavía tener muy claro qué pensar o entender, corrí como alma que lleva el diablo y con ojos desorbitados.

Volví a tener conciencia de mí y en donde estaba cuando me vi en la calle transitada y pude oír a las demás personas allí reunidas sus relatos y espantos. Cuando las rarezas son compartidas comenzamos a creer que no estamos locos y conseguimos un consuelo al no sentirnos solos. Esas personas tan perturbadas como yo, lloraban, se agarraban unas a otras, gritaban y clamaban al cielo por una explicación, por más sencilla que fuera, sobre lo que estaba sucediendo. Fueron momentos de mucha turbación hasta que a una se le ocurrió regresar a su casa pues temía por su familia. Asustados decidimos acompañarla y precisamente cuando pasamos por la primera casa de su urbanización, estando a menos de dos kilómetros de distancia, fue arrastrada como por un tornado chupador, sumergida en esa edificación no volvimos a verla. Nos sentimos cada vez más espantados y teniendo ahora la seguridad que no podríamos regresar a nuestros hogares, pues alguien tendría que acercarles ciertos víveres para la sustentación de los atrapados. No lo sabíamos pero era como una intuición, están vivos y encerrados.

Cada vez se veían menos personas por las calles y la ciudad comenzó rápidamente a adquirir un aspecto lúgubre, sin vida. Si, manteníamos silencio para tratar de oír algún sonido proveniente del interior de estas casas convertidas en prisiones, se hacía un vacío que pitaba en los oídos. Lo que agregaba un factor más a esta situación enloquecedora, así que decidimos mantener un ruido de voces entre nosotros que hiciera posible la sensación de estar vivos. La gente comenzó a hablar sin parar, cada quien contaba algo que los otros no tenían la tranquilidad ni las ganas de escuchar, voces y voces de diferentes tonalidades inundaron el ambiente, hasta que mi resistencia reventó y pegué un grito desesperado que produjo un salto colectivo. Ya a esas alturas no sabía que era mejor, si dejarme succionar por cualquier edificación, la primera que encontrara, total que más daba, o tener que resistir voces y voces sin parar sin que nada me interesara. Me agarré la cabeza con ambas manos e hice todo el intento por correr y desaparecer, cuando me di cuenta que ni podía enloquecer, ni podía correr. Allí comencé a ser tomado por un delirio que no me abandonó hasta que todo este estado de anomalía desapareció. Soy yo el que debe resolver y organizar este espanto y fue en ese momento que una voz se apoderó de mí, fui succionado también pero por mí mismo.

Todos deben callarse inmediatamente grité, deben concentrarse en su real preocupación, en la de cada quien, recalqué. Todos debe dirigirse a sus casas y mantener la distancia para no ser absorbidos por casas vacías, les dije con una autoridad que no reconocía. Solo concéntrense en quienes están adentro, en sus gustos, sus angustias, en cada detalle que se descuidó. En todo aquello a lo que no se prestó atención porque otros asuntos eran más relevantes. No hablen más por favor, hablen solo para sí mismos, enfrenten sus temores y vacíos. Cuando de repente me vi solo frente a mi casa y pude observar a un niño, mi niño, que corría a abrazarme. Lo vi como si fuera la primera vez que en realidad veía, lo besé como si fuera la primera vez que en realidad besaba, le hablé y pude saber que comenzaba por fin a hablar de verdad. Me volteé y pude observar que la ciudad estaba en una total normalidad, observé con fascinación como ella se acercaba trotando con su mejor sonrisa. Ya no pude nunca más volver a esa fortaleza que me había tragado durante tanto tiempo.

6 de marzo de 2018

No, no es fácil




El vacío se nos hizo carne, se puede palpar en cada uno de nuestras rutinas diarias,  nos invade de incertidumbre, miedo y desamparo; el factor principal que está moviendo tanta fantasía salvadora. Nuestro imaginario volteó hacia lugares lejanos en búsqueda de un ejército salvador. La natural reacción del que se encuentra secuestrado, atisbar agudamente cualquier ruido, luz, olor, movimiento que le puedan dar indicios que se acerca el salvador. Así puede vivir un tiempo con la certeza de que el momento liberador llegará y felizmente pueda volver a casa y a los brazos acogedores y reconfortantes. Es su única esperanza. Si somos espectadores, por ejemplo en una película, deseamos que esto ocurra y mantenemos nuestros nervios de punta y el deseo vibrante. Todo depende de la buena fortuna y de seres heroicos. El vacío producido por haber sido anulados solo puede ser rellenado con una ilusión que ayude a sobrevivir.

Nada extraño, nada que no obedezca a lo  profundamente humano. Después de todo es el mismo fenómeno universal y eterno de la religión, una ilusión colectiva que da contenido al misterio de la muerte. Cuando sentimos que ya nada de lo que hagamos, pensemos o deseemos nos aliviará de una realidad que se tornó en crueldad, tenemos la alternativa de soñar. Es el mecanismo psíquico de toda neurosis, y entendamos neuróticos somos todos. La diferencia solo estriba en dos factores. El primero es que el neurótico es creativo pues inventa su propia fantasía particular y segundo no lo generaliza ni cree que su fantasía es la realidad, de allí la duda que siempre lo acompaña martillando su equilibrio y comodidad. Cuando esta barrera se rompe y se comienza a confundir fantasía con realidad es cuando se deben prender las alarmas y enfrentar la locura. Hay locuras colectivas y no son tan extrañas, la locura uniformada de los miembros de una secta son un claro fenómeno ilustrativo.

La libertad consiste precisamente en saberse sin seguro de vida, por ello produce miedo. La democracia que perdimos por estar creyendo en fantasías salvadoras y que nos llevó a entregar, sin pudor, nuestro futuro en manos salvadoras de  “iluminados” fue una apuesta por refugiarnos en una comuna y entregarnos como rehenes a gozar de un delirio compartido. Solo que la locura mayoritaria arrastró a los que no queríamos ingresar dentro de estos muros carcelarios y al parecer el juego sigue planteado. La inseguridad individual se acrecentó, el conflicto entre los grupos está tomando visos alarmantes sin resolución simbólica en la esfera política, el poder se deslizó hacia lo real y quien lo ostenta se cree “el poder” y ocupa con su abultada humanidad el lugar con la certeza de un para siempre. Aparece el horror ante nuestra mirada y el vacío existencial comienza a reclamar ser taponado. Estamos ante el real peligro de otra locura colectiva. Si no nos detenemos y pensamos serán mucho más los años de destrucción, desprecio y exclusión.

Momento clave en el que no debía tener lugar la derrota, ni podemos darnos el tiempo para la resolución de nuestras pasiones tristes. Arrastrándonos, caminando con tanto dolor a cuesta tenemos que rescatar nuestras fuerzas, las energías necesarias y apropiarnos de las simbologías propias de la democracia. Ese discurso de libertad y valiente riesgo debe apropiarse de nuestro ánimo con el contundente “no” con el que nace toda libertad, con la que nació la democracia cuando le dijo no a los superpoderes monárquicos. Se trata de una ruptura radical que termine con las referencias últimas de las certezas propias de los delirios. Es un cambio de discurso, una manera distinta de ver la vida, que me temo no hemos integrado. He allí la cuerda floja por la que transitamos, he allí nuestra peligrosa debilidad, perdimos el discurso político al cual adherirnos y comenzamos nuevamente a delirar.

Si queremos ser demócratas debemos borrar la ilusión de las certezas. La democracia nos invita a una construcción permanente y a un alerta constante, no puede ser vivida con ligereza e irresponsabilidad. Como insiste Claude Lefort se trata de “una indeterminación radical” la distinción y la semejanza entre nosotros ya no puede ser entendida como se entienden los seres humanos en los espejos de los mitos, la religión o la naturaleza. La democracia hace del individuo un sujeto capacitado para “interpretar sucesos, conductas e instituciones sin tener que recurrir a la autoridad de un juez superior”. Los indicios de que no estamos pensando con un espíritu democrático están a la vista. Queremos una autoridad que mande a parar y para colmo externa, una autoridad universal, justa y buena. Que todo lo ve, que todo lo sabe y es infalible, un dios por más cara de demonio que muestre, si nos salva bienvenido sea aunque después no sepamos qué hacer.

No es fácil atreverse a vivir sin aferrarse a creencias férreas, no es fácil crecer y asumir la mayoría de edad como país. No es fácil ver la propia cobardía y la flojera que da el pensar, no es fácil construirse una vida y una sociedad con limitaciones pero cercana a la justicia. No es fácil asomarse a los propios vacíos sin sentir un frio en la columna y un temblor en el cuerpo, no es fácil hacerle contrapeso al vértigo. No es fácil la libertad ni la conquista de la democracia. No es fácil saber que no hay centinela de razones últimas. Sin poder sostener nuestros propios vacíos e incertidumbres siempre un totalitarismo estará al acecho.