13 de marzo de 2018

Como si fuera la primera vez (cuento)




Érase un país donde sucedió un fenómeno sumamente extraño que trataré de relatarles. Este país era normal porque como sucede en todas partes del mundo la gente tenía como costumbres caminar por sus calles, reunirse en plazas y dirigirse la palabra con gestos de cortesía. Había cafés, heladerías, bares, centros nocturnos, iglesias, sitios de encuentros para todos los gustos y creencias. Había cierta confianza porque en términos generales la gente se conocía. Pero sucedió algo que nadie podía imaginar ni siquiera en las mentes más despiertas para la ficción o el relato. Las casas comenzaron a succionar, si como oyen a chupar, a tragar a todo ser humano que se acercara a ellas a menos de dos kilómetros de distancia. Una vez allí adentro, en cualquiera de ellas, era imposible salir, la fuerza centrífuga que generaban era imposible de vencer. Todo comenzó en una fortaleza que quedaba en la montaña y se generalizó como una epidemia a toda edificación que asegurara el poder retener a esos seres atrapados.

Este asunto tan anormal comenzó con una persona a quien amo, quedé aterrado. Está viva lo presentía y en seguida corrí a buscar señales sobre las razones de tan temible desaparición.  Sabía, por la última conversación, que se hallaba por los alrededores de esa fortaleza haciendo sus ejercicios matutinos. Me acerqué con mucho cuidado al sitio donde supongo estaba antes de su desaparición y pude ver, no sin asombro, que todo lo que rodeaba esa edificación, jardines, cercas, veredas estaban destruidos como si un huracán hubiese arrasado con todo. Tomé precauciones y no me acerqué pero tiré una rama que había encontrado por el camino y con espanto pude observar cómo era inmediatamente arrastrada con una fuerza descomunal hacia la fortaleza y desaparecía, así fue como pude calcular lo de los dos kilómetros. Me fui aterrado sin todavía tener muy claro qué pensar o entender, corrí como alma que lleva el diablo y con ojos desorbitados.

Volví a tener conciencia de mí y en donde estaba cuando me vi en la calle transitada y pude oír a las demás personas allí reunidas sus relatos y espantos. Cuando las rarezas son compartidas comenzamos a creer que no estamos locos y conseguimos un consuelo al no sentirnos solos. Esas personas tan perturbadas como yo, lloraban, se agarraban unas a otras, gritaban y clamaban al cielo por una explicación, por más sencilla que fuera, sobre lo que estaba sucediendo. Fueron momentos de mucha turbación hasta que a una se le ocurrió regresar a su casa pues temía por su familia. Asustados decidimos acompañarla y precisamente cuando pasamos por la primera casa de su urbanización, estando a menos de dos kilómetros de distancia, fue arrastrada como por un tornado chupador, sumergida en esa edificación no volvimos a verla. Nos sentimos cada vez más espantados y teniendo ahora la seguridad que no podríamos regresar a nuestros hogares, pues alguien tendría que acercarles ciertos víveres para la sustentación de los atrapados. No lo sabíamos pero era como una intuición, están vivos y encerrados.

Cada vez se veían menos personas por las calles y la ciudad comenzó rápidamente a adquirir un aspecto lúgubre, sin vida. Si, manteníamos silencio para tratar de oír algún sonido proveniente del interior de estas casas convertidas en prisiones, se hacía un vacío que pitaba en los oídos. Lo que agregaba un factor más a esta situación enloquecedora, así que decidimos mantener un ruido de voces entre nosotros que hiciera posible la sensación de estar vivos. La gente comenzó a hablar sin parar, cada quien contaba algo que los otros no tenían la tranquilidad ni las ganas de escuchar, voces y voces de diferentes tonalidades inundaron el ambiente, hasta que mi resistencia reventó y pegué un grito desesperado que produjo un salto colectivo. Ya a esas alturas no sabía que era mejor, si dejarme succionar por cualquier edificación, la primera que encontrara, total que más daba, o tener que resistir voces y voces sin parar sin que nada me interesara. Me agarré la cabeza con ambas manos e hice todo el intento por correr y desaparecer, cuando me di cuenta que ni podía enloquecer, ni podía correr. Allí comencé a ser tomado por un delirio que no me abandonó hasta que todo este estado de anomalía desapareció. Soy yo el que debe resolver y organizar este espanto y fue en ese momento que una voz se apoderó de mí, fui succionado también pero por mí mismo.

Todos deben callarse inmediatamente grité, deben concentrarse en su real preocupación, en la de cada quien, recalqué. Todos debe dirigirse a sus casas y mantener la distancia para no ser absorbidos por casas vacías, les dije con una autoridad que no reconocía. Solo concéntrense en quienes están adentro, en sus gustos, sus angustias, en cada detalle que se descuidó. En todo aquello a lo que no se prestó atención porque otros asuntos eran más relevantes. No hablen más por favor, hablen solo para sí mismos, enfrenten sus temores y vacíos. Cuando de repente me vi solo frente a mi casa y pude observar a un niño, mi niño, que corría a abrazarme. Lo vi como si fuera la primera vez que en realidad veía, lo besé como si fuera la primera vez que en realidad besaba, le hablé y pude saber que comenzaba por fin a hablar de verdad. Me volteé y pude observar que la ciudad estaba en una total normalidad, observé con fascinación como ella se acercaba trotando con su mejor sonrisa. Ya no pude nunca más volver a esa fortaleza que me había tragado durante tanto tiempo.

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