9 de mayo de 2017

Somos una promesa compartida




En tiempos sosegados los seres humanos podemos vivir con emociones equilibradas e intereses y deseos diversos, es por ello que son múltiples las expresiones creativas, múltiples las actividades y múltiples las ideas.  Nuestras mentes y cuerpos son habitadas por multitudes de sensaciones tan particulares como particulares son los rostros. La mayoría de las personas no nos causan irritación porque piensen distinto y procedan dentro de la gama de posibilidades que su entorno le permita y que libremente se decida. Hay cabida para el respeto, la tolerancia, la comprensión. Sin embargo en esas condiciones ideales escogemos las amistades, el amor no brota indiscriminadamente hacia cualquiera; los seres que nos producen placer, irritación o hastío provocan un acercamiento o un alejamiento. Nadie se extraña, censura o se explaya en discursos obligando al otro a querer a quien no quiere porque de antemano sabe que es tiempo perdido. En tiempos tranquilos no amamos indiscriminadamente, ni hostigamos al otro con una música empalagosa de seducciones utilitarias. Al menos no deberíamos.

Pero qué pasa en tiempos en donde la incertidumbre se encuentra en su máxima expresión, cuando el miedo penetró en cada uno de nuestros hogares. Qué pasa cuando el dolor nos reúne en los cementerios despidiendo muchachos que han sido asesinados por esbirros. Qué pasa cuando se tiene a un enemigo identificado como causante de la tristeza y malestar que nos invade. Qué nos pasa cuando estamos decididos a darle un vuelco a nuestro destino colectivo arriesgando lo más sagrado y querido. Qué pasa cuando se nos empujó a una situación límite. Sencillamente pasa que ya no podemos ser tan flexibles y plásticos con nuestras inclinaciones emotivas. Nos pasa que no damos cabida al indiferente, al apático o al arribista (según cada quien los califique). Nos pasa también que las identificaciones surgen con una intensidad y generalidad mayor de lo habitual por la necesidad muy humana de conseguir alguna sensación de seguridad entre tanto desasosiego. Conformamos grupos cohesionados para defendernos. Sentimos a los que luchan y se manifiestan por la causa justa más hermanos que nunca y lloramos todos las mismas penas y odiamos todos a los mismos asesinos. Utilizando una expresión de Marguerite Yourcenar en las Memorias de Adriano, nos pasa que esto ya pasó “de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de carne, una invasión de la carne por el espíritu”.

Sabemos que la solidez de nuestra unión es la que nos confiere fortaleza. El poder que hoy tenemos radica fundamentalmente en este prodigio del ser humano que solo lo despierta el miedo y la humillación proporcionado por un régimen totalitario, abusador y cínico. Derrotarlos tomó nuestro espíritu y no hay cabida para estar con eufemismos moralistas. De allí lo grande pero también lo delicado de nuestra situación. Estamos determinados porque atravesamos una guerra y la sentimos como definitiva, nuestras actividades se encuentran limitadas pero momentáneamente porque estamos luchando precisamente para no permitir la “tentativa de encuadrar la sociedad entera; de fijar y determinar todas las actividades de la sociedad” que según Claude Lefort es el principal objetivo de los regímenes totalitarios. Estamos rechazando la dominación y por ello se tumban las estatuas, se pisan los símbolos de los que se quisieron erigir en rígidas y despóticas autoridades.  Según Freud uno de nuestros miedos ancestrales es la falta de un padre, una autoridad protectora; pero también Freud nos instruyó sobre el deseo de muerte hacia el padre que niega la libertad y el goce a sus hijos. Se necesita seguridad, pero lo ominoso nos acecha en las garras del perverso. Pulsión de vida y pulsión de muerte en su eterno combate. En tiempos donde las armas salieron sin pudor a matar a nuestros muchachos no es el llamado a la bondad y el perdón lo que cabe. Ya no podemos ser puros. No en estos tiempos.

La vida es inseguridad, Ortega decía que el hombre nada en el mar sin fondo de la existencia y para encubrir la falta de rumbo, el desconocimiento del rumbo, lo hace vigorosamente, intentando de ese modo autoengañarse y convertir la radical y fundante inseguridad, en seguridad y firmeza pero para mantenerse a flote es necesario crear algún valor, alguna creencia, alguna ilusión (Benjamín Resnicoff). Estamos aferrados a nuestras causas y no podemos hacer concesiones porque estamos experimentando una inseguridad radical, o enloquecemos o nos abrazamos a las esperanzas de que sí podemos. De allí que toda otra polémica la vemos como lejana y tomamos las adhesiones de los trasnochados por la utilidad que nos reportan. Buenas herramientas. Nietzsche se preguntaba  “¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo; ¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos”. Hacemos empatía, nos sentimos iguales, sentimos amistad y amamos a los que asumieron la libertad como su causa y ponen en juego su destino.

Nos decían Hannah Arendt que la promesa pretende dominar la doble duda humana -la duda sobre sí mismo y la duda sobre el mundo- como opción para adueñarse de uno mismo. Cuando el hombre pierde su sentido de seguridad, la promesa se apodera de todo, incluso del futuro. Y estamos viviendo en este momento solo por una promesa que nos hicimos, no en solitario sino compartida. Tengan paciencia aquellos que nos ven radicalizados, vendrán otros tiempos, seremos más permisivos y se agudizará nuestro pensamiento crítico, con nosotros y con nuestro mundo. Por ahora solo somos una promesa compartida.



2 comentarios:

  1. Excelente tu trabajo Marina. Siempre mostrando una prosa limpia e ideas claras. Muy buenas las referencias que haces.

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    1. No sabes como te agradezco tus comentarios Alirio en medio de tanta aridez y dolor. Recibe un gran abrazo

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