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| Pawel Kuczynski |
El abuso se ejerce de múltiples formas, pero lo que no tiene variación es que se trata de una relación entre el abusador y el abusado; entre los abusadores y los abusados. Es imprescindible el vínculo que se establece y lo que varía es la dinámica que explicaría que este fenómeno se entronice como una variante destacada en una relación. Hablamos de abuso cuando un integrante de la relación se encuentra disminuido en sus derechos elementales, cuando es vejado, maltratado física o moralmente, cuando su libertad se encuentra disminuida por la imposición de otros, cuando es forzado o violentado, cuando sus características físicas están en desventajas en relación al que se impone.
También se ejerce el abuso contra uno mismo, porque con uno mismo también se tiene una relación, cuando se abusa del goce, como acertadamente llamó Lacan a esa predisposición de encontrar una satisfacción corporal y querer por esta vía sustituir una imposibilidad o insatisfacción de índole psíquica. Abusamos de esta forma de nuestro cuerpo y taponamos la búsqueda de lo que deseamos.
En esta relación mortífera se sedimenta la relación basada en el abuso, se trata de acabar con todo aquello que impida el lograr a toda costa y sin ningún límite ético lo que se quiere. Dupla en la que se participa (cuando se calla) por igual y en la que se observa los componentes sadomasoquistas en cada uno de los participantes.
Podemos ver en este tipo de intercambio humano claramente una psicopatía, no se contempla en absoluto el daño que se le está causando al otro, no hay ni por asomo la virtud de “ponerse en los zapatos del otro”, no se escatima el conflicto, se guarda silencio hasta el final porque lo importante es el provecho que cada uno está sacando del otro. Pero callar ante las vejaciones y el maltrato aumenta el odio y se puede llegar a cualquier acto delictivo.
Freud nos reveló las dos grandes fuerzas que mueven al ser humano, Thanatos que se manifiesta en la agresividad, la competitividad, la rivalidad, el abuso. La otra gran fuerza humana con igualdad de importancia y preponderancia pero que requiere decidirse por la cultura del bien es Eros, el sentido del amor, el deseo y la identificación con nuestros semejantes que nos conduciría a la colaboración. Esta última fuerza es la única posible en la subsistencia de la civilización. Son las pulsiones de muerte las que conducen a los seres humanos a relaciones destructoras.
Vivimos en este momento ese “tempo” de una batería acelerada y repetitiva en sus golpeteos que se parecen más a los golpes desaforados de una angustia sin límites, un ritmo vertiginoso que nos esta lesionando. Esa dupla perfecta entre el abusador y el abusado comienza a resquebrajarse, es el momento de hablar quizás ya de gritar unidos en las calles, de evitar que el odio se siga acumulando. Siguen abusando de personas inocentes privadas de libertad, siguen abusando con los salarios y pensiones de hambre que se niegan a aumentar, siguen abusando con nombramientos de personas no aptas ni solventes (con limitadas excepciones) en cargos importantes para el saneamiento democrático del país. Siguen abusando al retardar una legalidad establecida en la constitución que es la ausencia definitiva del presidente ilegítimo y la convocatoria a nuevas elecciones. Se abusa al permitir que un presidente de otro país se crea y actúe como nuestro dueño. ¿Seguiremos ocupando el lugar del abusado? ¿O por el contrario romperemos definitivamente esa dupla perversa?

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