4 de marzo de 2026

Idealismo puritano

 

Pawel Kuczynski


Estamos transitando una etapa muy confusa desde que nos bombardearon de sorpresa una madrugada. Desde ese momento nos madrugan a cada momento acontecimiento inesperados, algunos acogidos con entusiasmo y otros rechazados de igual forma. Era imposible predecir a Enrique Márquez en el Capitolio y en la Casa Blanca invitado por Trump, así como era imposible que el principal culpable de la encarcelación de miles de presos políticos fuera enroscado para el cargo de nada menos de “Defensor del Pueblo”. En solo un día tuvimos estremecidos por estas noticias. Son como pequeñas bombas que siguen cayendo sin que sepamos a ciencia cierta quien las lanzas. Con los ojos muy abiertos en señal de desconcierto hacemos conjeturas.

Es una necesidad natural del hombre el tenerle que ir dando forma a su realidad, ubicarse en un terreno estable, aunque al siguiente paso se lo vuelvan a desestabilizar. Hacia donde nos dirigimos y donde estamos depende de cada interpretación y de cada imaginación, nadie lo sabe con certeza solo hacemos conjeturas. Si parece que estamos desmantelando poco a poco una estructura, pero sin tumbarla de un solo manotazo. Quedan bases muy sólidas y corruptas en lugares de poder y mando. Ya sabíamos desde Aristóteles que la política no es un ejercicio puro o meramente ideal, es gestión conflictiva y pragmática, pero no estábamos advertido hasta donde podría llegar. Así que en esta evidencia que ensordece no se nos ocurre mejor idea que alzar banderas de moralidad idealizada. Esas banderas sin remedio quedarán aplazadas.

Solo tenemos en este momento acontecimientos, intuición y deseos, muchos y urgentes deseos que reclaman su impostergable realización, que nos impele a ser impacientes y en querer empujar los tiempos para quedar nuevamente y a cada rato frustrados con la realidad impertinente que se impone. Hay que ir despacio, paso a paso no tenemos otra forma. Queremos justicia, y es aquí donde Platón queda desplazado por Maquiavelo para reclamar la responsabilidad donde se debe lidiar con la cruda realidad aceptando que la política no es inmaculada. La impureza viene de la necesidad de negociar, convencer e imponer intereses hasta lograr una estabilización. Es triste decirlo, pero las circunstancias nos enseñaron que afuera de nuestros límites se sabía lo que se ignoraba límites adentro.

Formas que deben erradicarse definitivamente si queremos encaminarnos a una democracia, debemos dejar esa inmaculada concepción de consagrar dirigentes que no se ven en la necesidad de planificar las rutas y conversar con el que no pertenece a la cofradía, porque ellos son precisamente los escogidos y por lo tanto infalibles. Nunca debió existir una concepción como esta, pero menos ahora que estamos metidos en la candela aun sin saber a dónde nos dirigimos. El momento es especialmente conflictivo y la tarea es administrar conflictos, no jugar a damas ofendidas. Es difícil el lugar que ocupa un dirigente político, al igual que es difícil el lugar que ocupa un psicoanalista, impostores de un saber que se encuentra en el lugar del pararrayos. No se puede esperar aplausos sino sustitución si ya no es necesario o entorpece un avance necesario.

Ambos, político y psicoanalista debe abrir el camino para una mejor calidad de vida de otro, ampliar las perspectivas vitales que se encontraban entrampadas, proporcionar confianza en sí mismo y asegurar libertad para tomar las propias decisiones. Esto no se logra calificando, degradando, censurando y culpando. Es hora de acabar tanta desviación. Acabar con el culto al héroe, la épica telenovelesca, el mesianismo y el fanatismo. Así y solo así estaremos, como ciudadanos, preparados para una transición a la democracia.

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