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| Miquel Barceló |
El clamor nacional más desatendido e ignorado es por las reivindicaciones justas a las personas que prestan un servicio necesario o que pasaron sus vidas sirviendo a su nación. Salarios y pensiones que se han mantenido estancadas por largos años y que hoy en día ya están a nivel de caricatura o burla. Se mantiene a una población en condiciones paupérrimas sin importar lo más mínimo a las personas que se suponen deben tomar cartas en el asunto. Ya no se explica ni se mantiene un diálogo negociador con los afectados, simplemente se les ignora. A estas alturas esta grave situación ya llegó a límites de emergencia, gran parte de la población fue reducida a límites de inanición. Como mendigos nos quisieron como mendigos estamos actuando, todos los días se escuchan personas pidiendo ayuda para comprar sus medicinas o sus alimentos.
Típico de estos regímenes totalitarios que buscan la ruina de la condición humana como condición necesaria para el sometimiento, una forma de destruir las individualidades, el pensamiento crítico y la vida privada mediante la necesidad y la vulnerabilidad. Es la forma expedita de lograr que una ciudadanía organizada se atomice y se transforme en masas aisladas, si no es así no podrían ejercer una dominación total. Reducidos a objetos que soportan con indiferente mirada los hechos más inverosímiles, desde un bombardeo por una potencia extranjera hasta ver a un vecino hurgando en la basura a ver que encuentra para comer. La indiferencia colectiva en situaciones extremas es signo inequívoco de que nos encontramos en una sociedad fracturada y perdida. Se trata de una deshumanización radical que tiene su máxima expresión en la tortura, prisión y muerte del contrincante. La pregunta fundamental es si podremos humanizarnos nuevamente.
La ilegalidad es la esencia de la tiranía, ilegal ha sido esta aberración mucho tiempo sostenida, como ilegal ha sido la salida que se buscó, aunque se adorne con la recuperación de los Derechos Humanos, los cuales tampoco se han recuperado. Ni se han liberado todos los presos políticos, ni se les han restablecidos los derechos políticos a algunos venezolanos a quienes injustamente le fueron conculcados ni se ha presentado un plan de recuperación de los sueldos y salarios, en esas acciones se traduce la realidad de los Derechos Humanos, si no su expresión queda como adorno discursivo, como frases de los trovadores bohemios. Parece que continuamos anclados al servicio borreguil del odio a los dirigentes del pasado y a sus partidos políticos, a la militancia y servicio incondicional a líderes mesiánicos y repulsa a todo aquel que no milite, mientras desatendemos e ignoramos esta nueva realidad confusa que se le tiene que dar forma a nuestra imagen y semejanza.
El hambre es un arma de guerra, de control social y un genocidio que obliga a la rendición y consecuente exterminio. No importa que digamos que es una violación al derecho internacional porque ni sabemos quién está en este momento ejerciendo el poder en nuestro país, ¿De cual legalidad se podría hablar? ¿Qué es esto que vivimos? ¿A quién me dirijo? ¿A quién adverso? ¿A quién apoyo? ¿Quién dirige? ¿Quién obedece? Este puñado de tierra y montón de gente afuera y adentro de nacionalidad venezolana hay que volver a darle forma. Se deformó.
Hannah Arendt, en su obra Los orígenes del totalitarismo (1951) analizó las crisis económica y social que facilitó el ascenso de los regímenes totalitarios como el nazismo y el estalinismo en ese estado de vulnerabilidad de las poblaciones. Ya lo dijo con toda claridad Aristóbulo Istúriz en 2016 "Si nosotros quitamos el control de cambio, ustedes (oposición) sacan los dólares y nos tumban". La economía y su control con la consecuencia de los sueldos hambreadores son nuestros grilletes.

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