16 de octubre de 2018

Gritos que abren abismos



No dejamos de gritar mientras los abismos se abren a nuestros pies. No hay tregua, un hecho espantoso antecede a otros de igual tenor. Se nos impone un silencio pero no es precisamente el necesario para el sosiego. Todo desafina, todo hiere profundamente. Es ruido, estridencias que aturden y embotan. Sin las pausas requeridas en cualquier ritmo musical nuestro ritmo de vida no se puede ajustar, pasamos de una emoción a otra en breves lapsos de tiempo sin que pueda el pensamiento sintonizar. El lenguaje posee su sonoridad, escribimos y hacemos música, caminamos con una cadencia particular y todo lazo social requiere de pausas, presencias y ausencias. Que todo calle para podernos encontrar es a veces requerido, deseado. No es posible por más que persigamos rescatar los ritmos particulares somos constantemente aturdidos, ofendidos, golpeados.

Cada semana supera en pesares y lamentos a la anterior. Pero ésta que acaba de transcurrir fue especialmente escandalosa, especialmente aterradora. El asesinato de Fernando Albán muestra en toda su fétida presencia a los criminales organizados y con poder. Se erige como una serpiente enfurecida los símbolos de los esbirros. Es un hecho que hace hiancia, que abre boquetes, que nos arroja a un vacío. Ya no queda lugar para dudas, ya no hay espacio para contemplaciones ni llamados a la cordura civilizada que puedan ser atendidas por almas atormentadas. Con la ausencia de actos colectivos de desagravio, sin el silencio que requiere la solemnidad de los rituales de despedida, no es posible sedimentar lo que nos pasó, a cada quien, con la muerte de Fernando. Porque nos pasó a todos de una u otra forma, nos pasó como sociedad y nos pasó como personas.

Hiere todo acorde que suene desafinado, que no sintonice con la terrible y estremecedora sinfonía que está sonando en el trasfondo. Ya no es fácil ni entender el propio idioma, no está sonando con nuestra musicalidad familiar. Parece un absurdo seguir con las mismas lecciones, el mismo discurso, la misma cantinela, las mismas goticas de agua de grifos que no cierran. Aquí pasó algo muy grave, especialmente grave, con un peso simbólico muy grave que nos obliga a un cambio que hay que sedimentar. Se requiere respirar hondo, tragar grueso y reaccionar con un “costo político nacional e internacional elevado hasta lo máximo posible” como bien apunta Trino Márquez. Este fue un acto que nos obliga a pasar a diferentes registros y si no es así es porque nos dejamos aturdir por los ruidos constantes y somos ya incapaces de las pausas que requieren diferentes ritmos. O también porque agarrados a dos o tres principios inamovibles nos sentimos que no caemos al precipicio. Igual caemos con las tablas sagradas y sus letras esculpidas.

Nos hemos convertido en un aturdimiento, no contemplamos el silencio como posibilidad para que surjan otros discursos, no el silencio que nos quieren imponer sino el silencio del que elabora. Hay que callar para poder escuchar y la realidad está gritando mientras hablamos y repetimos sin cesar para no escuchar. Sí, hay palabras que taponan el silencio, hay palabras que no se deberían escuchar o se deberían callar por no ser el momento, por desentonadas e hirientes. Palabras que se callan por insoportables para uno mismo y aparecen en los sueños. Postergamos y alteramos nuestro ritmo con un alto costo para la salud mental porque el ser sujetos hablantes requiere de palabras y silencios. Es una paradoja que para hablar del silencio haya que romperlo, utilizar palabras que intenten acercarse a la sensación sin poder lograrlo. Pausa breve pero pausa requiere un discurso que nos vuelva a atrapar como colectivo. Ese minuto de silencio que demanda el homenaje que se le hace a los seres que honor merecen.

Todo está siempre medio dicho porque parte de la verdad queda en el silencio nos decía Lacan, hay una ética de lo indecible de Wittgenstein que marca los límites de nuestro mundo. Aquello que no podemos decir es lo que más fuertemente nos afecta. El abrir nuevos horizontes, el cambio de rumbo urgente que necesitamos requiere que comencemos a oír lo que no se dice, lo que siempre queda detrás de lo dicho, el entredicho. Si no es así seguiremos repitiendo y repitiendo lo que ya suenan a palabras vacías. No es que desechemos las vías que se han dado por llamar “políticas” es que ya la terminología usada dejó de hacer resonancia, no están diciendo nada. Pero no importan las circunstancias, no importan los momentos, no importa si ofendes, hieres o estas desentonando, lo que importa es la certeza de tener una verdad que por el bien de otros la dices y pides que se callen. Sí, hay palabras que duelen como latigazos. No hay palabras acertadas sin pausas, sin silencios. No hay pensamientos sin ritmos.

Mientras las imágenes externas de horror nos persiguen no podemos ver las imágenes internas no verbalizadas. Se mantienen desconocidas sin poder construir discursos ni el diálogo requerido entre nosotros mismos. Las mantenemos en privado entre nuestros propios sueños sin poderlas compartir en medio de gritos. Gritos que abren los abismos por los que nos precipitamos.

9 de octubre de 2018

Yo me voy con ellos

Egon Schiele


“Si ellos se van yo también me voy” mientras una hermana le suplicaba que no se fuera. Despertó llorando y desde entonces el llanto se le hizo fácil. Tenía tiempo, mucho tiempo petrificada ante tanta pérdida dolorosa. Casi toda la familia había marchado y otros estaban planificando la partida. Comenzó a considerar la posibilidad de irse ella también. Claro que sería sin sus padres que ya habían marchado de este mundo mucho tiempo atrás. Así que ese sueño, nítido y terrible había movido sus símbolos más profundos, sus arraigos incuestionables, su lenguaje materno, sus más profundos deseos. Su piso se estremeció y las lágrimas brotaron.

Los padres, esa relación primordial que dejará la impronta más arcaica y definitiva posible para poder vivir o vivir muriendo. Los primeros años son cruciales y echando una mirada a esos primeros pasos podríamos entender que nos hizo como somos. A veces no es fácil, todo a simple vista parece haber transcurrido armoniosamente, no se recuerdan conflictos manifiestos, no se identifica el trauma. Porque es el mundo simbólico el que se comienza a gestar en la primera infancia mientras el niño se prepara para introducirse en el lenguaje materno, desde el cual será hablado. La madre que te trajo al mundo puede muy bien querer matarte o por lo contrario puede querer que seas el rey del universo, que nada te pase que no sufras y de tanto cuidarte te asfixia. Esa mujer también perdida en su lenguaje materno, que también es hablada. Quien te gestó sin saber que quería y te recibe como un juguete. O esa mujer que una vez que te vio supo del amor, de la separación, del día del adiós.

Una suerte infinita se posee cuando el azar te asigna padres que, aun fallando, están a la altura de la tarea. El sueño que nos ocupa también revela esa fortuna, padres que marcaron en el inconsciente, con fuerza incuestionable, el lugar seguro. Uno puede pasar la vida buscando su nicho, su tarea, su deseo pero al encontrarlo no titubea, “es este el lugar sin duda y de aquí no me muevo a menos que me abandone”. Y eso nos pasó el lugar nos abandonó, esa palabrita que representa uno de los temores primeros y que nos alcanza tantas veces en la vida. El abandono, una de las formas más certeras de destrozar las fuerzas vitales. Cuando somos adultos las pérdidas, el desamor, la muerte, los cambios de fortuna se pueden superar con mucho esfuerzo y sufrimiento. Pero cuando se es niño quedarán grabados en la psique irremediablemente y para siempre.

Los fenómenos sociales más terribles de la humanidad pueden ser ubicados en la infancia de los monstruos que protagonizaron el horror. Allí se podrá encontrar las semillas de tanta maldad. El abandono infantil hiere a la humanidad entera, no hay imagen más desgarradora que las de esa mirada infantil con el sufrimiento reflejado en sus caras. Es difícil el perdón al verdugo que maltrata a un adulto por sus ideas, pero si se trata de un niño ya no podemos hablar de perdón, nada remediará el daño infligido.  De alguna manera a ese ser se le mueren muchas emociones. La fragilidad y la posibilidad de sucumbir le son muy próximas. Así que cuando hablamos de perdón lo hacemos con una ligereza pasmosa, en ningún caso se sale rápidamente a manifestar un perdón con todas las heridas abiertas. A menos que se esté hablando desde una doctrina y no desde la emoción por ello no conmueven sino causan estupor y hasta rechazo. Si se quiere ser “bueno” a toda costa no se es bueno en absoluto, quizás banal.

Un ser profundamente herido tendrá que vivir con sus cicatrices que heredarán sus descendientes hasta que las historias se pierdan en el olvido. Así también sucede con las sociedades, fuimos y somos heridos no es momento para estar hablando de perdón. Si lo que queremos es ser utilitarios y aprovechar a los “arrepentidos” para nuestra lucha, muy bien, pero llamemos a las cosas por su nombre. La justicia, que llegará, será la mejor terapia para nuestros traumas. Un adulto que cuando niño fue abandonado por sus padres buscará un poco de sosiego en un proceso muy particular, de nada sirven los consejos de “un pare de sufrir” y una sociedad a la que le fue arrebatada las mínimas condiciones humanas debe presentar batalla para exigir el respeto que amerita tal condición. Las doctrinas forcluyen lo propiamente humano. Pretenden sustituir el entramado inconsciente de cada quien por un universal que no existe.

Nos alcanzó el mayor y más primigenio miedo que acompaña la difícil tarea de vivir, el abandono. Paradojas que tiene la vida, de tanto querer un padre protector que resuelva nuestros males, fuerte, macho, atrevido, brabucón topamos con el padre cruel y abandónico. Que cada quien se perdone si puede, pero las prédicas bonachonas en este momento o el andar demandando a otros que pidan perdón, indignan. Indigna los niños abandonados por más que demos razones sociológicas o de púlpito de iglesias, el amor no se impone, se siente. Así que si se quieren ir persiguiendo ese nicho acogedor que una vez los albergó están en su pleno derecho. Hay muchas formas de marcharse. “si se van yo me voy con ellos” y yo también me iría con ellos.

2 de octubre de 2018

Como hormigas



Cuando era niña pasaba horas observando a las hormigas. Me hacían pensar, las veía en fila cargando sus comidas y tropezando con las que venían en dirección contraria en una suerte de comunicación, las pensaba indicándoles a las otras donde encontrarían el botín a llevar a su nido. Ordenadas y en colaboración perfecta hasta que cualquier intruso irrumpía en su camino. Se producía enseguida una desorganización total, corrían en diferentes direcciones y soltaban su carga.  Pasaban mucho tiempo para volverse a organizar y seguir cumpliendo su función de alimentar a su colonia. Son insectos sociales y poseen una perfecta organización que asegura su supervivencia hasta que la estrechez las alcanza. En caso de desespero por una hambruna se comen entre ellas. Valga este breve recuerdo para observar las similitudes que tienen con los humanos.

Estamos como hormigas cuando irrumpe un intruso o el hambre nos sumerge en un estado de sobrevivencia. Desordenados y comiéndonos los unos a los otros. Nos comemos con palabras porque somos sujetos del lenguaje. Transitamos por las vías del simbolismo, allí reside nuestro nicho social, y vamos cargando con las palabras. Si encontramos un festín apetitoso y estéticamente preparado regresamos con bellas cargas, bellas palabras. Si por el contrario nos tropezamos con estiércol y podredumbre nuestra carga será soez y agresiva. Dejamos de ser sociales y de reconocer a los otros como humanos; pasamos entonces a engrosar las filas de los bárbaros. La civilización no solo se refiere a la formación y enriquecimiento del pensamiento por el estudio sino también a esa sensibilidad de saber que el otro padece cuando es abandonado y agredido. Esas personas mayores abandonadas y los niños desnutridos nos gritan en la cara la clase de sociedad en la que estamos. En una bárbara.

Los intrusos lograron su cometido, nos destrozaron utilizando todo tipo de artimañas. Una de ellas fue arrebatarnos nuestros símbolos. Esa condensación de significados que ayudan a identificarnos como pertenecientes a algo, a tener lugar. Se fueron apropiando poco a poco de todo lo nuestro, lo vivimos con dolor pero no pudimos pararlos. Nos dejaron sin referencias, sin reconocernos en nuestras historias, sin lugar, sin país. Pero eso ya lo sabíamos y lo padecemos de forma aguda. Sin embargo lo que nos tiene sorprendidos son los estragos que esto produce en la gente. Ya no somos sociedad y hemos formado clanes para amortiguar la soledad. Hacemos alianzas cerradas con dos o tres referencias incuestionables y desde allí agredimos a los no pertenecientes a la cofradía, a los incrédulos. Nos defendemos para no enloquecer y nos agarramos a pocas significaciones que no terminen por destruir la memoria e historias personales. Al convivir diferentes generaciones y diferentes culturas con sus anclas emocionales e identificatorias distintas, llueven calificaciones, acusaciones y desprecios.

El filósofo e historiador del arte Georges Didi-Huberman nos ilustra sobre el efecto que causa las imágenes y recuerdos en nuestra identidad “El montaje será precisamente una de las respuestas fundamentales a ese problema de construcción de la historicidad. Porque no está orientado sencillamente, el montaje escapa de las teleologías, hace visibles las supervivencias, los anacronismos, los encuentros de temporalidades contradictorias que afectan a cada objeto, cada acontecimiento, cada persona, cada gesto” Montamos nuestra historia y nuestro anclaje con las imágenes atesoradas en la memoria; desde ese substrato leemos nuestro presente en un esfuerzo por sobrevivir en tanta hosquedad orquestada. Defiendo mi historia, mis recuerdos, mis símbolos aunque solo sean atesorados en la intimidad, no me amilanan los que insultan o ponen calificativos, los que sentencian. Al quedarnos sin referencias solo nos espera la nada. Cada quien que haga su montaje pero no dispare al diferente.

Estamos en un estado de anomia, que tal como la definió Durkheim, se caracteriza por la pérdida de la normativa. Hasta perdimos las elementales, las que tenemos que observar en el trato con los otros, empujados y sumergidos en “un abismo sin fondo que nada puede colmar”. Decepcionados e invadidos por un malestar somos empujados por la necesidad de encontrar a otro a quien imputar el mal. Perdemos de perspectiva la identificación del enemigo que en nuestro caso está bien identificado para comenzar a encontrar enemigos por doquier y encerrarnos en el clan. Alimentamos un estado de efervescencia que como lo caracteriza Durkheim: "se vive más intensamente y de otro modo que en tiempos normales. Los cambios no son sólo de matices y de grados: el hombre se transforma en otro. Las pasiones que lo agitan son de una intensidad tal que sólo pueden satisfacerse por medio de actos violentos, desmesurados: actos de heroísmo sobrehumano o de barbarie sanguinaria”.

Así es que tampoco somos tan originales, obedecemos a los estados generales ya descritos a principios del siglo pasado. Conductas instintivas que nuestra potestad simbólica no logra cambiar. Seguimos patrones preestablecidos tal como las hormigas, llegó el intruso y aquí estamos desordenados y girando en nuestro propio desconcierto. Es imperativo volver a encontrar nuestro nido y sosiego. No se ve el camino porque los primeros que andan perdidos son los que se erigieron en hacer el montaje y ya no encuentran sus propias referencias, no conocen la historia reciente de desaciertos o no reflexionan sobre ella. Tarea que se hace urgente, no admite dilación.