12 de septiembre de 2017

Los detectives de la verdad




Ahora somos un país de detectives. Cada quien con su lupa buscando al criminal y escrudiñando en los archivos de delitos. Tiene que haber culpables de traición, ventas de conciencias, dobles caras, secretos bien guardados, juegos malsanos a nuestras espaldas porque si no es así esto no se entiende. Partimos de una creencia generalizada y difícil de combatir en un público que no está dispuesto a dudar de sus premisas iniciales y por supuesto de llevar a cabo otro tipo de investigaciones. Estamos como estamos porque nos traicionan y como no se puede concebir que combatir al crimen tiene su especialidad y su experticia, su tiempo y estrategia, se salta a demostrar que se puede engañar a otros pero a mí, lo que es a mí, no. Buscadores de la verdad en la apariencia de los hechos y no en indagatorias sistemáticas, científicas, filosóficas y ni siquiera policiales. Una manera de entretenerse en una situación desesperante mientras los hechos definitivos nos alcancen. Es un fenómeno que no es nuevo, una sociedad perseguida desarrolla un carácter “paranoico” que encajan en las teorías de la conspiración.

En este estado de cosas la gente tiende a creer que detrás de cada hecho o fenómeno existen verdades ocultas que algunos seres diabólicos guardan en secreto. Es una visión del mundo sustentada en fuertes creencias. El tratar de refutarlas es baladí porque enseguida el autor de otras perspectivas es desacreditado como “ingenuo” cuando no de “vendido” y unas cuantas peores calificaciones. En fin, buscar la verdad ha sido siempre natural en el ser humano porque es la tarea fundamental de la inteligencia. Como señala Alfredo Vallota “contamos con la inteligencia para intervenir en el entorno” y para andar mejor en la vida tenemos que anticipar, prever, pronosticar y confiar. Pero la tarea no es para nada fácil porque la “verdad” se ha hecho muy difícil de definir y por lo tanto sus métodos para encontrarla. Desde Aristóteles que definió la verdad como “aquello que es y no es lo que no es” hasta las concepciones más recientes que postulan que la verdad solo puede encontrarse en el lenguaje. Solo podemos trasmitir las teorías con lenguaje y estas son sustituidas por otras que utilizan un lenguaje más convincente. En nuestro mundo no tenemos fuentes infalibles de conocimientos y en apariencia se están imponiendo los discursos “convincentes”. La posverdad.

Los hechos objetivos e irrefutables como que los venezolanos están pasando hambre, que nos estamos muriendo por falta de medicinas y los niños de desnutrición, pueden ser tergiversados por un discurso tramposo pero que alimenta creencias. No hay medicinas por culpa de Trump y hambre por una guerra económica. No es solo una jugarreta pícara de payasos sin gracias irnos cambiando el lenguaje y con ello la percepción de los hechos, es muy grave porque la finalidad es distorsionar la verdad. Los hechos objetivos dejan de ser lo más influyente en la opinión pública y son las emociones y las creencias personales las que dominan el pensamiento y las verdades. Si bien ya muy pocas personas se creen las mentiras descaradas del discurso oficial y su neolenguaje, lo que si se compró y a muy buen precio fue la metodología. Si yo creo firmemente en algo esa es la verdad. Así que los métodos indagatorios son los que utilizan esas personas insistentes por encontrar que es verdad lo que están pensando. El interrogatorio que seguro todos conocemos ¿Por qué te ríes? ¿Qué estás pensando? ¿Para dónde vas? ¿De dónde vienes? ¿Con quién hablas? Al no conseguir la confirmación de la sospecha se instala la desconfianza y con ello se acaba todo encuentro armonioso, cualquier unidad.

En realidad son funcionamientos sociales que ocultan la verdad en lugar de buscarla. Solo tienden a despertar entusiasmos de sus seguidores, es la seducción. Decir lo que el otro quiere oír. Aquí entra en juego y se hace necesaria la ética de la comunicación como propone Habermas, tan necesaria en los tiempos de las comunicaciones por las redes sociales. Porque como afirma Víctor Krebs “Nosotros hemos inventado un nuevo mundo, que es el virtual, y las neurociencias están demostrando ya cómo el cerebro, debido a la plasticidad neuronal, se está adaptando a esta nueva realidad. Los niños están aprendiendo a pensar con los nuevos medios, a procesar los datos de otra manera, a adquirir sus creencias en condiciones distintas a las que teníamos nosotros. La diferencia entre verdad y falsedad que para nosotros era tan evidente; ya no lo es para ellos. A mí me parece que desde la filosofía, en vez de contar una tragedia, debemos ver qué está pasando y cómo estas nuevas generaciones se van a orientar en un mundo en que las categorías que nosotros conocíamos ya no existen. La posverdad es solo un síntoma de una transformación generacional en la forma de ver, de pensar y de relacionarse en la era digital”

Corremos el peligro de vivir como en la estupenda película de Amenábar “Los Otros” en la cual el espectador comienza a descubrir el engaño a que ha sido sometido por el relato. Lo que es el mundo de los vivos es en realidad el de los muertos, todo lo que vemos como apariciones o fantasmas son los vivos. La protagonista Grace Stewart interpretada por Nicole Kidman vive en una falsa verdad, alimentada solo por lo que quiere creer: que sus hijos están vivos y que ella no los mató. Así que todo lo que confirme sus creencias y apacigüe sus emociones será cierto y todo aquello que amenace su estabilidad emocional y convicciones, tendrá que ser falso, como acertadamente señala Fernando Trías de Bres. Así que dejemos, a los que confunden el mundo de los muertos con los de los vivos y hablan con pajaritos, en su locura; pero no nos convirtamos nosotros en detectives de la verdad solo para confirmar creencias y balancearnos en una frágil emotividad. Corremos el grave peligro de sustentarnos en falsas verdades.

5 de septiembre de 2017

No será ante una chimenea




Queremos tener certezas, queremos confiar en conducciones fundadas en saberes que no generen sospechas. Estamos sentados en la desconfianza porque los relatos desplegados no nos condujeron al fin deseado. El sentimiento de fracaso se profundizó y con ello el bajón emocional depresivo era esperable con sus acompañantes, la rabia, la agresión y  el desprecio a los que sentimos responsables de nuestro desengaño. Muy humano la pretensión de seguridad a la que aspiramos pero imposible de alcanzar cuando de procesos sociales se trata. La vida es incertidumbre, lo sabemos, pero en momentos límites como el que atravesamos surgen esos pensamientos y deseos mágicos como recursos para mitigar el desamparo. A ellos nos agarramos con furia y nos decimos “algún día encontraremos al iluminado que con paso firme nos conduzca a la liberación deseada” Es así como los aventureros alcanzan algunos días de gloria para terminar siendo víctimas de nuevos y muy costosos fracasos.

Sin embargo el mundo de las ideas y en consecuencias la conformación de nuevas organizaciones sociales surgen de los grandes desconfiados. Descartes con una lucidez y hondura de pensamiento brillante se propone acabar con el “fracaso” de veinte siglos de esfuerzos filosóficos. No puede soportar lo dudoso y se promete encontrar un saber absolutamente seguro, fuera de toda sospecha. Utilizando su método de la duda sistemática pone en cuestionamiento tanto el mundo de los sentidos como al propio pensamiento. Su gran pregunta fue ¿cómo hacemos para no ser engañados? Una vez roto el puente entre el mundo de la realidad y el mundo del conocimiento tuvo que acudir a un garante que le asegurara el no ser engañado. Ese garante fue Dios. Así comienza la Modernidad y sus grandes relatos. Se cree con firmeza que la historia es producto de la acción de los hombres y para arribar a fines deseados hay que ser “fuerte” con consignas fuertes y con un compromiso fuerte, “patria o muerte” sería uno de esos imperativos típico de los grandes relatos.

Entonces y para complicar más las cosas, siglos después llega Lyotard con el postmodernismo y decreta la muerte de los cuatro grandes relatos de la Modernidad: la religión, el marxismo, el capitalismo y el iluminismo. Lo que tienen en común estas cosmovisiones es su visión teleológica de la historia, acciones coordinadas de los hombres que van a un fin inexorable, no puede sino cumplirse. Por ese fin que debe cumplirse los hombres han cometido todo tipo de barbaridad, vaya si lo sabremos nosotros que por llegar tarde y mal a la modernidad hicimos nuestra peor apuesta y estamos sufriendo sus calamidades. Lo que Lyotard destaca es que no hay fin en las historias, poniendo en duda y desconfiando de la plenitud a las que supuestamente conducen estas ideologías. Estamos entonces condenados a lo que él llamo los pequeños relatos. Nada espectacular, nada que despierte pasiones. Pequeñas cosas, pequeños actos, diversos discursos, diferencias del lenguaje son las que van a hacer sociedad. Ya Heidegger, Foucault y Nietzsche habían abonado el terreno. La historia es una suerte de caleidoscopio, de multiplicidad de hechos. No hay garante y los hombres se quedan más solos en su incertidumbre. Y por supuesto Freud viene a empeorar el cuadro cuando nos advierte que ni siquiera somos dueños de nuestros actos, deseos e impulsos dado que hay un inconsciente, que está allí, haciendo malas jugadas.

La mentalidad de los hombres, en todas las eras, es “duras de matar” quedamos aferrados a imagos tranquilizadores y a las primera de cambio podemos retroceder siglos de comprensión de nuestro devenir y tragedias. Por estar creyendo en salvadores nos encontramos hundidos y con un país desbastado. Pero seguimos suspirando por ese “hombre fuerte, inequívoco y metafísico” que nos guie a nuestro fin de confort y tranquilidad anhelado. Y también nos ha dado por excusar hasta nuestras miserias propias, antagonismos, celos, infundios y adjetivos fuertes porque así nos acostumbró el chavismo. Otra salida teleológica, explicación que proyectamos en otros para no hacer un poco de ejercicio interno. Años de evolución de las ideas a la papelera de reciclaje, años de conceptualizaciones y de avances del conocimiento al tarro de la basura. Ya estábamos bien grandecitos (algunos) cuando esta tragedia nos tocó las puertas y la abrimos. Para cerrarla no nos queda otro remedio que respetar y comprender nuestros pequeños relatos. Entendernos en nuestros dialectos y unirnos para que cobren efecto. Debemos comprender las reglas que no son legitimadas sino por un contrato acordado entre los jugadores, tal como nos indicó Wittgenstein “El lazo social está construido de juegos de lenguaje”. Ese acuerdo es nuestra Constitución, que refrendamos, ninguna otra producto de jugadas tramposas. El juego no puede ser arbitrariamente modificado y sus reglas cambiadas sin despertar un profundo rechazo.  

Seguiremos con la desconfianza, es inevitable, vivimos en un mundo sin certezas. Aún no hemos terminado la partida pero si queremos ganar tenemos que jugar en todo los frentes y con nuestros compañeros de equipo. Solo los acontecimientos nos irán marcando la ruta y estos suceden todos los días. Pongamos a la desconfianza a producir como un buen día hizo Descartes. No será ante una chimenea, pero si antes las ganas que nos unen, porque el hombre sigue siendo el dueño de su destino.

29 de agosto de 2017

La memoria que renuncia al olvido




Pocos son los teóricos que se interesan por la vida cotidiana de la gente. Precisamente porque es de lo que no escapamos, no lo pensamos; como bien apunta Cristina Albizu “por estar muy presente y ser muy evidente se nos vuelve imperceptible e ininteligible”. Es curioso porque todo cuerpo de ideas en cualquier disciplina termina influyendo, modificando o explicando la manera como vivimos. Henri Lefebvre y Agnes Heller, desde diferentes ángulos se interesan por esta rama del saber, el primero para dar cuenta de la realidad social y Heller tematiza la vida cotidiana como la reproducción de la individualidad social, un abordaje ontológico. Allí, en los detalles de cómo organizamos nuestras vidas, en ese paisaje silencioso del que no se habla, se encuentran los gérmenes de la rebeldía hacia un orden dominante que trastoca cada uno de nuestros movimientos y nuestras costumbres.

Todos los que habitamos estas tierras fuimos despojados de nuestra cotidianidad. Aquellos actos rutinarios, levantarse, ducharse, desayunar, salir a llevar a los niños al colegio y luego al trabajo para luego regresar y tener momentos de descanso con la familia, han sido trastocados; actos sencillos, actos de todos los días. Todo absolutamente todo quedó violentado por unos fanáticos corruptos que se antojaron de hacernos “hombres nuevos”. No hay generalmente agua cuando te provoca ducharte, no hay electricidad cuando quieres ver la televisión o conectarte a internet. Las neveras ya no tienen los alimentos que eran cotidianos en tu alimentación; muchos quedaron sin trabajos y los niños encerrados en casa porque no son seguros los parques ni las calles. Cada vez que nos cierran un canal de información trastocan las rutinas del que tenía como costumbre verlo, cada vez que apagan una emisora hay que inventar que hacer en ese tiempo que se dedicaba a oír un programa determinado. Nos vamos adaptando pero con un cansancio moral tremendo, con la rabia del doblegado, con el sufrimiento del que es violentado diariamente en su intimidad.

De eso se trata la política, del arte para ir perfilando una estructura social que a la vez abra los espacios para una vida individual, con las costumbres y rutinas que cada quien elija para sí. Si le dijimos no a las guerras para poder vivir en sociedad porqué tenemos que adaptarnos a la guerra que nos declararon unos pocos y que nos mantiene acorralados. En realidad bailando al son de sus músicas destempladas, encerrados, rabiosos, huraños, descargando las frustraciones por las redes sociales porque ya ni con los amigos se puede. Los espacios placenteros se achican cada vez más y los pocos que nos quedan, por el empeño titánico de nuestro medio cultural, no lo estamos aprovechando porque ahora hay que hacer un esfuerzo sobredimensionado para salir de las casas. Hay miedo y mucho, pero también nos dio por decir “no tenemos miedo…” cuando la realidad es que estamos aterrados. Aterrados que se nos estropee la nevera, el carro, cualquier artefacto porque no hay repuestos o son impagables. Aterrados por el hampa y los asesinatos cada vez más espeluznantes. Aterrados por enfermar en un país sin medicinas. Aterrados al ver como mueren nuestros niños de hambre. Aterrados de quedar definitivamente atrapados en la negación de la vida, en el horror que hoy envuelve al país.

No estamos viviendo una cotidianidad desde hace tiempo, todo hay que calcularlo, pensarlo y repensarlo, porque un menor descuido nos cuesta la vida. ¿Cómo no vamos a estar cansados? Y solos porque sin vida cotidiana no existe la vida social afirmaba Agnes Heller, ambas íntimamente ligadas, indisolublemente vinculadas. De esta experiencia vamos dejando testimonios que fue lo grandioso de Herta Müller, escribió sin cesar (aun lo sigue haciendo) los destrozos que dejan en el alma los totalitarismos. Es lo importante al relatar la vida cotidiana de cada uno de nosotros, el decir como somos afectados en nuestras individualidades, nuestras emociones a flor de piel, nuestras íntimas inseguridades, nuestros profundos dolores. Es lo grande del hombre común que no se coloca una coraza de palabras adquiridas de teorías para dar lecciones a los otros y pontificar hasta en los duelos más desgarradores. Herta escribe con poesía, con una prosa llena de metáforas preciosas para ir describiendo lo que fue la cotidianidad, con su gente sencilla, en el horror de la dictadura de Ceaucescu. Como ella expresa “es mirar lo oculto de los hechos y de las situaciones que en la profundidad de lo cotidiano, como en su complejidad, identifican, esclarecen y resaltan aquellos hitos que han configurado la historia de determinado grupo social”

En toda dictadura se está bajo represión y se obliga a un silencio que empuja a una búsqueda interior a un encuentro forzado consigo mismo, nos aleccionaba Roland Barthes acerca de Herta Müller. Hacer de los objetos y los gestos una mediación del lenguaje que debe ser comedido porque está bajo arresto. Así expresó Herta su escogencia para aminorar la persecución “Cuando se nos prohíbe hablar, intentamos afirmarnos con gestos e incluso con objetos. Son más difíciles de interpretar y permanecen un tiempo libre de sospechas” De allí que mientras más silencio se nos impone más esencial se va volviendo la escritura. Solo que el don de metáforas (un privilegio otorgado a pocos) sublimes y estremecedoras de Herta Müller conforman una voz merecedora de un premio Nobel.  Es la memoria que renuncia al olvido.