16 de mayo de 2017

Nuestra forma elegida




Que difícil se nos hace tener nuestros sentimientos y pensamientos con algún grado de continuidad o coherencia. Saltamos de una emoción a otra (que puede ser su contraria)  en una caída libre sin freno. Nos asaltan alegrías intensas porque vemos que nada nos detiene en la conquista de nuestro futuro. En seguida tropezamos con un dolor lacerante por nuestros muchachos asesinados sin el menor asomo de piedad. Nos invade una ira enloquecedora por tanto tormento infringido sin control. No hay posibilidad de  ordenar nuestra casa interna para poder sentarnos y encontrar algún refugio que sosiegue. Es imposible la templanza, la nobleza, la prudencia como guías de conducta hacia los que descaradamente maltratan desde sus ridículas mascaradas de poder. Es una situación que debemos atravesar así con nuestros signos de locura colectivo, con los cambios de carácter, con lo peor de cada quien pero también con lo mejor nuestro hacia nuestros iguales en el combate. Signos de solidaridad y entendimiento sin palabras nos acercan sin el menor asomo de dudas. Solo en este rasgo fundamental se vislumbra un mundo civilizado.

Somos más que nunca la expresión de nuestra “naturaleza caída” (San Agustín) que fue la respuesta que Hobbes y Rosseau se dieron a la pregunta de por qué cambiamos la libertad por promesas falsas de una tiranía. La naturaleza humana no es inocente al haber perdido su determinismo instintivo. Por el hecho de que poseemos un lenguaje podemos mentir y lo hacemos con muchísima habilidad y por distintos motivos. Mentimos para protegernos y proteger a otros, esta puede ser la mentira benigna. Pero también tenemos la capacidad de mentir por el placer de engañar, someter, vejar y confundir. Es la mentira del que se esconde detrás de discursos “inocentes” para ejercer su voluntad perversa de someter a otro. Un poder sádico que también es voluntad humana. Pero existen las voluntades “de escoger nuestras leyes, la paz, las instituciones, las ciencias y el arte es decir la civilización” como señala Octavio Paz; estamos, entonces, viviendo el choque de dos voluntades irreconciliables y decididas. Pero ambas, por ser humanas y atravesadas por el lenguaje, son sometidas a la sospecha. También tenemos la capacidad de mentirnos a nosotros mismos; la verdad tiene estructura de ficción afirmó Lacan, la misma estructura de la mentira.

Sabemos que cuando hablamos de mentira es porque tenemos en contraposición una verdad. Cada quien vive aferrado a una verdad que le resulta irrefutable, que no quiere perder sin verse peligrosamente trastocado y sin verse obligado a cambiar definitivamente su ser. Cuando esta creencia fundamental cae por lo terco de la realidad se atraviesan momentos de mucha incertidumbre y de pérdida del sentido de la vida. Aferrarse a este núcleo organizador de la existencia contra toda evidencia es lo que llamamos fanatismo, provocador de los extremismos radicales que están dando efectos destructores alarmantes en nuestro mundo. El extremismo no solo destruye su entorno sino también destruye al sujeto que decidió renunciar a su vida por un fanatismo. O mejor dicho, el fanático es en realidad el que no se atrevió a ser lo que es. El fanático está muerto antes de matarse. Basta ver algunos voceros del régimen declarar mentiras absolutas con una expresión de incredulidad en sus rostros, sin emoción, sin certezas, sin pasión. Evidentemente perdieron su anclaje pero no el discurso. Saben que mienten pero tratan de no ahogarse todavía.

Momento en el que la búsqueda por una un sentido vital es colectivo, la buena fortuna es la de todos, una disyuntiva de una claridad meridiana, todos ganamos o todos perdemos. Después de todo es la esencia de la civilización, la voluntad de convivencia “se es incivil y bárbaro en la medida que no se cuente con los demás. La barbarie es la tendencia a la disociación. Y así todas las épocas bárbaras han sido tiempos de desparramiento humano, pululación de mínimos grupos separados y hostiles” afirmaba Ortega y Gasset. Nuestra verdad colectiva es que nos destrozaron el país, es que nada funciona y tenemos nuestros derechos confiscados. Que estamos presenciando la barbarie más grande imaginable y que para liberarnos de esta realidad mortal tenemos que formar nuestro grupo, que ya es prácticamente todo el país. Es hora entonces de concretar y cohesionar ese grupo con el llamado a todos los sectores en acciones contundentes. Los vínculos sociales necesarios no los pudieron destruir, surgieron con toda su intensidad en esta hora de la verdad; nuestro gran relato de un país próspero y gentil no desapareció de nuestro imaginario colectivo. Los símbolos de nobleza permanecen y se expresan ahora con mucho más coraje. Ese es nuestro cemento constructivo, nos reconocemos y necesitamos en un futuro compartido. Es nuestra forma elegida y nuestra gran verdad. Porque como decía Nietzsche “es necesario que algo tenga que ser tenido por verdadero, no que algo sea verdadero”.

Nuestro mito cohesionador -nuestra verdad- es que estas fuerzas desplegadas por la liberación del país ya son indetenibles. Que nuestros enemigos muestran su turbación con mentiras primitivas, balbucean incoherencias y corren cuando son emplazados. Que nuestra gente obligada a irse del país están mostrando su indignación con tanta fuerza como lo hacemos lo que permanecemos en él. La verdad es que como país ya elegimos aunque se nos niegue  expresarlo en las urnas. La verdad es que aquí hay culpables de tanta muerte, vejación y violación que reclama justicia. La verdad es que indignados estamos recuperando nuestra forma de país con nuestra manera elegida ya imposible de negar o revertir. La verdad es que tendremos nuevamente un país.

9 de mayo de 2017

Somos una promesa compartida




En tiempos sosegados los seres humanos podemos vivir con emociones equilibradas e intereses y deseos diversos, es por ello que son múltiples las expresiones creativas, múltiples las actividades y múltiples las ideas.  Nuestras mentes y cuerpos son habitadas por multitudes de sensaciones tan particulares como particulares son los rostros. La mayoría de las personas no nos causan irritación porque piensen distinto y procedan dentro de la gama de posibilidades que su entorno le permita y que libremente se decida. Hay cabida para el respeto, la tolerancia, la comprensión. Sin embargo en esas condiciones ideales escogemos las amistades, el amor no brota indiscriminadamente hacia cualquiera; los seres que nos producen placer, irritación o hastío provocan un acercamiento o un alejamiento. Nadie se extraña, censura o se explaya en discursos obligando al otro a querer a quien no quiere porque de antemano sabe que es tiempo perdido. En tiempos tranquilos no amamos indiscriminadamente, ni hostigamos al otro con una música empalagosa de seducciones utilitarias. Al menos no deberíamos.

Pero qué pasa en tiempos en donde la incertidumbre se encuentra en su máxima expresión, cuando el miedo penetró en cada uno de nuestros hogares. Qué pasa cuando el dolor nos reúne en los cementerios despidiendo muchachos que han sido asesinados por esbirros. Qué pasa cuando se tiene a un enemigo identificado como causante de la tristeza y malestar que nos invade. Qué nos pasa cuando estamos decididos a darle un vuelco a nuestro destino colectivo arriesgando lo más sagrado y querido. Qué pasa cuando se nos empujó a una situación límite. Sencillamente pasa que ya no podemos ser tan flexibles y plásticos con nuestras inclinaciones emotivas. Nos pasa que no damos cabida al indiferente, al apático o al arribista (según cada quien los califique). Nos pasa también que las identificaciones surgen con una intensidad y generalidad mayor de lo habitual por la necesidad muy humana de conseguir alguna sensación de seguridad entre tanto desasosiego. Conformamos grupos cohesionados para defendernos. Sentimos a los que luchan y se manifiestan por la causa justa más hermanos que nunca y lloramos todos las mismas penas y odiamos todos a los mismos asesinos. Utilizando una expresión de Marguerite Yourcenar en las Memorias de Adriano, nos pasa que esto ya pasó “de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de carne, una invasión de la carne por el espíritu”.

Sabemos que la solidez de nuestra unión es la que nos confiere fortaleza. El poder que hoy tenemos radica fundamentalmente en este prodigio del ser humano que solo lo despierta el miedo y la humillación proporcionado por un régimen totalitario, abusador y cínico. Derrotarlos tomó nuestro espíritu y no hay cabida para estar con eufemismos moralistas. De allí lo grande pero también lo delicado de nuestra situación. Estamos determinados porque atravesamos una guerra y la sentimos como definitiva, nuestras actividades se encuentran limitadas pero momentáneamente porque estamos luchando precisamente para no permitir la “tentativa de encuadrar la sociedad entera; de fijar y determinar todas las actividades de la sociedad” que según Claude Lefort es el principal objetivo de los regímenes totalitarios. Estamos rechazando la dominación y por ello se tumban las estatuas, se pisan los símbolos de los que se quisieron erigir en rígidas y despóticas autoridades.  Según Freud uno de nuestros miedos ancestrales es la falta de un padre, una autoridad protectora; pero también Freud nos instruyó sobre el deseo de muerte hacia el padre que niega la libertad y el goce a sus hijos. Se necesita seguridad, pero lo ominoso nos acecha en las garras del perverso. Pulsión de vida y pulsión de muerte en su eterno combate. En tiempos donde las armas salieron sin pudor a matar a nuestros muchachos no es el llamado a la bondad y el perdón lo que cabe. Ya no podemos ser puros. No en estos tiempos.

La vida es inseguridad, Ortega decía que el hombre nada en el mar sin fondo de la existencia y para encubrir la falta de rumbo, el desconocimiento del rumbo, lo hace vigorosamente, intentando de ese modo autoengañarse y convertir la radical y fundante inseguridad, en seguridad y firmeza pero para mantenerse a flote es necesario crear algún valor, alguna creencia, alguna ilusión (Benjamín Resnicoff). Estamos aferrados a nuestras causas y no podemos hacer concesiones porque estamos experimentando una inseguridad radical, o enloquecemos o nos abrazamos a las esperanzas de que sí podemos. De allí que toda otra polémica la vemos como lejana y tomamos las adhesiones de los trasnochados por la utilidad que nos reportan. Buenas herramientas. Nietzsche se preguntaba  “¿Eres un esclavo? Entonces no puedes ser amigo; ¿Eres un tirano? Entonces no puedes tener amigos”. Hacemos empatía, nos sentimos iguales, sentimos amistad y amamos a los que asumieron la libertad como su causa y ponen en juego su destino.

Nos decían Hannah Arendt que la promesa pretende dominar la doble duda humana -la duda sobre sí mismo y la duda sobre el mundo- como opción para adueñarse de uno mismo. Cuando el hombre pierde su sentido de seguridad, la promesa se apodera de todo, incluso del futuro. Y estamos viviendo en este momento solo por una promesa que nos hicimos, no en solitario sino compartida. Tengan paciencia aquellos que nos ven radicalizados, vendrán otros tiempos, seremos más permisivos y se agudizará nuestro pensamiento crítico, con nosotros y con nuestro mundo. Por ahora solo somos una promesa compartida.



2 de mayo de 2017

Lo humanamente correcto



De un gobierno que invierte su tiempo en desconocer toda regla de procedimiento para una posible socialización, no podemos de ninguna forma esperar que asuman una responsabilidad moral. Su forma de proceder es la de situarse fuera de toda ley, sea ésta la acordada por la ciudadanía-la constitución- o sea la acordada por el sistema internacional de derechos humanos –Carta Democrática-. Apelar por valores humanos, por una moral a la que debemos acceder para poder ostentar el rango de ser humanos, está todavía mucho más lejano y fuera de alguna posibilidad. No son humanos, no interiorizaron nunca una ley, no conocen de bondad, de respeto y mucho menos de libertad ni de miedos. No hay límites para sus ambiciones y ansias de poder, solo juegan a no ser objetos de una justicia que tarde o temprano tendrán que enfrentar. A estas alturas ya lo tenemos claro, no hay alternativa, de estos enfermos hay que salir, ponerlos a un lado para poder comenzar a construirnos como país. Lo que vale la pena somos nosotros, lo que si nos dimos a la tarea de ser humanos y que estamos gravemente heridos, dando muchos síntomas que hay que atender.

Estamos muy descreídos y con justificación. Hemos tenido que vivir cambios de timón a nuestras espaldas y sin aviso previo. Esa es una herida que está allí abierta y de tanto en tanto sangra. Pero detengámonos un ratico, ¿es que se puede atravesar este Rubicon sin confiar en nadie? Parece que no es posible, en toda guerra existen los estrategas, los que señalan los movimientos que hagan posible alcanzar las metas. Hay también en una batalla un acuerdo y hay normas que se deben acatar. En todo movimiento que implique a una multitud hay reglas que normatizan, hay responsabilidades y nos conviene ser disciplinados para lograr los objetivos; lo que Bauman temió se estuviera perdiendo en nuestro mundo líquido. En cada paso no se puede perder tiempo con la sospecha. ¿De qué vale el sufrimiento de la incertidumbre por las intenciones de la dirigencia? Cuando se trata de intenciones solo podemos elucubrar y lo hacemos desde una herida. Confiar en nuestros líderes es lo que corresponde, están haciendo y lo están haciendo bien. Si la confianza depositada es despreciada estaríamos ante otra realidad, pero ese no es el caso en estos tiempos cumbres para la política y en una suerte que se define día a día, hora a hora. En términos generales no se puede vivir sin confiar, en algo, en alguien (Savater).

Es esperable comenzar a ver declaraciones inesperadas de personas pertenecientes a la clase dirigente que estamos enfrentando. Agarremos entonces las claves de lo que significa y no hagamos batallas para demostrar quien descifró sus oscuras manipulaciones. En realidad no importa los manejos torpes que puedan estar haciendo para salvar lo personal. Lo importante es que una representante y responsable de este genocidio ha tenido intervenciones públicas que se apegan a las leyes y ponen en situación aún más incomoda a los suyos. Toda acción que los debilite es buena para nuestros objetivos, eso no significa que la estemos redimiendo del mal causado, es responsable y mucho. Otra sorpresa fue la valiente intervención de Yibram a quien si debemos admirar. Este muchacho se enfrenta nada menos que a su papá y lo llama a la ley de una manera sencilla y sentida. “Es difícil, pero es lo correcto” se dice fácil pero en estas breves palabras tenemos todo un tratado de ética. Como Rodrigo Blanco lo dice en su estupendo escrito, no solo le da una lección a su padre de lo que es entrar en la ley de lo humano sino que “La gesta de Yibram es, en el fondo, anímica. Ha espantado el fantasma que no pudo desfacer el nervioso Hamlet. El mismo fantasma que en una noche parecida devoró a Jorge Rodríguez y que le ha costado a Venezuela tantos ríos de lágrimas y sangre” Un padre que falla en lo fundamental se transforma en un fantasma que podría estar persiguiéndole toda la vida. En psicoanálisis denominamos a este hecho “un acto” este joven es otro después de su intervención pública. Él es otro, no el país.

Como bien lo expresó Fedosy Santaella hace mucho daño  Pensar que ellos, en todo instante y en todo lugar, son unos genios en estrategias políticas oscurísimas (resaltado en el original) porque así todo error de ellos lo terminamos convirtiendo en una obra maestra del mal. Y quien no ve las fisuras, los puntos débiles, los errores, nunca podrá ganar ninguna batalla, ninguna guerra” Estamos viendo fisuras y las estamos arruinando ¿por qué? por nuestras heridas y por querer destacarnos como genios de la sospecha. No ser vulnerables o quererlo aparentar es otra clase de locura. Al interpretar todo a través de un solo esquema herramos y perdemos las claras señales de los frutos de nuestro empeño. Pero también podemos hacer mucho daño. Jugamos para el enemigo si le conferimos más inteligencia y sagacidad de las que en realidad poseen. Lo que sí es una realidad es su deseo de muerte y eso nos conmina a ser precavidos y a no dudar en los resultados de nuestras protestas. Debilita pensar que los enemigos que combatimos son invencibles.

No es fidelidad es lealtad lo que se requiere en estos momentos porque compartimos intereses y sueños. A esos “grupillos” (como los llamó Fernando Mires) que se dedican a crear dudas hay que ponerles un límite; es nuestra batalla contra la tiranía, nuestro dolor por los jóvenes asesinados en las calles, nuestra apuesta por la liberación lo que no debe ser oscurecido por sospechas inútiles. Hay que fijar criterios con determinación y decirles un rotundo “no” a los que se valen de falsas acusaciones para desprestigiar a los que se arriesgan físicamente en las calles. No juguemos entonces a ser los sabios de las interpretaciones, podemos equivocarnos pero allí está nuestro riesgo. Es lo humanamente correcto.