8 de marzo de 2016

Cambios de símbolos


Filósofos, sociólogos y psicoanalistas coinciden en sus apreciaciones -sobre el mundo que hoy vivimos-, se trata de un mudo que se caracteriza por un cambio radical en el orden simbólico. Estamos transitando, por lo tanto, una época distinta; algo ha cambiado radicalmente y esto tiene consecuencias en todos los niveles. Consecuencias a nivel personal: las decisiones que tomamos, las metas a las que aspiramos, los deseos que nos embargan, y sobre todo en cómo nos relacionamos. Consecuencias en el orden colectivo: la relación Estado-Poder, la globalización, La ciencia y La tecnología. Vivimos un mundo en el cual ya no hay certezas, donde no hay confianza, en el que no se acepta de entrada las concepciones de vida marcadas por la tradición. Transitamos por el final de una ilusión, la de aspirar a un mundo feliz garantizado por otro.


Después de la caída del muro de Berlín se tuvo la fantasía del término de las discriminaciones, del triunfo de la democracia y de la solidaridad; la fantasía de saber cómo se conduce un mundo hacia la libertad y la seguridad. Veinte años después constatamos que no es así, por el contrario se perdió libertad y seguridad y las democracias comenzaron a ser cuestionadas en muchas partes del mundo, sobre todo en América Latina. Aquella seguridad con la que vivieron nuestros padres, al tener puntos de referencias incuestionables por los que se guiaban para organizar sus vidas, ya nosotros, hace rato, no las tenemos. No hay hombres fuertes, no hay sabidurías que no sean cuestionadas, no hay religión que nos prometa salvación, no hay mitos que cohesionen a las personas para hacer lazo social. No compartimos los mismos símbolos.

Tenemos y vivimos con un vacío central que reclama por nuevos símbolos, porque los necesitamos para poder darle consistencia a lo que vemos. Desde Descartes sabemos que no tenemos acceso a la realidad y que solo podemos darle forma a nuestro mundo a través del lenguaje, el pensamiento y las emociones que nos despiertan las experiencias. Necesitamos de un lenguaje común, de una mirada que le de forma a lo que vemos; un proyecto común por el cual nos cohesionemos; necesitamos un deseo compartido. Un deseo encarnado con el cual otorguemos coherencia a nuestro mundo. Símbolos que vengan a dar cierto orden en un caos que se observa en todos los órdenes. Necesitamos poder vernos en otros cuerpos, en los animales maltratados, en la naturaleza irrespetada, en los otros seres humanos que nos rodean, en sus sufrimientos y en sus alegrías. Necesitamos volver a amar; pero no volveremos a tener esa fe tradicional; el ser humano perdió una inocencia que ya no va a recobrar. Curiosamente y en este momento se nos está llamando a tener fe, ¿Fe en qué? Si fue precisamente por haber firmado un cheque en blanco que fuimos arrojados a este precipicio.

Los garantes de la verdad se agujerearon, desapareció el superpoder y ya nadie parece estar liderando al mundo. Los hombres que presiden los Estados tienen que negociar, no existe la autonomía absoluta, la competencia se impuso y la solidaridad parece haber quedado para el recuerdo. Voces autorizadas, de acuciosa percepción y reflexión lo vienen señalando. Es el mundo “liquido” de Bauman; de Pierre Bordiú cuando señala “la pérdida de las normas regulativas”; de Cornelius Castoriadis con su advertencia “las sociedades han dejado de hacerse preguntas a sí misma”; de Jack Lacan cuando señala “la pérdida de consistencia del Sujeto supuesto saber” Lo que antes se entendía era tarea de un amo, ahora pasó a ser tarea de todos y no está mal, pero tenemos primero que ubicarnos y darnos las respuestas pertinentes. Todos debemos hacernos cargos de hacer buenas lecturas sobre esta incertidumbre fundamental. Nuestro afán por salir de este horror, en que nos han sumergido, es lo mejor de nuestra condición humana.

La tarea que se presenta en el mundo, pero especialmente en nuestro país, requiere toda nuestra atención. Se trata de volver adquirir la habilidad de cómo hacer las cosas bien para todos y decidir cómo deben hacerse, en palabras de Bauman como volver a unir poder y política,  “Lo que está pasando ahora, lo que podemos llamar la crisis de la democracia, es el colapso de la confianza (…) La cuestión es que ese matrimonio entre poder y política en manos del Estado-nación se ha terminado. El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas. La gente ya no cree en el sistema democrático porque no cumple sus promesas. Es lo que está poniendo de manifiesto, por ejemplo, la crisis de la migración. El fenómeno es global, pero actuamos en términos parroquianos


El vivir por tanto tiempo este atraso medieval le ha dado al ambiente un olor rancio, un paisaje bochornosamente anticuado y ya, sin duda, ilegible. Es enloquecedor porque nos sumerge en un vértigo de pérdida absoluta, de no encontrarnos en ninguna representación. Nos sumerge en la sensación de no pertenecer a lo que fue nuestro, de no participar en este lenguaje maltratado. Tenemos que actualizar nuestras representaciones y no volver a perdernos de nosotros mismos. No volvernos a maltratar de esta forma tan cruel. Los seres humanos vivimos en un ambiente simbólico que nos ayuda a construir nuestro quehacer cotidiano, a construir nuestro mundo, a poder entendernos con los otros que comparten los mismos símbolos y los mismos deseos. Eso nos fue arrebatado de allí se explica las agresiones y desconocimientos que se ha apoderado de nuestro ánimo. Estamos mal, muy mal y el cinismo es tal que en este estado de cosas se nos haga un llamado a la fe. No, no vamos a compartir el estigma de creencias anticuadas, rígidas y falsas. Vamos a dedicarnos al emocionante arte de edificar nuestras propias referencias simbólicas que por demás es el gran reto del siglo XXI.

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