2 de junio de 2015

Solidaridad

Buscarse un refugio individual y protegerse de las múltiples amenazas que nos acechan ha sido nuestra respuesta natural a la desprotección absoluta que vivimos como sociedad. Construir barreras que aíslen las calles de las urbanizaciones que transitamos, cámaras de seguridad que vigilen al que se acerca y mantener un talante de hostilidad y sospecha se ha convertido en nuestra idiosincrasia actual. Ha desaparecido una disposición amistosa y la pesadez de nuestra cotidianidad nos ha amargado el carácter por no poder mantener la paciencia que requiere el soporte del otro diferente. La capacidad de pensar, la reflexión calmada y el debate de ideas se ha cambiado por la agresión descarnada y la descalificación del que consideramos un enemigo aunque en realidad no lo sea. En un ambiente así, de todos contra todos, se hace imposible la solidaridad requerida para poder combatir juntos a los verdaderos causantes de nuestro malestar, que en nuestro caso son los saqueadores que se apropiaron del poder del Estado.

Pero así no acabamos con la pesadilla, al contrario nos vamos cada día volviendo más atormentados por el terror, solo queremos tener todo asegurado para evitar lo que esperamos, la traición. El otro se nos va haciendo cada vez más extraño, perdemos, como nos lo recuerda Zygmunt Bauman, un lenguaje común y la capacidad de comunicarnos. Este estado de cosas tan perjudicial en la meta anhelada de volver a nuestro estado democrático, es lo que estamos presenciando en los actuales momentos entre los “pensadores” de la oposición venezolana. Los celos, las rivalidades individuales, los intereses propios, la sospecha es lo que alimenta el análisis político y como consecuencia la exacerbación de las pasiones encaminadas a destruir al otro moralmente. Una guerra fratricida con la ayuda de las herramientas modernas de internet que permite no dar la cara y mantener las puertas bien cerradas.  El país concebido como botín y como posibilidad de adquirir el bien más deseado el “yo tenía razón”, con este talante de irrespeto y mal genio la solidaridad es precisamente el comensal no invitado.
Mientras se debaten no las ideas sino “el que tenía razón” va apareciendo otro país, silencioso, sencillo, conmovedor, los ciudadanos comunes que emprenden acciones de verdadera solidaridad. Aquellos que se unen a los movimientos de protestas porque entienden que es su derecho a manifestarse si están siendo vejados y asesinados sin compasión en las calles. Aquellos que organizan recolecciones para los que necesitan del apoyo material y espiritual. Aquellos que no están poniendo en juego “su sabiduría” sino que se arriesgan en su caminar al error y que con humildad pueden y tienen la libertad de rectificar. Los que eligieron cooperar más que sentarse a criticar y a argumentar por los que tienen la razón. La solidaridad que se manifiesta en una sabiduría sencilla, sin palabras altisonantes de difícil comprensión, lo que no necesitan de la erudición para hacerse un nombre público. Esos seres, no ignorantes en absoluto, pero que saben que llegó el momento de actuar más que de hablar, son los que están manteniendo la esperanza del país.  
La estructura de una sociedad está conformada por las interacciones sociales, de la riqueza emanada de los intercambios de ideas y prácticas creativas surge la cohesión y características que como sociedad nos define. Las expresiones culturales, teatro, cine, libros y todo el despliegue de reflexión y recreación que viene realizando este sector de nuestra sociedad constituyen una de nuestras mejores e indispensables muestras de solidaridad. Estas actividades nos abren un espacio de encuentro en el que es posible el goce de lo bello y la posibilidad del pensamiento. Los espacios culturales son indispensables para la conformación de seres éticos, reflexivos y cabalmente humanos. Espacios que permiten la buena formación del carácter. A pesar de la destrucción de las bases sociales formales, instituciones y leyes, permanece este otro cemento social indispensable para la cohesión e identificación  que como seres que habitamos un mismo territorio debemos tener.
Estas dos manifestaciones, las iniciativas de apoyo que surgen de la sociedad civil organizada y las expresiones culturales que no se doblegan, son las que nos permiten no ceder ante nuestro deseo a pesar de la dura realidad que nos agobia. Y son precisamente estas actividades las que están construyendo los fundamentos de una nueva sociedad que está por nacer. La arremetida contra las Universidades y su control a través del ahogo presupuestario y criterios de selección de sus estudiantes son las manifestaciones de que en el saber está el germen de la subversión, la fuerza más poderosa contra el sometimiento y las pretensiones de uniformar al ciudadano bajo imposiciones confesionales. La libertad de pensamiento y las expresiones emanadas de la sensibilidad nos hacen únicos y a la vez nos proporcionan una identidad común y nos proporcionan un lenguaje compartido con el cual se hace posible la comunicación. Como lo expresó Dilthey “Cada expresión de la vida representa un rasgo común en el reino de la mente objetiva. Cada palabra, cada oración, cada gesto, cada formula de cortesía, cada obra de arte y cada hecho histórico resulta inteligible porque la gente que se expresa a través de ellos y aquellos que los entienden tienen algo en común”.
Así que tenemos dos países en este momento. Aquel que se manifiesta a través de la pugna, la desvalorizar, el mal carácter y la frustración, el que invierte sus esfuerzos en figurar destruyendo al otro; y el otro país que no ha cesado en las muestras solidarias del reconocimiento al otro, que respeta las diferencias e invierte sus energías en la creatividad, estudio y pensamiento. Solo nos queda escoger en cual queremos estar para atravesar estos duros momentos de tempestad.

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