4 de marzo de 2015

El Dolor

Nada hay más notorio en las caras y gestos de las personas que transitamos por estas calles que el dolor. El ser testigos de matanzas de jóvenes en mano de los cuerpos policiales del estado ha movido en la intimidad de cada quien una profunda desazón, se han despertado sentimientos de indignación, rabia, desconcierto y sobre todo de desprecio absoluto hacia los responsables de implementar esta política de estado. Si, se trata de políticas de estado muy conocidas de regímenes totalitarios que justifican los medios para imponer unos fines que por más que tratemos de comprender en su despliegue discursivo vacío, no lo logramos. Es incomprensible tal estado de cosa, es incomprensible la maldad en su más pura y cruel expresión, nada justifica crímenes a muchachos indefensos, nada justifica sumergir a una población en el horror, nada justifica tener como representante del estado a un indigno que se expone en su más baja calidad humana al tratar de “justificar” tal barbaridad con la más pura y simplona argumentación de acusar a la víctima de actos peligrosos para su pseudo estabilidad en el poder. Sí, estamos pasando las horas más amargas y traidoras de nuestra historia, nos han partido en nuestra entereza moral, nos han propinado un golpe certero y que podría ser mortal si no estamos preparados para conocer los resultados de estas políticas en el alma de los ciudadanos. Así que veamos un poco cuales son los efectos colectivos que estos crímenes atroces producen y por lo tanto cuales son las finalidades que persiguen los tiranos.
El dolor nos hace muy vulnerables, nos entrega en manos de otros, que si son seres queridos pueden constituir abrazos reconfortantes y vitales, pero si caemos en manos de rufianes que quieren precisamente nuestra debilidad, simplemente perderemos la dignidad que nunca debe ser puesta en juego ni negociada bajo ningún pretexto. Perdemos al quedar indefensos y sin energías en primer lugar la dignidad de la acción, inermes seremos víctimas fáciles para que continúe el maltrato sin miramientos. En segundo lugar perdemos la dignidad del pensamiento, el dolor solo da cabida a pensamientos auto destructores, derrotistas y limitantes que no permiten un razonamiento adecuado a las circunstancias, el dolor no permite el contacto con otros sentimientos más movilizadores. Es por ello que la rabia muchas veces se impone para tapar el dolor, la rabia  moviliza y así sea un mecanismo de defensa, puede ser un vehículo para enfrentar la barbarie y rebelarse de los ávidos de intervenir en nuestra vida íntima y en nuestros bienes, entre ellos el más preciado, la vida. Así nos recuerda Fernando Savater “Quien sufre, con tal de que no aumente su dolor, con tal de que se alivie o se le remedie, no tiene derecho a pedir más. El dolor lo primero que quita es el derecho a elegir, nos convierte en rehenes tanto de nuestros auxiliares como de nuestros verdugos” Es por ello que una sociedad alegre es la que verdaderamente hace lazo social, porque la alegría es contagiosa, locuaz, invita a compartir ideas e intercambiar experiencias. Nos reúne en espacios públicos, nos hace vitales y entusiastas para emprender nuestros proyectos personales, nos hace en última instancia vivir a plenitud y pensar en las posibilidades de un futuro mejor. Pero ¿quién ha sido testigo de ciudadanos alegres en regímenes totalitarios? En estos sistemas pareciera que un manto gris se expandiera sobre las ciudades y eso aunado al deterioro estético que se va generando por la falta del trato y las formas bellas, todos terminamos viviendo en un lodo, empantanados, derrotados, acabados aunque así no lo hayamos escogido ni deseado. Debemos no cesar en nuestra búsqueda de recuperar la alegría por más fuertes que sean los golpes recibidos y más vale que sea rápido porque siempre somos vulnerables de poder recibir el golpe definitivo del cual ya no podremos levantarnos y marcará el punto de inflexión definitivo.

Hannah Arendt introdujo un pensamiento en la cultura occidental que no ha dejado de arrojar luces sobre este tan difícil fenómeno de la maldad; y quizás ha sido la que ha estado más cercana de facilitarnos una categoría de análisis interesante para poder comprender algo del horror generado por estos monstruos que se repiten en la historia de la humanidad. “La banalidad del mal” que no pocas controversias ha causado y no pocas páginas de análisis ha generado. Con la adjetivación de “banalidad” no quiso en ningún momento minimizar la importancia de los devastadores desastres que impone la tiranía, ni mucho menos disculpar a los responsables de estos criminales de la historia humana. Por el contrario, lo que quiso fue desmitificar la especialidad diabólica y la grandeza del crimen, porque el crimen es cometido por los seres más bajos de la escala humana, son “personas corrientes” carentes de compromisos sociales y de responsabilidades morales que se abstienen de contradecir las ordenes que no respetan los derechos humanos, sino que más bien se amparan en ellas mostrando una debilidad absoluta de carácter y carentes de una identidad con los semejantes. Cuando quedan a la orden de la justicia, como les sucedió a los nazis, muestran como argumento defensivo no haber tomado ninguna iniciativa, simplemente cumplieron órdenes. Es así como Arendt enfatiza que el crimen no esconde ninguna estética, más bien nos deja al descubierto y sin adornos ante lo más bajo y despreciable del  ser humano, nos deja sin palabras e incluso la muerte, que esta inscrita en toda vida humana, se asoma como lo más absurdo de nuestros fracasos. Porque sabemos que vamos a morir, pero la muerte de un niño asesinado por otro muchacho escondido en un uniforme oficial y que banalmente cree complacer a sus superiores apretando un gatillo, se nos transforma en un acto absurdo, monstruoso y sin sentido. Nos echa en cara nuestro gran fracaso.

Como Ortega y Gasset señalaba, nuestra verdadera amenaza es el desgarramiento de la textura moral que debe observar toda organización social; el amor a la vida y la seguridad para conservarla debe comportar nuestra firme decisión de eliminar toda perversidad de que es capaz el ser humano y que podemos apreciar en toda su crudeza en ciertos individuos que quieren imponer su voluntad infringiendo dolor a los demás. No se nos puede imponer como norma de vida  la destrucción y el irrespeto porque el permitirlo nos aleja de cualquier valor que hace a la vida digna de ser vivida. No se vive de cualquier manera, se vive en comunidad y en un acuerdo de tener que doblegar nuestros impulsos violentos en aras de construir sociedad como bien nos invitó Freud en su Malestar en la Cultura. No poder satisfacer nuestras necesidades primitivas de forma inmediata y desmedida causa malestar pero el permitirlo no nos hace posible el acuerdo civilizado con los otros. Desgarra el alma ver cómo se truncan unas vidas jóvenes en nombre de un ideal perverso, desgarra el alma ver cómo quedan seres queridos viviendo el peor de los infiernos porque unos verdaderos monstruos decidieron imponer su delirio sobre los demás. La verdadera locura proviene de haber perdido la capacidad de amar y sentir compasión por los seres indefensos y defenderse de esta vaciedad existencial creyéndose un ser especial destinado a salvar al mundo. No quiere el ser común normal ser salvado por nadie, quiere solo que se le respete para poder el mismo ser el salvador y el constructor de una vida a su manera.

De esta manera nuestros esfuerzos por sacar del camino a los destructores de sueños es válida y diríamos que obligatoria para que suene nuevamente las risas de los niños en los parques, para que nuestra juventud vuelva a reunirse en los espacios abiertos sin que se tilde de peligroso y sospechosas sus expresiones libertarias, para que los adultos puedan trabajar y gozar de los bienes adquiridos con sus esfuerzos, para que nuestros abuelos tengan la tranquilidad y confort necesarios bien merecidos al final de su larga jornada. En fin para poder vivir una vida digna de ser vivida. No dejemos entonces que el dolor nos deje a merced de los malvados.

2 comentarios:

  1. Si, Marina, tienes razón, el dolor, la rabia, la impotencia parecen dominar nuestro momento. Cobijarnos en el afecto que sentimos por los que amamos, reunirnos en la alegría de compartir cualquier cosa, hacer algo para agazajarlos, sorprendernos con una tarde espectacular, las gracias de las mascotas, el vuelo de los pájaros, esas cosas que también ocurren día a día, son los soportes en esta mala hora. pelear porque la derrota no nos gane. Sigue escribiendo

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    1. Si seguiré escribiendo y disfrutando de las pequeñas alegrías que nos quedan.

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