19 de febrero de 2019

La sabiduría de la ilusión

Anna Silivonchik


Nuestras expectativas crecen día a día. La ilusión de un futuro fuera del horror, en el que hemos permanecido tan largo tiempo, crece. Es natural, inevitable y deseable que nuestro pensamiento divague en el regocijo de un futuro promisorio, con los baches producidos por las dudas y el temor de no alcanzarlo. Han sido muchas las desilusiones sufridas y no es poco lo que tenemos en juego. Se trata del rescate de la propia vida, de poder poner fin a lo que podemos calificar como una vida sin sentido. Paralizados por faltas de alternativas, por las agresiones constantes padecidas; únicamente batallando por la sobrevivencia y por evitar desgracias peores e irreversibles. Muchos han caído asesinados por un régimen genocida y hamponil. Lloramos a nuestros muertos y las heridas están sangrando todavía; pasarán muchos años para podernos despedir con serenidad de este triste capítulo de nuestra historia. Si, nos adelantamos a los acontecimientos porque estamos vivos, porque pensamos.

Ya no albergamos la ilusión como engaño, ahora estamos más precavidos. Tenemos muchas ilusiones como una esperanza viva, como expectativa favorable en relación al porvenir. Este talante vivo se mezcla con nuestros deseos y como buenos parlanchines que somos no tardamos en manifestarlos y allí sí comenzamos el patinaje sobre hielo con sus consabidas resbaladas. Hay de todo en la viña del señor. Los que quieren venganza, los que quieren invasión, los que quieren continuar “dialogando”, los que solo esperan que esto se precipite y comenzar una inolvidable celebración. Y aunque Ud. no lo crea hay hasta quienes quieren ser presidentes de una Nación desbastada. No hemos cruzado la línea pero ya tenemos candidatos. Por ese lado Venezuela puede estar tranquila nunca nos faltará las contiendas electorales y las ambiciones aunque estas sean delirantes. Total, la cordura se encuentra en sala de emergencia.

Dejemos eso de lado y continuemos soñando. Ya casi es difícil imaginarse un país en el que no se vaya la luz, en el cual salga el agua por los grifos, automercados abastecidos y poder adquisitivo. Ya sé que así vivíamos pero es que el paisaje está quedando un tanto desdibujado. Quiero imaginarme salir a la calle sin miedo y que los puntos de venta funcionen porque hay un sistema operativo. Quiero imaginarme un servicio de internet que no me provoque arrancarme los cabellos, quiero imaginar que no hay censura y que puedo ver y escuchar los programas de mi preferencia. Quiero imaginar a los niños jugando nuevamente en los parques y los ancianos cuidados y protegidos por sus hijos. Quiero imaginarme que los muchachos regresan con entusiasmo a reconstruir su país. Quiero poder ir al teatro, conferencias, conciertos, recitales. Un movimiento cultural que vuelva conectarnos con lo bello y la alegría. Porque si de sentido se trata, nada tiene más sentido. Una población que ame el conocimiento y las Universidades que lo propicien.

Cuando te han arrebatado todo y vez la posibilidad de recuperarlo nos tornamos exigentes, principalmente con uno mismo. Para volver a hacer de las ilusiones una realidad hay que fajarse, ¡a trabajar se ha dicho! Al contrario del prejuicio mantenido creo que somos “echaos pa’ lante” pero también es justo exigir quererle “ver el queso a la tostada”. Eso de trabajar sin descanso y no poderse tomar ni un café en la calle, por decir lo menos, es muy frustrante. Así que queremos trabajar pero con las consecuencias de una vida buena como mandaron los Griegos. Como exige la ética. Por lo tanto quiero volver a los restaurantes después de un largo día cumpliendo obligaciones. Claro que podremos si los deseos desmedidos y las dudas razonables nos dejan. Podríamos incluso disfrutar de estos días previos encaminados a un gran final sino fuera por ese gusanillo, inevitablemente presente, de tener que atravesar por mas y peores violencias. Quiero creer que no, tengo la ilusión de que no será un final cruento.

Toda creación cultural es una ilusión, ya lo señalaba Freud poniendo a la religión como la principal ilusión que aminora la terrible realidad de la muerte. Por supuesto el no creyente se le hace más difícil saber que su futuro acaba en la tumba. Pero no  por esa certeza se vive con menor alegría porque la existencia se afianza en fuertes deseos de querer vivir bien y no por una recompensa final. Es la interrogante que Kant se formuló en relación a Spinoza, la cual Savater responde “No se conduce éticamente a fin de conseguir algún premio o retribución, sino que se llama ética al modo de obrar que le recompensa en su propia actividad haciéndole saberse más razonablemente humano y libre. Se vive para alcanzar la plenitud de la vida”. Siempre he pensado que estos seres enfermos de poder en realidad lo que viven es un terror ante la muerte. Exhiben conductas desesperadas ante la idea aterradora de la proximidad de un fin. Que no necesariamente es la muerte, aunque a veces sucede, sino a ese fin de no disponer del botín que calme su insaciable voracidad por acumular. El que le teme a la nada lo quiere todo.

Sabiduría de la ilusión, denomina Rafael Argullol, la que acompaña una  existencia al servicio del y por el ser que construye narrativas. La búsqueda del progreso y la inventiva productos de la ilusión humana y su prodigiosa imaginación. Soñamos y albergamos ilusiones porque no estamos muertos y amamos la vida.

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