14 de agosto de 2018

Un hombre enigmático (Cuento 2/3)


Que recordara era la primera vez que alguien estando con ella se esfumaba antes. Entonces se percató de que había quedado sola, se paró y se fue, sigilosamente, caminando y sin apuros a su acostumbrado refugio. Llevaba con ella una sensación distinta, había quedado con más interrogantes, pero no sobre ella sino sobre este peculiar hombre que se había tropezado con sus silencios. Era una incógnita, pero una agradable. Tenía el don de lo desconocido que invitaba a conocer. Que recuerde en ningún momento se detuvo desconcertado ante sus ausencias, como si le fueran familiares, hasta naturales. Cuando ella quedaba en éxtasis y se retiraba con sus pensamientos, él simplemente volteaba a otra parte y se refugiaba en la música que lo envolvía. El jazz que lo hacía conectarse con la improvisación, la innovación, el movimiento y la nota inesperada. No era un hombre para proyectos comunes ni para frases trilladas, ni coqueteos repetidos. No le importaba para nada impresionar con palabrerías y mucho menos para galantear a la usanza de un caballero trovador. No era repetido.

Pero despertó en ella la pasión por dejarse estar en compañía. Rosa tampoco se estaba convirtiendo en la dama que seduce y espera, venia de allí y no regresaría. No le interesaba en absoluto, por lo menos no en ese momento un tropezón con final feliz y cuentos de hadas, de solo pensarlo se hundía en profundas sensaciones de tedio. Quería más bien descubrir cómo era esa atmosfera particular que se respiraba en su cercanía. Tenía el don de transportar, por lo menos a ella. Comenzó a recordar las fantasías que la saltaron estando en su presencia. Todas referidas a viajes, a paisajes lejanos, a vientos vaporosos y cálidos, a tiempos que variaban entre la lentitud y el torbellino. Un mar con fuerte oleaje que se transformaba repentinamente en un mar tranquilo con el tono plateado del atardecer. ¿Era él que movía su imaginación, el jazz o toda esa combinación de placeres serenos pero no adormecidos? Era nuevo todo esto y para bien o para mal no lo dejaría pasar con ligereza.

Durmió tranquila sin hacerse planes ni plantearse catástrofes. Como si no esperara nada pero sumergida en nuevas sensaciones muy agradables. Se despertó a la mañana siguiente y después de mucho tiempo se le antojó un desayuno apetitoso y en compañía. Corrió a la panadería cercana a su casa, se sentó en una mesa y Joao se le acercó con cara picarona.
-Aja está distinta. Hoy no nos acompaña esa flaca “torbellino” que pasa como una gacela siempre apurada. Bienvenida.
-Ay Joao, quiero un buen desayuno, ya sabes lo  que me gusta.

Se volteó y comenzó a hablar con la gente habitué del local que tanto había visto. Se fue a su trabajo que comenzó a parecerle interesante y la absorbió todo el día. Apenas sintió que se acercaba el final de la tarde corrió al mismo sitio que la había embrujado la noche anterior. En realidad no buscaba a Luis, buscaba ese nuevo contacto con ella misma o al menos eso era lo que creía.

Los días transcurrieron sin volverlo a ver y ella sentía que esa nueva llama se iba extinguiendo, no sin un dejo de nostalgia comenzó todo el acomodo de una despedida, pero eso si aún más huraña porque le era insoportable esos encuentros a papel carbón. Sin embargo siempre al final de la tarde se dejaba arrastrar por lo que era una fuerza irresistible y allí aterrizaba en el mismo lugar y con la misma bebida. Repitiendo, una y otra vez, las ensoñaciones y los rechazos a los moscarrones que comenzaban a revoletear alrededor. Pero algo se movía imperceptiblemente en su interior, comenzó a dejarse tomar por la música del local, siempre un jazz con saxofón que magistralmente tocaba su ejecutor. No lo había oído nunca como lo comenzó a oír ahora, el local y la gente desaparecían y solo quedaba ella y ese sonido celestial que la transportaba a lugares exóticos y elegantes en un lejano mundo de fantasías. ¿Esto será lo que sienten los místicos? No, es el contacto sensual contigo misma, el éxtasis de los sentidos. Le respondió una voz conocida y esperada que le hizo pegar un brinco.

-No digas nada todavía, no hace falta. Continuemos oyendo la música que allí nos entenderemos. Uno para la señorita y otro para mí, por favor. Se paró a su lado y solo interrumpió cuando se iba, 

haciendo una invitación un tanto extraña.
-Este fin de semana voy a un geriátrico y me gustaría me acompañaras. Antes nos reunimos y te explico de qué se trata.

No esperó respuesta pero se fue con un lugar de contacto.








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