15 de agosto de 2017

Solo la voz de Elena (Cuento 3-4)




Al sumergirme en esta lucha no tenía la menor idea como me iría transformando y lo perdida que me vería. Si mi tendencia últimamente era la de hablar cada vez menos, ahora podría afirmar que me tomó prácticamente un mutismo. Todo transcurría a una velocidad que no podía ser acompañado por el pensamiento, solo en muy pocos momentos podía sentarme en una acera, en un pretil o en plena calle a observar asombrada lo que a mi alrededor estallaba como un sinsentido enloquecedor. Pensé con mis rudimentarias reflexiones que no tenía alternativa, tenía que permanecer en mi búsqueda sin saber muy bien qué buscaba, ni a donde me dirigía. Supongo que encontraré algún día el sosiego necesario para entender y poder dar significado a lo que hoy me era imposible. Como dejé de hablar se me ocurrió tomar una libretica, un lápiz y de vez en cuando escribir algunos garabatos que se convertirían en mis coordenadas para una futura comprensión. Así que aquello de entender quedó para después, tenía que atender a lo práctico que se redujo a no perder de vista a mis amigos y mi propia defensa, quería seguir con vida.

Éramos un grupo de diez, que habíamos asumido el compromiso de cuidarnos y de estar atentos a cada uno de nosotros. Si corríamos hacia adelante lo hacíamos todos, si teníamos que retroceder también lo acordábamos entre todos. Solo miradas y pequeñas señales nos conectaban y la acción era inmediata. Debo confesar que la más distraída era yo y más de una vez causé problemas, como consecuencia fui fuertemente reprimida. No estaba en juego solo mi seguridad sino la de nueve personas más, con vergüenza lo reconocía. Pero es que me encontraba siempre a la búsqueda de algo y mirando cada detalle que me tomaba. Un perrito asustado y pidiendo protección, la gente que seguía hurgando en la basura, una persona mayor frente a una tanqueta, un niño disfrazado de guerrero con sus ojos asustados y su carita sucia, los muchachos más arriesgados y atrevidos. Los que habían perdido el miedo, la rabia que hervía sin control al ver de frente la maldad.

Si no hubiera vivido esta experiencia nunca habría entendido tanta maldad, tanta gente como mecanismos trituradores de la vida, del futuro y de la libertad. Hoy estoy segura que no son seres humanos, no se les puede interrogar con una mirada, no se les puede pedir argumentos. No sé si se transforman cuando se quitan ese horrible y pesado disfraz, no lo sé en qué momentos ni cómo se pueden despojar de su humanidad, cual es el componente que sus almas pierden al despertar, siempre quedarán preguntas a la que no podré dar una respuesta satisfactoria para mí. Lo que ya no puedo nunca negarme es que la maldad existe y puede estar muy cercana porque lo vi, lo viví, me transformó con un dolor lacerante. Quizás inocencia que se van perdiendo en la vida, pero confieso hay algunas que me hubieran gustado conservar. Nunca se pierde del todo la inocencia, siempre habrá algo que siga sorprendiendo y tomándolo a uno por asalto. Todo lo vi, los abusos, las arremetidas sin piedad, los caídos, nuestros muchachos asesinados, pero también la ternura, solidaridad y el buen trato entre nosotros se hizo cada vez más presente. El abrazo oportuno y cálido, sin el cual hoy solo seriamos recuerdos y despojos.

Los acontecimientos eran mucho más rápidos que las palabras, ya lo dije pero tengo que repetírmelo para sumergirme en ese vértigo nuevamente. Teníamos nuestros ratos de esparcimientos, si no sería imposible. Nos reuníamos en una casa y compartíamos algunas bebidas y música, pero bajo un silencio extraño. Era como si cada uno estuviéramos ensimismados en nuestros pensamientos, tratando de asimilar y doblegar un poco el horror, éramos incapaces, por pudor, de contaminar a los otros con nuestras propias angustias. Un respeto por las oscuridades de cada quien. Pero allí estábamos, todos juntos y nos acompañábamos, nos reconocíamos. Las miradas se hicieron clave, en ella veíamos el miedo y las esperanzas en una extraña y sólida combinación. Yo pensaba en pequeños detalles que había recogido mi mirada inquieta, pensaba en la cara de la muerte que me perseguía. En los distintos sonidos en los que nos habíamos vuelto expertos, un disparo, una bomba lacrimógena, perdigones. Pero el sonido de ese día fue nuevo, mucho más estruendoso de los que conocía y una ráfaga de luz que nos estremeció.

En efecto, cuando me desperté estaba en una clínica. Toda golpeada y sin ningún recuerdo, me contaron que con la onda expansiva salí expulsada por los aires y me indicaron que permanecería en observación por un día. Todo me dolía, pero agradecía un tiempo de descanso y poder dormir con sedantes, tenía tiempo sin un sueño reparador. Cuando me estaba quedando dormida en ese estado de duermevela tuve una ráfaga de memoria que me estaba reclamando atención. Vi a Rodrigo, a lo lejos, cuando levanté la cara del asfalto. Solo entonces sonreí.

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