11 de octubre de 2016

Cuando el dolor aun no es recuerdo




Es cierto que en tiempos difíciles surge en cada uno de nosotros lo peor o lo mejor, todo depende hacia donde estén orientadas nuestras inclinaciones. Podemos convertirnos en seres monstruosos o desplegar las mejores expresiones de altruismo y generosidad. Podemos amargarnos y lamentarnos, podemos buscar entre los escombros una sonrisa y una amabilidad. Podemos compartir haciendo surgir la alegría que aun conservamos o encerrarnos en nuestras cavilaciones.  Podemos impostar pertenecer a una clase iluminada por encima del promedio creyendo que poseemos la llave de la comprensión y de la interpretación, podemos ser arrogantes o podemos permanecer en el asombro y la interrogación. Pero nadie se salva de poseer las emociones más a flor de piel. El equilibrio se rompe y se vive “en carne viva”, de a toque, con un pesar a cuesta porque el dolor aun no es recuerdo.

Hacer del ser humano un gabinete de comparticiones, solo es adecuado para el estudio particular de cada fenómeno que nos define, pero para la comprensión cabal de un proceso social es errado andar haciendo disecciones. Toda acción humana está acompañada, impulsada y decidida por una emoción; la razón nos sirve para calcular la acción, para saber si conviene o no y también para saber si es permitida en el contexto en el que actuamos. No somos nunca pura razón, y podemos ser pura emoción en momentos límites en los cuales es aconsejable no actuar, no tomar decisiones si se pueden postergar. Pero pedir o esperar un comportamiento racional puro de alguien que está sumergido en un dolor desgarrador solo puede obedecer a una postura arrogante del que se sentó en el trono de la “intelectualidad”. Si la mayoría se inclina por pedir justicia y sanción a los que hicieron del crimen su oficio, dicha decisión  revela  una actitud emocional y civilizatoriamente adecuada. 

¿No fue eso lo que acordamos cuando inventamos una vida en sociedad? Respeta a los otros y serás respetado, no respetas entonces serás sancionado. Pero no, cuando los resultados de una consulta no son los esperados por los “intelectuales” se hace fácil y rápida la censura y la calificación “Es preferible el salto al vacío que el aburrimiento de la sensatez” (Héctor Abad Faciolince)

Lo que pasa es que esos muertos aun no son olvidos, lo que pasa es que son muchos años de vivir aterrados por los que les gusta comunicarse con el horror. Los descuartizados, las exhibiciones de cadáveres colgando de puentes, los decapitados, los niños torturados y muertos cruelmente o por inasistencia, los ancianos abandonados y perdidos son la escritura, la vía de comunicación del terrorista, del crimen organizado y de los narcotraficantes que con ello imponen el miedo y la obediencia. Sometida queda una población que se convierte en tierra de nadie, pero es a esa población a la que se le pide, en nombre de la “razón” que sea sensata y perdone. A la que se le promete una paz a costa de su sacrificio, de esconder su rabia y su dolor, el tramitarla frente a un espejo ideológico de un mundo mejor en santidad.  Sean razonables y otorguen a los asesinos los altares que solicitan o exigen porque si no seguirán haciendo lo que saben hacer, torturar y matar. Se ignora la patología en estos razonamientos, se divide  al ser sufriente, se les insulta por ser humanos y  por alzar su voz y recordar que el dolor está allí vivito y coleando.

Muchos hombres se sienten orgullosos de su libertad de pensamiento y elección sin darse cuenta que son movidos por fuerzas oscuras. Racionalizan a fin de hacerse la ilusión de ser totalmente racionales, está bien dejémoslos tranquilos, al fin y al cabo es una forma de habérselas con el drama de la vida. Lo que se hace intolerante es el insulto a aquellos que han decidido ser más mundanos y exigir justicia. No es la primera vez ni será la última que los “intelectuales” se equivoquen y de manera imperdonable, siempre quedará la memoria colectiva que de vez en cuando pasa factura. Eso del perdón impuesto proviene de ideologías que prometen una pacificación interna o una mejor vida en el más allá. No olvidemos que en nombre de las ideologías es que se comenten las aberraciones más salvajes, entre ellas, desconocer lo humanos que somos. Despojarnos de las emociones o degradarlas es quitarnos el motor de la existencia. Quiéranlo o no el ser humano es emoción y razón, aunque tengamos emociones racionales e irracionales, también tenemos razones muy irracionales y a veces lo que se califica como sensato es totalmente insensible.

Sensato es no contagiarse con el delincuente y querer para el salvaje un final salvaje, pero hay que ser firmes “sabiendo que lo que estamos defendiendo no se puede sacrificar en el camino” (Savater). Reducir la complejidad del ser humano no lleva sino a perdernos en la selva de las ideas, tentación para aquel que no se ensucia los zapatos y no se mezcla con las pasiones humanas; somos un mundo de contradicciones y de marañas afectivas, aceptémoslo. Pero desconocer, en el momento preciso, al que tiene vivo su dolor es un precio que hay que pagar y muchas veces es muy caro. Hay dolores que se amortiguan con el tiempo, hay otros que no se amortiguan nunca y con ellos hay que aprender a vivir. El olvido solo es en relación a la fuerza del dolor pero no olvidamos el hecho que lo ocasionó a menos que suframos una demencia. El dolor al igual que el amor son dos fuerzas que nos empujan a buscar y a evitar. Cuando estas fuerzas emocionales no son recuerdos sino que están muy vivas no es razonable la exigencia de mucha sensatez.

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