3 de mayo de 2016


Una película chilena que relata la campaña que se realizó en 1988 con motivo de un plebiscito convocado por Augusto Pinochet. Este militar dictador que estuvo en el poder quince largos años sometió a la población a un régimen tiránico donde se observaron atroces atropellos a los Derechos Humanos. Miles de desaparecidos y una población muy valiosa que tuvo que irse al exilio huyendo de persecuciones y masacres. Dividió a los chilenos y hundió a su patria en la historia más lúgubre del oscurantismo de América Latina. Cedió a convocar a una consulta popular el 5 de Octubre de 1988 por las presiones internacionales, teniendo la seguridad que ganaría la consulta por el apoyo militar y por el control de las instituciones. Pues bien lo perdió y tuvo que dejar el poder para que Chile comenzara su construcción democrática.


Después de quince años de una censura férrea la televisión se vio obligada a ceder un espacio de quince minutos diarios para la campaña del NO y la oportunidad para difundir un mensaje. Tarea nada fácil y una oportunidad única para abrir un futuro de libertad por tantos años conculcados. La película de Pablo Larraín, que no fue premiada como mejor película extranjera, muestra no solo la importancia de la publicidad para mover a los sujetos y lograr que un objeto le sea deseable, sino la habilidad del publicista para reconocer qué es lo que necesitaba la ciudadanía chilena.  Un joven publicista, René Saavedra, que residía en el extranjero es traído a Chile junto con su socio Luis Guzmán (Alfredo Castro) para marcar las pautas del mensaje. Con una conmovedora interpretación de Gael García Bernal la película logra sumergirnos en el dolor de un país y su entusiasmo por revertir su destino.

Un joven con una mirada triste y recién separado de su esposa a quien ama, con la frescura de una juventud plena y con las ganas de soñar y jugar como un niño, se impone a diecisiete partidos políticos para vender la idea de la alegría y la esperanza. Con el lema “Chile, la alegría ya viene” se le enfrenta a Pinochet. Saavedra se opone enérgicamente a seguir utilizando mensajes de odio, a manipular con el dolor de lo sucedido, a presentarse como héroes en una escena épica, deja eso para la campaña del Si como en realidad fue enfocada. Uno ve el contraste de señales y queda realmente impresionado con el poder de la imagen y los sentimientos que inmediatamente despiertan. El NO rodeado de canciones alegres, bailes, campos hermosos, del despliegue de la vida, del goce particular de cada sujeto, inmediatamente conectan con los símbolos de la libertad y el bienestar. Esquiva la dolorosa realidad de la dictadura para abrir un escenario de creatividad y movimiento. Un plebiscito que se convirtió en un referendo que dio término a la corrupción y la violencia. El éxito de la campaña fue el contraste de cómo se debe concebir la vida, lo estancado del dolor a la creatividad vital de las individualidades en libertad; del terror sembrado en una sociedad a la pérdida del miedo.

Como las verdades generalmente son reveladas por los poetas Mario Benedetti le canta bellamente al valor no renunciable de la alegría “Defender la alegría como una trinchera/defenderla del escándalo y la rutina/de la miseria y los miserables/de las ausencias transitorias y de las definitivas”. Fue el No con que se inaugura el lenguaje, el No que posibilita la subjetividad, el No que funda la civilización.  El No a las contradicciones y la mentira, el No a la muerte en vida, el No del rebelde que no se deja arrebatar lo suyo, el NO que devolvió la libertad a Chile. La alegría que se siente cuando se realiza un acto voluntario y libre para decirle un No al atropello y al abuso, nos devuelve en lo inmediato la fuerza indetenible de los lazos que nos une. El dolor no hace lazo social es muy íntimo y nos repliega a nuestras intimidades; la alegría es una explosión de rasgos que se comparten, la necesitamos y la sentimos en los momentos que se requiere un movimiento colectivo. Acabamos de firmar la petición de un revocatorio, se levanta nuevamente la alegría de la posibilidad. Hacemos lazo social, la expansión de la vida.

La alegría tiene que ver con la ética, lo sabemos desde que la filosofía se fundó. Los griegos llamaron como deber ético al vivir bien, el vivir en la tristeza es precisamente el abandono del deseo, una cobardía moral. A Spinoza lo silenciaron cuando revivió el ingreso del mundo a una ética de la alegría por su carácter altamente subversivo. No se trata de la venta populista de una felicidad, se trata de una afirmación particular por la vida. Y esta es la alegría que se desborda en pequeños actos simbólicos con la reafirmación de nuestra voluntad. Nadie tiene derecho a quitárnosla porque reside en nuestras propias entrañas. Fernando Savater la describe como “un jubilo vital, albricias por durar sin perecer, felicidad, agradecimiento por estar todavía en el mundo, sintiendo miedo y carencias, esforzándose, conociendo la eminencia irrevocable de lo fatal. Es de hecho una nueva afirmación del humanismo, pero de un humanismo impenitente”. Necesitamos imaginación, sin duda, entonces capacitemos esa facultad. La creatividad del vendedor de deseos aplicado a los valores éticos sin los cuales nos atropellaría una realidad que solo sentencia al mundo.

Nos llegó el momento de nuestro NO, vamos con todas las ganas, sorteemos las enormes dificultades. Tenemos la certeza de estar pensando y actuando con la alegría que las circunstancias demandan. No callemos, elevemos nuestra voz con un contundente y certero NO.

No hay comentarios:

Publicar un comentario