10 de septiembre de 2019

Distintos gustos y sensibilidades

Eduardo Arroyo


¿Cuándo hay silencio de qué habla la gente? Bueno, por lo que veo, de lo que más le agobia en el momento con un desconocimiento absoluto del oído en el cual depositan sus palabras como metralletas. Así que en estos días en los que no pasa nada importante, la gente repite, hasta agobiar, el precio de los alimentos y las ofertas que terminan siendo engaños para incautos desesperados. Todos los canales de comunicación se encuentran abarrotados de fotos de apetitosos platos y precios de los diferentes productos en los automercados. Atrás las respuestas exclamativas que expresan el asombro. Asombro que no es tal, en ese aspecto ya nada asombra. Es como un extracto de una película que se repite sin cesar. Pero en estos días estuve a punto de terminar de romper la frágil línea de la sensatez y definitivamente enloquecer con la invasión sin control del precio del dólar.

¿A quien le puede interesar saber, cada media hora, en cuanto se cotiza el dólar? Supongo a las personas que trabajan en el comercio o en Bolsas de valores, y ellos tendrán sus informaciones constantes organizadas, no estarán esperando que el tío se lo esté mandando por WhatsApp. Pero díganme con sinceridad ¿en un chat de condominio este método enloquecedor es necesario? No creen que sea suficiente con una realidad agobiante, con ir al automercado que no podemos evitar y llegar aterrados. No, no nos cuidamos, no tenemos en cuenta los límites del otro, sus propias inquietudes, sus tristezas, sus agobios, se invade con arrogancia los espacios que deben ser respetados. Es como negar la presencia del otro, de ese ser que conozco y por lo tanto individualizo y ante el que me detengo a contemplar su particularidad. No, es justo tratar a todos por igual y en realidad no tratar a nadie sino a una masa informe irreconocible. A esta falta de tacto ha contribuido el lenguaje que utilizamos: “pueblo”, “vecinos”, desconociendo los nombres del que pasa todos los días por enfrente de la puerta.

Vivir significa vivir con otros nos dice Zygmunt Bauman y resalta la importancia de los amigos porque ellos nos conocen y nos comprenden. Su ayuda silente y sin interrogatorios innecesarios son esenciales en esta precariedad es la que es tan fácil caer o tropezar. El conocer a otro implica saber de sus gustos, sus intereses, sus límites y cuidarlos. No esto que presencio, todos tratados por igual y a los porrazos. Así mismo despreciados, como no se conocen se desprecian también en conjunto. “Todos son unos vendidos”, “nadie hace nada” expresiones que cuando las oigo me provocan un hueco en el estómago por lo injusto que resultan. La cantidad de redes solidarias que se han organizado en nuestra sociedad son importantes y están ayudando diariamente a miles de personas y mascotas. Son fundamentales y debemos a esas personas reconocimiento y gratitud.

El espacio social que habitamos no nos es dado de forma natural, es conquistado. Es producto de una construcción intelectual en el que circula un conocimiento del entorno, experiencias comunes de intereses, gusto, sensibilidad y responsabilidad por el otro según nos ilustra E. Levinas. Propio de la adquisición del lenguaje y el de haber trascendido el estado natural salvaje. Convencida estoy, por las muestras que recojo en mi limitado espacio, que estamos transitando una situación que oscila entre estos dos mundos posibles y con mucha facilidad nos deslizamos y nos manifestamos como salvajes, haciendo más daño aun a quien ya está dañado. Todorov enfatizó que el ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, sino “ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tenga rostros y hábitos distintos”.

Comienza a producirse un fenómeno un tanto extraño, que es el sentirse no identificado con tanta precariedad emocional y estética. Eso también ha producido aislamiento porque para andar molesto con los tractores de jardines es mejor una buena serie en Netflix. Quizás sean también estos los resultados de una sociedad que se disuelve y comienzan a aparecer los rasgos de la nueva. Y esa que se asoma, tremendamente individualista, despreciativa, y sin arraigos culturales identitarios, no me calza bien en la piel. No cambio este concepto de libertad por seguridad. No cambio el desapego y la distancia con el otro por una caja CLAP. Me gusta la ópera pero también vibro con los tambores en la costa.  Me gusta leer pero disfruto al máximo una buena conversación y una copa de vino. Así que disfruto con los otros muy distintos gustos y sensibilidades, espacios donde somos reconocidos.

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