18 de julio de 2017

La alegría de elegir




Cuando se trata de elegir los seres humanos se enfrentan con su mayor responsabilidad. Elegir es un acto en el que nos encontramos con nuestra realidad más humana, más difícil, angustiante y acuciante, la vida del ser hablante. A veces, nos pone la vida en encrucijadas muy difíciles y la solución solo depende de una buena decisión. No siempre tenemos la potestad de hacer buenas elecciones porque las circunstancias nos constriñen a alternativas reducidas. A veces simplemente, aunque el malestar nos consuma, no podemos tomar decisiones y es en esas circunstancias donde podemos morir porque se nos muere el deseo. Se para el reloj de nuestro devenir. Ya no somos libres para escoger nuestro destino, para decir quien queremos ser y cuáles serán nuestras circunstancias en las cuales desplegaremos el camino a recorrer. Hay decisiones impostergables para romper cadenas. Hay decisiones que hay que tomar irremediablemente si no queremos quedar reducidos a objetos en manos de sujetos o circunstancias mortales. El poeta francés Verlaine, pudo decir: “La vida simple y tranquila es obra de la elección (…)”. El que no decide no vive, su lenguaje se reduce a la repetición quejumbrosa y al extrañamiento de la responsabilidad.

No caigamos en un voluntarismo, no todo se puede, hay limitaciones. Bien porque los otros no te dejan o bien porque no se tiene la valentía de limitar un goce propio. Pero tampoco podemos sentarnos en la imposibilidad de la sobredeterminación absoluta, en la inmovilidad. Como seres hablantes tenemos la capacidad de elegir, de reconocer nuestros gustos, de marcar las pautas de nuestro devenir, de reconocer las trazas elegibles en relación a las novedades que las experiencias traen consigo. Podemos ser creativos y este es el arte de un buen vivir. Cuando las circunstancias se reducen abrimos un boquete inspirador por el que se cuelan las luces de la posibilidad y de la liberación. Solo nos afirmamos en las elecciones propias, en la voluntad de conseguir las salidas decisivas, de haber logrado lo que a otros les parecía imposible, de haber encontrado la brecha apropiada para comenzar con paso firme a reconocernos en los contornos que comienzan a trazarse. Si la felicidad es tan difícil de describir y amarrar en conceptos definitivos, cuando tropezamos con nuestras certezas decisivas la sentimos como una ráfaga arrebatadora.

Como sujetos y como país estamos vivos; somos sujetos del impacto que produce lo simbólico sobre lo real y por ello estamos eligiendo. No lo podríamos hacer si no es porque nos apropiamos de un lenguaje. No el empobrecido y embrutecedor que nos quisieron imponer, sino el que nosotros mismos decidimos hablar, con nuestro léxico, con nuestro tono, con nuestras metáforas, con nuestro ritmo. Fuimos poco a poco llegando a lo que queríamos sin titubeos, con incertidumbres pero con firmeza. Nos encontramos en lo que sabemos, en lo que entendemos y lo que nuestro raciocinio nos determina. Acudimos a un plebiscito y pudimos manifestar nuestra voluntad, marcamos nuestro destino, elegimos. Ya no se trata de una elección privada, sino la que como país escogimos, la alegría fue compartida. Sin muchas palabras y con un máximo de reconocimiento volvimos a reencontrar al país que conocíamos, al que estamos decididos a rescatar. Lo logramos y la alegría se entronó nuevamente en nuestros hogares. Es el comienzo del final de una dictadura que debemos guardar como la peor atrocidad en la que caímos. Ahora es nuestra propia aventura y nuestra propia identidad la que se comienza a perfilar. La libertad ya no es un sueño es nuestro ejercicio diario y con disciplina.

No nos redujeron a esa vida precaria, no tragamos el anzuelo de esos enunciados repetidos y sin contenido, no hubo propaganda que nos redujera las ganas de vivir, no pudieron llevarnos a la barbarie y a un estado de nulidad. Ahora quedaron ellos solos sin país. Quedaron perseguidos por sus actos criminales, reducidos a la inhumanidad que es peor que la naturaleza de los animales salvajes. Ellos no pueden ya escoger, quedaron reducidos a una vida miserable, sin inteligencia y sin afectos. Una vida precaria aunque hayan engordado sus arcas y sus cuerpos con el dinero de todos. Se despojaron de los símbolos y lo real los devora. Se creyeron dueños y se descubren devorados por sus propios fantasmas que los persiguen. Ese es el infierno y esa nuestra justicia. Nos falta terminar de despojarlos pero el paso decisivo lo dimos con firmeza, con la alegría de elegir, con la certeza de la posibilidad y de la libertad. Los actos se precipitan pero ya estamos ligados a un discurso civilizado, poético, lleno de entusiasmo. Encontramos nuevamente nuestro rostro, encontramos nuevamente al país en las colas del sufragio, encontramos nuestro espacio común anhelado. Nos desligamos de algo y necesariamente quedamos ligados a otro algo (Heidegger). Falta un tramo que traspasar, pero quedaremos…

Quedaremos ligados a la reconstrucción. A la tarea ardua de volver a armar lo que hoy ya son escombros. Volver a armar la Republica, las instituciones, el respeto al ciudadano, los servicios públicos, la seguridad y el respeto por la vida. Volver a armar nuestras vidas privadas, nuestros movimientos, nuestros trabajos, los esparcimientos, los afectos, los rituales privados. Volver a armar la armonía, la tranquilidad, el buen trato, la cortesía, el respeto. Recuperar esa sensación perdida,  la alegría de elegir desde una simple pasta de diente hasta nuestra forma de vivir. Tenemos el ímpetu, las ganas, el domingo lo demostramos y allí nos encontramos.

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