8 de septiembre de 2015

El Despojo

Desde Freud sabemos que el sujeto depende de su historia y de su inserción en el medio en el que creció. Esa cosa, el mundo que nos acogió, que estaba antes de nosotros y que Descartes denominó la res-extensa, conformó lo que somos y como operamos en nuestra vida. Ese océano enorme en el que nadamos con inseguridades pero a la vez con la brújula que nos orienta en lo familiar, en los códigos conocidos, en el leguaje con el que nos tratamos de explicar y entender a los otros, nos permite permanecer más o menos plácidos y flotando. A pesar de sabernos diferentes en nuestras especificidades, miramos a nuestro entorno sin recelo, sin miedo porque nos es conocido. Se trata de la constelación de identificaciones que fuimos haciendo en la medida que crecimos y comenzamos a darnos tropezones  en el camino. No pocas veces en la vida se nos rompe este camisón constitutivo y surge una parte violenta, por su carga emotiva sin freno, a la que no hubiésemos tenido acceso sino fuera por su aparición abrupta en esos episodios que nos dio por denominar “crisis”.
 
¿Qué hacemos en esos momentos? En primer lugar nos desconcertamos, nos invade un gran malestar y en muchas ocasiones recurrimos a un especialista, junto con el cual, emprendemos un camino de elaboración para encontrar el lugar particular desde el cual vamos a seguir dialogando con nuestro entorno. Camino doloroso, difícil y apasionante porque requiere sumergirnos en nuestros mares revueltos. Pero allí pataleando para no ahogarnos, contamos con nuestros recursos, con las propias cicatrices producidas en nuestra historia y contamos con otra mano confiable que nos ayudará para que la marea no nos arrastre. Permanecemos, de esta manera, en un entorno amigable en el cual nos volvemos a construir. Pero ¿qué realmente nos pasa si la turbulencia desatada no depende de nuestras ganas de apaciguarlas? ¿Qué nos pasa si somos arrancados de cuajo de nuestras identificaciones? ¿Qué nos pasa si ya nuestro entorno no se parece en nada a lo que estábamos acostumbrados? ¿Qué nos pasa si los seres más queridos se nos van? ¿Qué nos pasa cuando perdemos al país? ¿Qué nos pasa si el despojo es masivo? ¿Qué nos pasa si el querer recuperar lo nuestro no depende de nuestras ganas? ¿Qué nos pasa si ya no existe esa mano amiga que nos oriente? Quedamos como decía Borges, “solo y no hay nadie en el espejo”.
Se produce necesariamente un cambio en la subjetividad, somos arrojados a una irremediable marginalidad producida por el cierre de los espacios desde los cuales intercambiábamos con nuestro mundo y pasamos a ser “cosas” objeto de los vaivenes de aquellos monstruos que experimentan de forma macabra con cada uno de nosotros. El pensamiento en cierta forma se paraliza porque ya no tiene cabida el deseo de trascender el malestar, no depende de nosotros. Quedamos presos de la subsistencia elemental. Es este el principal padecimiento actual y lo que nos mantiene paralizados. Hay miedo, si por supuesto como no tenerlo, pero no es el pánico en primera instancia el motivo de nuestra falta de energías. Es ya no saber quiénes somos y como llegamos a esto en un proceso lento que nos fue despojando. Estamos en un proceso de duelo en donde la primera pregunta es ¿Qué sentido tiene seguir viviendo de esta forma? Unos se van a buscar otros derroteros y con toda la razón. Allí, donde lleguen, poco a poco irán experimentando nuevas vidas y logrando nuevas identificaciones; de esta forma se irán distanciando de sus ciudades y costumbres de origen. Ya no serán los mismos y no pertenecerán totalmente a ningún sitio que es el verdadero drama del emigrante, pero tendrán la alegría de una calidad de vida que en su propio país les fue arrebatada. Otros se quedan arrastrando los pies en la pesadumbre de dedicar la vida a batallar por no perder las cuotas de dignidad posibles; haciendo un esfuerzo titánico por no perder totalmente el reconocimiento como seres humanos. El Otro que te mira es un ser cruel.
Una maquinaria destinada a abolir la humanidad de una persona, a reducirla a objetos de desechos donde ya no puede sostenerse la dignidad de la elección. Queda solo una elección inconsciente orientada por las fijaciones infantiles, lo que explica que la manifestación del sufrimiento sea diferente en cada quien. Pero la elección producto de una voluntad consciente, la elección de la vida que queremos vivir queda reducida a la intimidad de cuatro paredes en donde fuimos forzados a  encerrarnos. El modo como sufrimos es absolutamente singular pero ninguno escapamos del dolor profundo de haber sido despojado de lo nuestro. Hasta ahora se ha cumplido el objetivo de la conformación de individuos necesarios para conservar el sistema y para conservar el poder, pero siempre hay una hendidura, una falla por donde debemos colarnos con habilidad y destreza si aún tenemos ganas de recuperar lo nuestro. Se hace, de esta forma necesaria, las estrategias firmes, los discursos alentadores y las nuevas formas de redefinir las relaciones del sujeto singular con el tipo de sociedad que nos gustaría conformar. Tenemos, en este aspecto, una gran deuda con nosotros mismos y las nuevas generaciones. Un nuevo pensamiento, sin sujeto, debe impregnar nuestro ambiente. Un pensamiento del que debemos apropiarnos para adquirir el ímpetu necesario en momentos cruciales como los que atravesamos.
No le pidamos a otro nos devuelva lo nuestro, vayamos todos con coraje a recoger nuestras pertenencias con las herramientas posibles que nos ha legado el mundo civilizado. Digamos un no rotundo a los depredadores y alcemos nuestra voz, la que no debemos permitir nos sea despojada.

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