14 de julio de 2015

El Cuerpo maltratado

Unos de los objetos de mayor adoración, en nuestro tiempo, es el cuerpo. Sobre las formas biológicas tanto de hombres y mujeres se invierte gran esfuerzo de conocimiento y de inversión. Se mantiene la ilusión que algún día podríamos saberlo todo sobre el cuerpo y de esta forma dominar cualquier imperfección que se presente en esta complicada maquinaria. Esta sería la meta del saber, si es que entendemos al cuerpo como una maquinaria, donde cada una de sus partes deberían estar, entonces, debidamente sincronizadas e integradas y de esta manera solo tendríamos que mantenerlo en su máxima capacidad de funcionamiento. Sin negar la utilidad y el avance significativo que ha tenido la ciencia en cuanto al conocimiento de la biología, es indudable que cuando se habla de cuerpo pareciéramos estar implicando algo más que células, fluidos y órganos, estamos implicando una imagen, un goce y un concepto. Por el cuerpo nos reconocemos en un espejo, con el cuerpo gozamos del sexo, de la comida, de los paisajes y siempre habrá algo del cuerpo que nos es ajeno, que no entendemos, en lo que no pensamos y que nos causa mortificación. Tiene, entonces, el cuerpo distintas significaciones y lo tratamos de distintas formas según sea el símbolo que represente en nuestra vida.
 
Como somos seres que hablamos, que poseemos un lenguaje y como consecuencia el lenguaje nos posee, todo se complica. Ya no podemos, nunca más, ser solo un trozo de carne que no se conoce así mismo, que no se sabe integrado. Somos, en primera instancia lo que pensamos de nuestro cuerpo, como lo tratamos y en segunda instancia, y muy de vez en cuando, somos un órgano que está molestando o un dolor que nos tortura. Somos adornos para otros o somos el objeto que se ofrece para el goce del otro con la expectativa que al mismo tiempo nos haga gozar. Queremos, en otras ocasiones, ser referencia de beldad o de genialidad. Queremos no pasar desapercibidos y para ello utilizamos todas las posibilidades expresivas que nuestro cuerpo nos ofrece, hacemos bulla. Queremos otras veces pasar desapercibidos y entonces nos encogemos, nos escondemos y descuidamos los adornos que solo servían en referencia al otro. Todas estas posibilidades las tenemos, y muchas más, porque nuestro cuerpo no es solo carne y hueso, sino porque tenemos un cuerpo simbolizado y lo manejamos como manejamos el lenguaje, el lenguaje, entonces es nuestro cuerpo.
Lacan afirmaba que el lenguaje es nuestro primer cuerpo, el cuerpo simbólico. Cuerpo sutil que nos permite tener acceso al otro cuerpo, al cuerpo que mortifica porque es el que nos recuerda la inmortalidad de la que no vamos y no podemos escapar. El cuerpo que nos recuerda que algo puede estar sucediendo en nosotros mismos y que no conocemos hasta que no se manifieste, hasta que no hable y podamos escucharlo. Ese cuerpo que a medida que más lo conocemos se nos presenta más como un enigma, ese que siempre se escapa de cualquier control, que es engañoso, que está allí y es lo más próximos, pero que no podemos asirlo y hacerlo nuestro a cabalidad. Es ese que creemos nuestro y anda por su cuenta. Lo más familiar y los más enigmático, lo que ha sido objeto de las mayores extorciones y abusos en nuestro vida liquida. Ese que comenzamos a tratar como cualquier otra maquinaria a la que podemos cambiarle los repuestos, ese que manipulamos en búsqueda de un perfección imposible, ese al que de tanto industrializarlo, de convertirlo en mercancía lo hemos dejado de oír y ya no lo entendemos. Ese que somos y no somos al mismo tiempo, ese con el que tenemos que negociar, dialogar y entender a la hora que nos planteemos el vivir o el morir. Ese nuestro gran aliado y nuestro peor enemigo, según lo tratemos. El que nos reporta lo mejor y al mismo tiempo lo peor. Ese nuestro cuerpo.
Por medio del cuerpo tenemos acceso al inconsciente, es el imaginario que nos guía y nos revela. Hoy nuestra piel se ha convertido en una página en blanco, sobre ella escribimos y dibujamos, nos decoramos al igual que lo hacemos sobre un lienzo o una tela. Si no nos diferenciamos por las maneras de vivir guiadas por las emociones e ideas, nos distinguimos por el decorado de la piel, por los peinados y por los cortes en nuestra anatomía que resaltan los preciados objetos del deseo. Queremos, por sobre todo ser deseados y para ello cualquier método que ofrezca la ciencia y la cosmética le ofrecemos lo mejor de nuestra economía y fe. La  moda se extendió en las pasarelas, vestido y cuerpo se equiparan en el moldeamiento de sus pliegues, alforzas, pinzas y formas. Todo es posible aunque el alma quede vacía en la búsqueda de un sentido. La belleza ya no está más en lo natural.
La sintomatología más relevante en nuestro tiempo se relaciona con el cuerpo y revela la dificultad para simbolizar. Queremos resolver las angustias en lo real y por lo tanto erramos de manera constante en el blanco, lo real es precisamente lo que siempre se escapa, aquello que no puede ser simbolizado, como la muerte, como los trozos de carne que no hemos querido o no hemos podido tranquilizar a través del deslizamiento significante. Si no nos preocupamos por el leguaje, por adquirir las buenas formas de la expresión, nuestro primer cuerpo que nos abriga, mucho menos y de forma más patética lo estamos haciendo con el cuerpo que nos representa ante el mundo como hombres o mujeres. Carrera sin fin, presos de una compulsión que toma los visos de una adicción, siempre la dosis debe ser mayor.
Despojados de un abrigo social hemos volteado la mirada a un ropaje tatuado en la piel, dibujos que otros han simbolizado por nosotros. Mientras una huella es la que usurpa la identidad, ya no como ciudadanos sino como seres vivientes al tratarse de la alimentación.

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