21 de julio de 2015

El Aburrimiento

El tiempo parece detenido, los acontecimientos de nuestro diario transitar suceden monótonamente, no se agrega nada a nuestro cavilar cotidiano, nada sorprende, todo sigue en un desorden que ya es previsible sin mucho esfuerzo de razonamiento. Las conversaciones se han vuelto repetitivas al igual que los encuentros, no es posible innovar porque la realidad nos mantiene prisioneros y asustados. Las noticias son las mismas muy duras, durísimas, pero repetitivas. No nos toca ya una fuerte emoción que nos despierte. Vivimos en una suerte de neblina espesa provocada por un humo que huele a esperanzas y a futuro chamuscado. Esperar se ha vuelto la consigna, mientras que en ese tiempo de espera no hay sino inmovilidad, encierro, fastidio. La espera se hace insoportable porque en esa sala no hay nada que nos mantenga despiertos, nada que nos asombre. Día tras día esperando un solo acontecimiento que sería el único por el cual podríamos hasta llorar de la emoción. Ya es mucho tiempo, demasiado y la emoción se adormeció de tanto no usarla.
 
Ya Steiner lo describía a la perfección “La adormecida prodigalidad de nuestra convivencia con el horror es una radical derrota humana”. Mucho tiempo, demasiado, hemos permanecidos sumergidos en un horror, que lejos de ir siendo derrotado, pareciera que cada día se profundiza más sin que nada le ponga límites. Las mismas explicaciones, los mismos discursos, la misma modorra, la misma impotencia para desarticular la aplanadora inmoral y destructora que avanza sin obstáculo alguno. Estamos deprimidos (una de las formas como se presenta el aburrimiento) planos, opacos, y este estado de cosas no solo es provocado por el demonio que nos atormenta, sino también por la incapacidad que tienen los animadores del circo de despertar una emoción en su público. Profesores aburridos de una clase que no podemos abandonar pero que nos produce un sueño mortal. Podríamos y con justicia también decir que, a lo mejor, el público es imposible de despertar, de interesar. Un público que ya esta tan descreído que no se hace posible presentarle ninguna pirueta, ningún acertijo, ningún nuevo e interesante mito. Pero un grito desgarrador se atraviesa en las gargantas y está contenido, un puro y opaco dolor.
No debemos esperar un salvador, no se trata de eso, se trata de  personas que se colocan en los lugares de trasmisión porque ese es su deseo, que tienen de esta forma la tarea de demostrar destreza en el manejo de su campo de conocimientos y saberlo expresar, pero también deben de trasmitir seguridad, convicción, emoción. Despertar la inquietud en el público al que se dirigen, dejar pensando e intranquilos a los escuchas y tener la disposición de oír las nuevas ideas y conclusiones a las que se ha llegado con el movimiento del asombro. Pero no, es que no hay ideas porque se dejó de oír y porque ya nada asombra. Es un fastidio, la inmovilidad del inerte que solo espera. Se nos produjo una merma de nuestras fuerzas impulsoras, del ímpetu transformador, de la búsqueda apasionado de otra cosa. Caímos en un aburrimiento, no reconocerlo y no nombrarlo, sino seguir viviendo como si cargáramos un peso insostenible en nuestras espaldas, es simplemente dejar de reconocernos, perder el contacto con nosotros mismos y como consecuencia terminar de aniquilar la emoción que debe despertar el estar vivos. La repetición de un chiste mal contado.
Ahora bien, como la emoción no surge del colectivo, la fe esta mermada, la tarea de no dejarnos aplastar ante tano insulto,  atropello y escasez, pareciera que es una tarea individual, una tarea a emprender cada quien en solitario. Es dejar salir ese grito atragantado,  buscar nuestro lugar creativo e inventarnos nuestro nicho desde el cual poder extender nuevamente las conexiones libidinales a los objetos de nuestros deseos. Esos objetos no se adquieren en el mercado, no hay que hacer colas, no son costosos y están a la mano del que quiera identificarlos. Esos objetos están en las palabras, en las simbolizaciones, en nuestros giros idiomáticos, en nuestros mitos a los que no renunciamos, en los cuentos que nos contamos. Vía inevitable para acceder a las actividades de nuestro interés. Hay que luchar, y es una lucha individual, contra la repetición de la queja, del reclamo y de la expresión de la rabia sin límite que vaciamos en el otro más cercano. Es hacernos responsables de lo más elemental, de nosotros mismos. En este campo son los extraordinarios humoristas, con los que afortunadamente contamos, los que nos están guiando. Nos hacen reír pensando, porque saben, poseen el genio de conectar con nuestras amarguras y logran la magia de mostrarnos que la emoción puede ser cambiada del dolor a la esperanza. Es el arte de conmover.
El aburrimiento es vivir desapasionados, lo que produce un padecimiento grave porque nos aparta de cualquier mundo posible, es un vacío de sentido, un desgaste del lenguaje, un desapego a nuestra propia ley, a los límites que no debemos perder, a la vergüenza que nos debe causar renunciar a las responsabilidades. Es mortal, no hay entusiasmo ni una causa por la cual luchar. Es el arma más eficaz con la que cuenta el que nos quiere mal e inertes, el que nos quiere muertos, el que nos quiere desaparecer, el que nos quiere esclavos y a su servicio. Simplemente nuestro deber es saberlo y contestar con un firme y decidido “conmigo no vas a poder”. El deseo no debe ceder so pena de morir. Por lo momentos no hay otra manera que inventarnos nuestros días con pequeños encantos. Pierre Loti en “Las desencantadas” tiene una insuperable descripción de lo que es el aburrimiento y que podríamos en nuestros días describir y comprender cabalmente “…sabemos siempre y por anticipado lo que nos traerá el día siguiente –nada- y que todas las mañanas hasta nuestra muerte, se deslizaran con la misma dulcedumbre insípida, en la misma tonalidad borrosa. Vivimos días gris-perla, en un acolchamiento que nos hace sentir nostalgia de las piedras y de las espinas…”
Pues bien es una responsabilidad moral en la vida vivir apasionados y sin duda la principal tarea que nos exige la vida. Recuperar la poesía y buscar la sorpresa nos alejará del aburrimiento. Por el contrario lo demás será entregarnos a los fantasmas y darnos por vencidos.

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