5 de mayo de 2015

La Admiración

Vivimos admirados pero en el sentido de tener que afrontar todos los días hechos insólitos. No transcurren nuestros días con la tranquilidad del que se despierta en habitaciones conocidas, que sabe dónde quedan sus cosas que dejó en su sitio la noche anterior y con seguridad camina por su casa emprendiendo una rutina. Ni siquiera al asomarnos al espejo ya reconocemos el rostro, la cara que nos ubica como seres humanos pertenecientes a una comunidad conocida y con la cual nos identificamos. Todo parece haberse diluido en  un mundo sin sentido, absolutamente trastornado en el que caminamos a tientas haciendo enormes esfuerzos por volverle a dar una forma reconocida. Armamos nuestros parapetos con trabajo y mucho esfuerzo pero basta una sola experiencia, un solo grito destemplado, una sola intervención absurda para que de un sopetón volvamos a caer estupefactos, admirados por la insensatez, perplejos con lo absurdo, perdidos en la dimensión de la soledad.
La admiración fue considerada tanto por Platón como por Aristóteles como el origen de la filosofía. Según dichos autores la filosofía surge por la perplejidad, por la sorpresa y por ese desconcierto íntimo que produce y que encamina al ser humano por preguntas no dirigidas al saber práctico, sino al saber existencial, en un esfuerzo por volver a encontrar un sentido que arroje coordenadas en tal desorientación. También señalaba Aristóteles que esta admiración encamina al ser humano a la creación de mitos, a forjarnos cuentos llenos de elementos maravillosos que nos proporcionen un mundo imaginario con el que soñamos o en el cual nos recreamos aunque sea por un rato. Los mitos no solo tienen esta función, también nos explican ese mundo interno lleno de emociones que solemos dejar en el olvido cuando todo pareciera transcurrir sin contratiempos. Es decir en estos momentos en el que nuestro paisaje conocido nos abandonó podría ser tierra fértil para la creatividad y la imaginación si no nos dejamos golpear por la desesperanza y el malestar.
Decía Freud en una carta a Lou Andrea Salome “Yo no puedo ser un optimista, y creo que solo me distingo de los pesimistas en que las cosas malas, estúpidas y sin sentido, no me molestan, porque las he aceptado desde el comienzo como parte de lo que el mundo está hecho”. Estamos rodeados de hechos estúpidos y sin sentido, no hay dudas al respecto, pero ante ello corremos el riesgo de quedarnos lamentando y abatidos por la mala fortuna y dedicarnos solamente a pensar en las dificultades a enfrentar para la sobrevivencia diaria o por el contrario nos dedicamos a inventarnos un mundo amplio aunque sea, por los momentos, no compartido y en solitario. Cuando nos toque construir nuevamente nuestro espacio querido, reconocido y compartido; cuando nos encaminemos a encontrar lo deseado como sociedad, todo este arsenal creativo será de una utilidad invaluable y esto sí es tarea de cada uno de nosotros.
Es precisamente en los momentos revueltos e incomodos donde se pone a prueba el temple que hayamos adquirido. Ante la adversidad y el desconocimiento de lo que nos rodea tenemos el peligro de inhibirnos en la acción y quedar inertes ante las tempestades. Vencidos seremos arrastrados por la marea del mal. Una de las formas que adquiere la derrota es la violencia que se está desencadenando en todos los sentidos, el malestar que se manifiesta a través de la rabia. Es natural que sintamos rabia ante tanto exabrupto impuesto al más elemental sentido común, pero hay que ser cuidadoso y prevenidos para que no nos dejemos invadir por este sentimiento tan destructivo que acaba por derrumbarnos. Toda pasión hay que encausarla para que proporcione los frutos constructivos que anhelamos, claro si estamos del lado de la responsabilidad y el compromiso con la vida que nos ha tocado vivir. El que no se encuentre de este lado de la historia dejemos que se cocine en su mejor salsa de resentimientos, ofensas y bravuconadas porque son muestras de que el malestar se los está tragando.
Admira como hemos sido puestos en juego en nuestras identidades, como se manifiestan los rasgos de despersonalización, la pérdida de orientación y lugar de muchos opinadores de oficio. Los narcisismos que impulsan a querer desaparecer al otro están haciendo una manifestación generalizada, no se admiten divergencias porque lo que está en juego es una suerte de auto afirmación a muerte. Los descalificativos personales, la destrucción del interlocutor es la respuesta inmediata al que se atreva a manifestar divergencias. El argumento no es lo resaltante, es la persona a la que se tapiza  con toda suerte de adjetivos y por doquier hay un enemigo escondido al que se espera asome la cabeza para cercenarla con un golpe duro y cruel. Se busca a toda costa ser admirado por el otro y si esto no sucede se sacan a la intemperie las pulsiones de muerte que muy pocos se han abocado a la tarea de neutralizarlas.
Como muy bien manifiesta Fernando Savater está más en juego la vanidad que las exigencias propias, el orgullo de emprender una tarea aunque no tenga la aprobación de la mayoría, y a veces ni la propia tampoco. “’Con lo que yo lo admiraba a Ud., pero me ha decepcionado cuando escribió tal cosa o hizo tal otra’ Este tipo de declaraciones animan y hacen sentir vivo porque demuestran que no nos hemos convertido es estatua: seguimos caminando, tropezando, y cayendo pero en marcha, mientras que el decepcionado se queda refunfuñando junto al monumento del pasado, mirando a las palomas irreverentes que le cagan en el sombrero emplumado. Esa es la diferencia entre el orgullo, que se exige y valora a sí mismo a pesar del criterio de la mayoría, y la vanidad que solo come de la mano ajena”. Así que vivimos admirados, perplejos ante tanta insensatez y al mismo tiempo demandados por admiración de los vanidosos. Insultados por los rabiosos de ambos bandos en la que hoy se debate el país.
La necesidad de tener razón es signo de la mente vulgar, nos decía Albert Camus y es precisamente de la vulgaridad que nos tenemos que salvar. Volteemos nuestra mirada y nuestro esfuerzo en construir un mundo creativo, por los momentos solo para cada quien. No es lo ideal, es verdad, pero la tarea es enfocar nuestra admiración hacia lo bello que aún existe y solo espera ser cultivado.
Yo no puedo ser un optimista, y creo que sólo m

No hay comentarios:

Publicar un comentario