12 de mayo de 2021

El día que…

Arthur Rackham


Cuidar el lenguaje es cuidar la cultura, la belleza y la ética. Es cuidar al mismo ser humano de la ruina y la barbarie. Somos lenguaje, el lenguaje nos antecede y nos cobija dándonos forma, constituyéndonos en seres deseantes. Posibilita todo movimiento dialéctico que como un péndulo puede conducirnos a los extremos de la existencia. Por desear y razonar dejamos de estar atados para siempre en un determinismo biológico, podemos con plasticidad movernos en el bienestar y en el malestar. Se puede encontrar satisfacción en el dolor, es un hecho clínico, la satisfacción pulsional que siempre interroga y que en algunas de sus manifestaciones nos llena de perplejidad. Cuidar el lenguaje es cuidar las formas de relacionarnos, es cultivar la altura y delicadeza de los afectos.

Una cultura y su política que contemple y guarde las formas será una cultura que protege y guarda lo mas preciado de la vida humana. Sándor Márai resalta la adecuación de una institución pública que más allá de lo establecido en normas de procedimientos se ocupa de las vías de transmisión de los mensajes. “El parlamento francés era, más allá de la política, la escuela retorica más elevada, y se criticaba con igual severidad los contenidos políticos de los discursos y retóricas de los oradores, la pureza y la propiedad de sus adjetivos, la fuerza de los verbos empleados y la musicalidad de sus frases” Hoy los franceses prohíben el lenguaje inclusivo en sus centros de enseñanzas.

Somos lo que hablamos y hablamos los que nos interesa y lo que pretendemos. Circula en el lenguaje las cargas fácticas y normativas. La dislocación de la salud social que padecemos la podemos diluir en una retórica balbuciente o podemos organizar los equilibrios necesarios con términos y expresiones conceptuales comprensibles que unifiquen y canalicen las verdaderas y posibles estrategias. Los discursos se desarrollan en la medida que su intención se vaya concretando en la realidad la cual interviene e interpreta. Es un proceso necesario de traspaso y conducción de lo fáctico. Hemos pasado mucho tiempo sin hablar, sin acordar, sin entendernos. El día que nos sea repugnante estas formas gritonas y vulgares de convivencia, ese día estaremos preparados para la decencia. No, no es tolerable que partidos políticos vociferen con altoparlantes frente a tu casa y tiren tapabocas como dádivas abusivas demagógicas. No se vocifera, se actúa con probidad y adecuación de procedimientos. Lo que procede es una adecuada programación de vacunación y no tirar desde un camión con altoparlante mazorca a los cerdos.

El día que comencemos a exigir bellas formas en los intercambios humanos ese día seremos una sociedad más acorde a lo humano y dejaremos de lado esa apariencia menesterosa de exhibición de un abandono lastimoso. Se trata de una ubicación en el orden simbólico, de un entendimiento y convicción armoniosa en el trato entre nosotros que circule en un lenguaje de integración afinada. Cuando hable el que me pide ser oído que no me haga estremecer de espanto. Todo intercambio humano, el pacto, la traición, la política, la vida familiar, la academia, el trabajo, todo es posible porque circula en el lenguaje que hace posible nuestras formas. Tenemos una forma tosca de relacionarnos porque ya no sabemos hablar y, en consecuencia, muy torpes al expresarnos. No exigimos, aceptamos resignados las malas formas.

Estemos atentos se están abriendo nuevos caminos, no sabemos a qué conducirán es muy temprano todavía. Guardar un silencio expectante puede ser una buena posición a mantener en estos momentos, pero no es adecuado salir vociferando a tirar improperios desde un camión a los que nos son nombrados todavía y por lo tanto excluidos del respeto debido. Tenemos una gran población excluida de cualquier representación en la consideración cultural de intercambio verbal.

El día que aprendamos a hablar y cuidemos nuestra lengua, ese día… este garabato comenzará a adquirir forma de país.

 

1 comentario:

  1. Ayer pasó por la zona donde resido un pichón de alcalde, que no ha logrado ser alcalde y ahora pretende lanzarse como gobernador, y estaba como vecino escandaloso con un altoparlante pidiendo que bajen los vecinos y autoproclamandose candidato a gobernador, eso si, regalando estampitas del recientemente beatificado José Gregorio Hernández y 3 tapabocas por persona.

    La verdad que en estos tiempos de pandemia, los políticos venezolanos han dejado mucho que desear, tanto tirios como troyanos.

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