24 de marzo de 2021

Perder el Alma

Bo Barlett


Esto, este corral al norte de la América del Sur. Esta republiqueta de vivos, sicarios y malhechores. Esto que ya no es un país sino una parodia de República Bananera. Esto no es Venezuela. Este pozo de plomo y sangre, este luto en gerundio, este llanto que no cesa, no es el país del que nos canta el Gloria al Bravo Pueblo. Esto, este solar de mansas colas de hambruna no es la tierra que parió a héroes independentistas.

Esto no es más que la república bolivariana de venezuela. Así, con minúsculas. Disminuida y empobrecida.

Rafael Cadenas

 

El video que circuló de un médico despojado de sus instrumentos de trabajo, su maletín y su moto, golpea particularmente de una manera brutal. Un médico que implora que no lo maten y jura que es médico. No hay compasión, no hay reconocimiento, solo hay maldad y rabia. Claro que sabemos de la inseguridad que reina en Caracas, claro que no es la primera escena que observamos de violencia y horror. Se repiten estas imágenes hasta tal punto de hacer de tremenda brutalidad una escena mas en nuestra cotidianidad del terror. Pero este hecho tiene una connotación especial, porta en todo su espanto la simbología de todos nuestros despojos. Se preguntarán por qué, porque un médico en este momento es nuestro principal defensor, nuestro aliado invaluable en una de las guerras que estamos enfrentando con pocas armas y pocos soldados al frente. Un ser que tiene que enfrentar diariamente un peligro real en sus sitios de trabajo y ante el que han sucumbido muchos de ellos. Cada vez que muere un médico venezolano quedamos más solos.

Se me hace inevitable interrogarme que hay en estos seres que cometen estas fechorías con total impudicia. No pueden ser humanos, quizás en su corta vida fueron despojados de sus almas, quizás han vivido toda clase de atrocidades y maltratos. Quizás son bestias desatadas dispuestas a matar y morir sin piedad. ¿Qué quieren de nosotros? Quieren también arrebatarnos el alma, quieren que terminemos todos actuando salvajemente. Es natural que el primer impulso, el primer deseo sea haber contando con un arma y acabar con esa escoria. Pero no, somos llamados por la razón y sabemos que de ellos se deberían ocupar las fuerzas de seguridad del Estado y la justicia. Pero también sabemos que nada de eso existe en un estado comunitario precario que ya se ha clasificado como una “cultura de emergencia”. Hombres esenciales y buenos que están siendo masacrados por un hampa sin control. Tuvimos una forma de vida que nos fue extinguida, ahora acosados salimos con miedo, porque dos peligros mortales acechan. Quizás podemos tomar medidas para aminorar el peligro de la pandemia. Pero del hampa, cada vez en aumento y más armada, ¿cómo nos defendemos? ¿Cómo defendemos a nuestros médicos?

Nada importa, los años de formación y estudio. El servicio que se presta en un país que ha sido despojado hasta de su población. Estamos operando con los mínimos recursos y contando con la valiosa pero reducida ayuda que nos podemos brindar unos a otros. Las RRSS abarrotadas de solicitudes de medicinas, trabajo y comida. Nos mantenemos indiferentes, no reaccionamos, ¿nos hacemos los tolerantes, los comprensivos, los impotentes? o terminamos de reaccionar. En su libro “Tierra, tierra” Sándor Márai nos narra el horror vivido a causa de la tropa rusa durante la ocupación de Budapest: El ser humano se va tornando irrelevante solo importa una maquinaria que tritura todo a su paso. Los seres humanos terminan siendo solo piezas utilizables produciendo un desértico vacío desesperanzado. “¿Odias lo mismo que yo odio o bien eres indiferente y tolerante? “Quien no logra odiar bastante acabará siendo odiado”. Cuando terminemos de entender que no estamos esperando a nadie y si volteando para no ver, comenzaremos a indignarnos inconteniblemente. La indignación es un sentimiento ético. Es una emoción muy fuerte que despierta la injusticia y el despojo de lo nuestro.

Estamos perdiendo el alma muy pronto seremos unos zombis que deambulan por un territorio muerto.

Venezuela duele profundamente.

 

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