14 de julio de 2020

Simples huéspedes

Aykut Aydogdu

Es muy difícil sentirse en casa, lugar desde el que se proyecta un mundo mejor y a nuestra medida. Somos más bien como una especie de huéspedes sin derecho a opinar o a pedir. Si no estás en tu casa lo mejor es acostumbrarte a rutinas ajenas, formas de vivir “extrañas” y pasar lo más desapercibido posible. Así suele ser la vida del emigrante que comienza a ver su hogar como algo lejano y perdido, irrecuperable. Nos niegan un futuro mejor y no tenemos la oportunidad de soñarlo sin ser enjuiciados como “caídos de la mata”, ingenuos e ignorantes. Los hiperrealistas, aquellos que imaginan la realidad inmutable, gritan un “es que no te das cuenta” sin poder imaginar que el llamado es a no resignarse y a vociferar en cómo deberían ser las cosas tal como las conocimos en democracia. Si no está la casa en orden, si no limpiamos los anteojos nuestro mundo será borroso.

Esos seres atraídos por el poder que se instalaron sin posibilidades de dudas, reflexión o cambio, en una terca imposibilidad nos están limitando de todas las formas posibles nuestro derecho a disentir y a percibir nuestro escollo de distinta manera y por lo tanto a proponer distintos caminos para recuperar lo nuestro. Agarrados con fuerza a “sus verdades” desde donde encuentran sentido a su existencia son incapaces de hacer el menor gesto, voltear un poquito, mirar de reojo, hacerse una pregunta incómoda. Si, esos mismos hombres atraídos por el poder suelen rechazar cualquier poder ejercido por otros. Nos ilustra José Antonio Marina que el poder es simultáneamente un acto y la representación subjetiva de ese acto. Se puede entender las desviaciones patológicas que sufre un ser que ha tenido éxito creyéndose un semidiós, pero se hace cuesta arriba entender esos egos hinchados de seres que solo han cosechado fracasos. ¿Qué desean? se pregunta uno. Que todos abracemos su ideal pero su ideal personal e inconfesable.

Estas ansias de dominio propio de cualquier poder esta expandido por todos los ámbitos de la vida. Dos seres se relacionan y enseguida comienza el gusanito del malestar. ¡Tú no me vas a gobernar! ¡Aquí no mandas tú! ¡María Cristina me quiere gobernar y yo le sigo, le sigo la corriente! Solo que a algunos por estos lares nos ha dado por no seguir la corriente y tenemos que aguantar las explosiones de los globos hinchados. No estamos en casa, se nos llenó el espacio de pegones molestos. Tenemos un poder, no nos han quitado todo, tenemos el poder de hacer algo, de decir mucho, de reconocer o no y por lo tanto de otorgar legitimidad a un poder fáctico o simplemente no hacerlo, pero eso si unidos y con acciones concertadas.  Ese poder lo tenemos y no lo ejercemos porque titubeamos y reculamos repitiendo sin fin el mismo guion esculpido en piedra. Sentados con desparpajo en lo imposible no podremos hacer real lo posible.

“Todo poder crea saber” afirmó Foucault al constituir un régimen concreto que actúa sobre el ciudadano. ¿Cuál es ese saber que tenemos que entender de nuestro actual régimen dictatorial? Saberlo es esencial para actuar. No es muy distinto de otros con el mismo corte ya conocidos. Nos quieren impotentes, en una imprecisión aguda, dispersa y derrotada. Si es eso lo que quieren, lo lograron con los atraídos por el poder contribuyendo como los mejores discípulos. Ahora no pregunten, no trates de precisar con la intención de entender tanto desacierto. Inútil se harán los que no entienden las interrogantes, se quedarán mirando al vacío como esperando una respuesta divina, pero una respuesta concreta no la esperes, no la tendrás, no la tienen. No estamos en casa, somos simples huéspedes a los que se les exige prudencia y una trágica contemplación. Imperdonable, sentenciaría Derrida, se trata de un despojo de nuestra humanidad.

1 comentario:

  1. Excelente trabajo que leo con mucho interés. Se creó un grupo de poder, una comparsa que le adversa y venezolanos dentro y fuera que no nos reconocemos ni comprendemos. El reino de los paralelismos perfectos.

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