29 de enero de 2018

Saben lo que hacen pero lo hacen




Estamos inmersos, y desde hace mucho tiempo, en relatos engañosos y en mentiras cada vez más descaradas. Una manera de hacer política cínica, la ideología predominante de nuestra época que Zizek sintetiza con su afirmación “ellos saben muy bien lo que hacen y sin embargo lo hacen”. Una conciencia cínica que ya no da cabida a la ingenuidad que puede ser descrita como “no sabía”. El cínico mantiene una relación con el conocimiento sobre la realidad distorsionado y falseado con la clara intención de producir confusión, de poner a dudar, de enloquecer y manipular. El ingenuo no se atreve a encarar la realidad, por ignorancia o miedo. Tanto ingenuos como cínicos actúan y las consecuencias de dichas acciones son desvastadoras. Relaciones con el conocimiento que van a tener una repercusión inevitable sobre las estructuras de cohesión social y, por supuesto, sobre la subjetividad. Somos, tanto en nuestras individualidades como en las sociedades que conformamos, fruto de nuestras creencias y las emociones que de ellas derivan.

Un empeño de hacernos creer en las mentiras que sostienen y que las necesidades humanas desmienten. Lo Real que significa ese vacío que siempre surge entre lo que podemos simbolizar y la distorsión del discurso oficial. Contar con las creencias es muy importante porque sin ellas todo el tinglado se viene abajo, se disuelven los pegamentos cohesionadores de cualquier proyecto. Tener a una población sometida requiere convencer a la mayoría, argumentar de tal forma que el otro acepte, bien sea por convicción o por promesas de redención y prestigio. Es en esta maniobra donde la verdad se está imponiendo y los cínicos van perdiendo terreno. La decepción, el hambre, la inopia se están imponiendo, pero de manera salvaje sin otras creencias que den fuerza a un movimiento opositor. Estamos implosionando y de la peor forma, sin diques de contención y sin discurso alternativo. El caos que genera la rabia desbordada y el hambre que hace crujir las vísceras y mata a los habitantes de esta tierra desolada.

La verdad y la mentira no están disociadas, son dos términos que juegan en una dialéctica de intercambios. No se dice cualquier mentira, se dice mentiras con finalidades y a través de ellas podemos llegar a la verdad. No se miente azarosamente sino sobre algún punto vulnerable de quien la enuncia. Las mentiras hablan sobre una verdad íntima de su emisor. Se nos miente sobre las medicinas, sobre la economía, sobre los alimentos precisamente porque son los puntos insoslayables de un gran fracaso. El que miente teme la pérdida de su plan, teme los estallidos que se están produciendo, teme las represalias fruto de su maltrato. Teme las consecuencias y miente; rebota responsabilidades. En cada mentira, en cada engaño la verdad se está imponiendo, la verdad de quien emite la mentira. La población está leyendo al cinismo, caen las creencias de una pseudo ideología que trataron de vender y que despertó esperanzas en una parte de la población. De aquí vamos a salir de una ingenuidad, de estar haciendo sin saber. Pero también sin ilusiones.

Para Zizek las ilusiones no se consiguen en el saber, sino en el hacer. Los sujetos sostenemos los deseos propios de una época inmersa en una estructura capitalista. Hacemos con la ilusión de tener una vida deseable. Trabajamos para tener dinero y proporcionarnos lo que necesitamos y nos da placer. Deseamos ser amados por un ser bondadoso y protector. Las ilusiones estructuran las relaciones efectivas en la sociedad y la relación con la realidad. Cuando a una sociedad le está coartada la realización de los deseos, la gente arriesga su vida por salir de las cadenas opresoras. Como dolorosamente lo estamos viendo actualmente y que nunca  imaginamos sucedería en nuestro país. Venezuela se ha convertido en un símbolo importante de las neotiranías y su crueldad.

Las personas acorraladas se vuelven salvajes y no miden consecuencias de sus actos. Y esto vale tanto para los tiranos como para sus víctimas. Así que presenciamos un desborde propio de la sobrevivencia. En la estupenda serie, Black of Mirror, que de una forma descarnada refleja el lado oscuro de una tendencia mundial dominada por la tecnología. Cada capítulo señala a los seres humanos tiranizados por sus propias creaciones y su entrega sin control a tiranías de nuevo orden. Vamos obedeciendo a demandas ominosas sin haber hecho conciencia crítica, sin saber. Los seres humanos tienden a ser tiranizados por ellos mismos y la desesperación termina destruyendo lo propiamente humano. Las costumbres y las creencias dominan sigilosamente nuestro hacer. Si no hacemos conciencias de las trampas y las camisas de fuerza que nos ahogan no somos capaces de revelarnos contra las leyes tiránicas. Es lo que estamos presenciando en nuestros días, una revuelta sin consciencia sobre sus consecuencias y de mala manera. Al fallar el soporte simbólico se cae en un vacío y se disparan las actuaciones. Un suicidio colectivo, no es una rebelión porque no hay verdadera disidencia sino vandalismo.

No es así que se conforma una nueva sociedad, necesariamente debemos volver a construir nuestro apoyo simbólico. Necesariamente debemos volver a tener ilusiones y creencias. Volver a establecer nuestras costumbres, volver a identificarnos con un país querido. Volver a adornar nuestros traumas, creer que podemos volver a encontrarnos, hacer amistad, querer nuestras fuerzas y dejar de gritar. En este momento en que se agudizan los conflictos nos hace bien argumentar a nuestro favor, argumentar en favor de la civilización, no perder las buenas costumbres del saber como guía de la acción. Descansar en el discreto encanto de los símbolos aceptados y compartidos. Volver a comprometernos con un futuro deseable y aceptar los remanentes de goce de cada individualidad que exceden los límites de la simbolización. Pero para que esto nos sea posible debemos desencadenarnos de tanto cinismo. En un proyecto constructivo los cínicos no tienen cabida.

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