14 de febrero de 2017

La bondad humana no crece




Acabamos de perder, de forma prematura, a uno de los grandes orientadores del mundo sin rumbo en el que vivimos, Tzvetan Todorov. Este gran pensador y persona se interesó por diversos temas pero podemos rescatar como su preocupación fundamental la relación de los seres humanos entre sí. Señaló, casi de forma profética, como el principal problema del siglo XXI la intolerancia y el desprecio, la indiferencia y el rechazo del ser humano hacia el otro diferente. Al que no pertenece a la misma cultura, al que emigra con dolor en búsqueda de una vida digna, al que huye de los regímenes que agobian y matan, al que tiene gusto sexuales diferentes a los propios, al que sus rasgos físicos difieren de la costumbre en el espejo. Al que piensa distinto y por supuesto al que vive y disfruta a su manera. Es el mundo en el que han prosperados algunas virtudes, pero no la bondad. Es la forma individual de vérsela en la existencia propia y golpear a otras existencias la que da como resultado la desventura tocando nuestras puertas.

Sabemos que el destino del ser humano, ineludible, es la vida en sociedad. Sabemos que no es posible, ni deseable, una vida en completa soledad. Sabemos la necesidad de ser queridos y querer. Sabemos que el progreso de nuestra Nación y del mundo depende de cada uno de nosotros. Sabemos que es nuestra responsabilidad el construir un bien común. Sin embargo remamos con prisa por encontrar una isla donde refugiarnos lejos de todo; ver a través de largavistas las tragedias que ocurren y poder permanecer impasibles ante el dolor de otros pueblos y del nuestro. También deseamos, si aquello de ser náufragos no es una fantasía predominante, poder arribar a lugares destacados desde donde poder mirar a los otros “por encima del hombro” queriendo siempre más y eliminando a toda posible competencia. Con este miedo al otro, al que se considera un rival ¿no es como demasiado haber aspirado a una unidad para defendernos de los que realmente nos pisotean? Tal vez era una utopía más, sueños de aquellos Quijotes que aun desean rasgos de bondad en tierras donde no han germinado esas semillas.

Pues bien, llamemos también a estos desplantes, agravios e insultos dirigidos a los otros, signos de barbarie. Llamemos a la falta de solidaridad y comprensión al prójimo que se sienta en la misma mesa persiguiendo un mejor destino común, traición. Y con esas actitudes, que ya vemos como normales, no podremos con esta dictadura que ya ganó mucho terreno. Desconfiamos de la bondad del otro que tenemos al lado, no respondemos con generosidad; pero corremos detrás del demagogo, del populista que nos vende “amor verdadero”.  No podemos quedar reducidos a la sumisión, pero para poder romper esas cadenas que aprietan cada vez más, debemos unirnos, debemos querernos, debemos cuidarnos, debemos ser firmes para poder gritar un rotundo NO, por nosotros y por el hermano que sufre igual o más que uno. Cuando entendamos que debemos anteponer al protagonismo la libertad de todos, ese día comenzaremos a ser otro país. Pero ese día no llega y ya son muchos y largos años.

La bondad requiere trabajo, introspección, debate consigo mismo, trascendencia de los impulsos, pensamientos elaborados. El estar consciente que somos una mezcla de maldad y bondad nos facilita el camino y nos hace permanecer alerta. Tenemos un enemigo común plenamente identificado, solo este factor debería ser suficiente para vernos como amigos aunque después comencemos nuevamente las guerras intestinas. Pero quedar detenidos en esta indignidad es imperdonable. La lucha más importante es con nosotros mismos y es una lucha que debe darse día tras día. Ser buenos ciudadanos es la tarea si queremos vivir en democracia. No queremos que nadie haga algo por “mi bien” solo queremos que nos dejen hacerlo, solo aspiramos a que cada quien en sus lugares haga un esfuerzo por sacar lo mejor de sí porque la situación apremia. Estamos a un paso de quedar aislados y extrañados de un mundo civilizado. ¿No queremos la barbarie? entonces no nos comportemos como bárbaros utilizando el mismo lenguaje y jugando a zancadillas. Ya basta.

El dolor personal, las pérdidas terribles sufridas nos conducen a encerrarnos sin consideración por el dolor de los demás. Necesitamos una pequeña luz que alumbre nuestros rincones como pedía Todorov al referirse al estancamiento del progreso moral. La bondad no se contagia, no basta estar rodeados de seres buenos si no hay una reflexión sobre nuestro propio egoísmo, es un trayecto personal que ahora requiere se haga viral porque somos muchos los que navegamos a la deriva. La poca agua que nos queda debe alcanzar para todos si queremos llegar con vida a un lugar amable. No queremos épicas, no queremos héroes solo necesitamos pequeños actos bondadosos hacia el otro que está tan debilitado como lo estamos nosotros. No son actos religiosos ni correr detrás de las vírgenes en cada procesión lo que necesitamos. No es al Papa a quien tenemos que obedecer en sus desacertadas intervenciones, no es beatería. Es generosidad, es reconocimiento del otro, es ser bien mundanos para entendernos. Son pequeños gestos  los requeridos.

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