Lo que es evidente es que todo resulta distinto a como
suponemos debería ocurrir o como pronostican las encuestas y analistas
políticos. Señal que algo está desapareciendo y nos negamos a verlo, aunque los
sociólogos destacados lo vengan estudiando y vertiendo como luces orientadoras
al mundo. Está haciendo aguas nuestras firmes creencias de cómo debe estar
organizado el mundo, por lo menos el Occidental. Sería bueno que apartemos un
poco la mirada de los sistemas como totalidad y sus resultados o fracasos y
volteemos un poco a mirar al ciudadano, sus miedos, inseguridades, sus deseos y
la ilusión de la que se agarran para la solución de sus problemas. Al fin y al
cabo es de allí que parte el fenómeno, los sujetos son los que terminan por
elegir, quizás, el final de su libertad e intimidad por un poco de ilusoria
seguridad. La democracia colapsa y no es que no se haya visto es que no lo hemos
querido ver.
Se venía señalando la debilidad de los Estados-Nación, ya los
países no se rigen solo por sus propias leyes, pertenecen y deben obedecer a
una dinámica global que viene siendo comandada por la economía. El dinero, se
dice, tiene su propia dinámica y hay que dejarlo actuar. Sin embargo hay manos
muy poderosas y escasas que tienen la potestad de hacer colapsar cualquier
dinámica en un dos por tres. Podemos acostarnos a dormir en un mundo y
despertarnos en otro totalmente distinto, desconocido y por lo tanto
amenazante. Pareciera que la seguridad de nuestras vidas y el confort que
buscamos ya no depende de un esfuerzo y logro personal. Vivimos, como
resultado, con miedo, inseguridad y desamparo. Cuando las poblaciones se
sienten amenazadas y el miedo se apodera de las interrelaciones sociales se
hace propicia la situación para la irrupción de totalitarismos. Se comienza a
desear a un hombre fuerte que proteja contra las fuerzas amenazantes. Se escoge
al propio verdugo.
Lo que fue una pesadilla en un pasado se hizo realidad en el
mundo actual. Las emigraciones masivas que ya son un cuadro dantesco en las
calles europeas, el terrorismo que hace irrupción en los centros de la
civilización occidental por fanáticos dispuestos con determinación suicida a
acabar todo logro de las democracias y como consecuencia de los Derechos
Humanos. Ya no hay dinero para seguir costeando las astronómicas sumas que
produjeron las políticas de “viaje ahora y pague después” la deuda como forma
de vida que arrastró al ser humano desde sus primeros pasos en las
Universidades, con sus créditos educativos que viene desde hace mucho tiempo
sustituyendo las becas. De tal modo que un estudiante ya es un ser inmerso en
la organización mundial de vivir pagando deudas adquiridas muy por encima del
valor del préstamo otorgado. Esa carga en los hombros acompaña toda la vida a
un sujeto promedio en cualquier sociedad. Al mismo tiempo los puestos de
trabajo son inseguros, pasajeros, rotatorios. Los desocupados es una
problemática, también, mundial. Como indica Bauman “somos conscientes de cuán
frágil, inestable y temporal es la presunta seguridad de nuestras vidas” Un
mundo que vive la angustia de perderlo todo. El mundo de la incertidumbre que a
nadie le gusta.
De este incómodo vivir se hace dueño el advenedizo en
política y toca las fibras del sujeto endeudado con los valores humanos. Porque
aquello que no costaba sino un esfuerzo de reflexión, educación y compromiso
con los otros no fueron cotizados en las bolsas de valores. No estuvo y no está
de moda en nuestros contactos diarios con los demás, nada más fácil que mentir,
trampear y no comprometerse con la palabra dada. El desprecio por la libertad,
los derechos y deberes que como humanos nos dan un lugar distintivo en relación
a las bestias. Hablar hoy de ética es casi un anacronismo. El mundo no es lo
que fue hace apenas un siglo, marcha vertiginosamente hacia la destrucción de
lo establecido y aun no se vislumbra cual será la nueva organización que el
hombre quiere construir. Lo que si sabemos y ¡vaya que lo sabemos! lo fácil que es destruir y lo difícil que
resulta construir. Además que tampoco se ve con claridad quienes se harán cargo
de tan difícil tarea, no hay organizaciones dedicadas a estas catástrofes con
seriedad. Presenciamos asombrados una nueva guerra que proviene de los deseos
más ocultos. El inconsciente y las pulsiones haciendo de las suyas con absoluta
libertad.
Se apela, entonces, al hombre fuerte, al padre de la Horda
que está más allá de las leyes. Muchas voces se han destacado denunciando la
problemática y no se han oído, así lo expresa Vargas Llosa, una voz entre
otras, “Se piensa que un
hombre fuerte, un hombre de carácter, un hombre con pantalones, que aplique
mano dura, puede ser mucho más eficaz que un sistema democrático para resolver
los problemas. Desde los problemas económicos, hasta el terrorismo o el orden
público. Pero es una aberración que no resiste ningún tipo de cotejo
histórico, la historia nos demuestra que las dictaduras son mucho más
ineficientes que las más ineficientes democracias, que dejan siempre una
secuela terrible de corrupción” No se oye porque estamos ante un sujeto que
está más vinculado a su angustia que a los otros. No piensa busca que alguien
lo salve y con ello se mete en la cueva del lobo. Se ejerce una violencia contra
uno mismo y contra del otro, es el goce articulado que define al sujeto en la
actualidad y del que se siente aterrado ante la posibilidad de perderlo.
Entre otras muchas consideraciones que hay que hacer, para
irle ganando terreno a tanta oscuridad, entender al sujeto origen de lo
inesperado, es solo una de ellas.
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