3 de julio de 2018

Relatos repetidos sin fin



Me invade la angustia que asalta cuando se repite sin cesar una misma historia. Al observar como alguien que va perdiendo facultades mentales cuenta una y otra vez el mismo relato. ¿Qué hacer? Es el pensamiento que incomoda, le digo “si eso ya me lo dijiste” me parece que  es descortés, la persona puede incomodarse y sentirse herida, disminuida. No quiero herirla pero tampoco puedo atenderla con mirada interesada. Opto por oírla una y otra vez, quizás pensando en otra cosa, quizás llenándome de angustia porque no se da cuenta, por la decadencia humana que todos vamos sufriendo con el transcurrir del tiempo. Pero después de múltiples repeticiones entiendo que algo tengo que hacer con mi angustia y con mi tiempo y sin pensarlo estallo. Ya me has contado lo mismo mil veces ¿es que no te fijas con quien hablas? Es que ni siquiera oyes lo que te respondo, es que solo estas fijada en ti misma. Porque de repente caigo en cuenta que no se trata de pérdidas de facultades sino de un goce por oírse a sí mismo una y otra vez. Por mantener la voz cantante, por protagonismo, por desprecio a los otros.

“Cada loco con su tema” como reza el refrán. Se habla y se habla sin cesar y poco importa el interlocutor, sus respuestas, sus argumentos, sus interrogantes. La vía perfecta para seguir repitiendo los mismos errores, para caer siempre en las mismas trampas, para no avanzar en otras direcciones, para no cambiar cuando el sufrimiento abruma. Un mundo de locos caminando por las calles sin rumbo y hablando a sus propios fantasmas. Desalienta y fastidia enormemente oír siempre los mismos relatos, que las personas se nos hagan fácilmente predecibles, que antes de abrir la boca ya sepamos que van a decir, como van a reaccionar y cómo van a actuar. Pues tengo la impresión que eso es lo que estamos viviendo en estos tiempos detenidos. Cada quien contando un pequeño relato a su manera, los hechos, la realidad, los diferentes momentos no cuentan. Nada se aprende de la experiencia y de resultados obtenidos porque no se interpreta, no se piensa. El protagonismo va cobrando su saldo porque el público comenzó a bostezar o simplemente se salió de la sala.

Me parece que lo peor de estos delirios atomizados es que el delirante está convencido de su propio personaje, se lo cree y da la vida por no ser desnudado. Si seguimos en esta locura cada vez veremos con mayor crudeza hasta donde se puede llegar cuando las defensas estallan. Iluminados saldrán a la calle (bueno ya están) con ideas cada vez más descabelladas y no faltaran sus apóstoles que lo secunden en sus hazañas. Si de repente me desperté con la ilusión de independizar a mi ciudad y me siento el elegido para llevarlo a cabo, salgo a la calle, agarro un megáfono y comienzo a vociferar. Aunque sea por curiosidad la gente se agolpará a ver qué pasa y convencido de que me reconocieron me creo el destinado a una epopeya. La mesa está servida para la representación del relato. No faltaran “sesudos analistas” que en seguida nos contarán el significado de tal movimiento y encuestadores que medirán los porcentajes de popularidad. Si el iluminado tiene cierta habilidad para mover masas informes y es seductor entonces estaremos distraídos por un tiempo. La representación tendrá innumerables capítulos hasta que un golpe de realidad derribe la tarima y los tambores dejen de sonar. Allí surgirán algunas preguntas elementales como ¿y ahora qué hacemos?

Aquí despertamos todos los días con nuevos relatos que se le ocurrieron a cualquiera en su noche de insomnio. Pareciera ser un “a ver si la pego” y digo lo que la “mayoría” quiere oír. Cabeza para la ficción tenemos, sin duda, pero escasea de forma alarmante las estrategias serias para atender las verdaderas penurias que sufrimos los venezolanos. Es vergonzosa la irresponsabilidad de estos protagonistas que ya agotaron su papel y que se mantienen en un silencio ominoso. Pareciera que de nuestro diccionario se borró la palabra “política”. No existe una propuesta de país, no se piensa que queremos como salida de este infierno. Mientras tanto cada quien alimentando su propia locura. Mónadas sin puertas ni ventanas. Contamos nuestro cuento sin fin y no importa si el otro escucha, y no importa ninguna opinión. A lo más que llegamos es a insultar cuando alguien se empeña en darnos otra visión. Solo quiero oír mi cuento y por ello lo cuento una y otra vez para que no quepan dudas, ni siquiera las propias.

Trabajemos por volver a encontrar los nuevos símbolos que necesariamente tendrán que surgir. Esa ha sido la historia de la humanidad en su eterna búsqueda de los vínculos sociales necesarios. No es posible vivir atomizados y enarbolando un individualismo a ultranza porque para el ser humano es imposible una vida en total solipsismo, nos necesitamos. No es posible vivir odiándonos y tratándonos como enemigos por mucho tiempo sin que estalle una guerra y terminemos de destruirnos. Es preciso escribir un nuevo relato de patria, para ello la imaginación humana puede ser asombrosa una vez que se tenga un adecuado diagnóstico.  La función más noble del ser humano es pensar y por lo tanto hablar, comunicar y entendernos. En los más intricados capítulos de la humanidad el hombre ha enarbolado banderas de liberación y progreso, en esta etapa devastadora no tiene por qué ser distinto.

En un extraordinario libro “De animales a dioses” Yuval Noah Harari expone de forma muy amena como el hombre se ha abierto los caminos por asombrosas redes de cooperación en masas, innovadas, no vistas hasta ese momento. Los mitos humanos que suelen ser muy fuertes y que los seres humanos no abandonan con facilidad, son los que permiten la unión entre los hombres. Pensemos, por ejemplo, en las religiones, nacionalismos, y en el dinero. El cemento universal, expresión que utilizo David Hume para referirse a las reglas de la causalidad y que podemos transferir a el ordenamiento social. ¿Qué hace que las sociedades se mantengan unidas y no se disuelvan? Podríamos contestar los grandes relatos. Eso sí apegados a una realidad y no delirantes.

27 de junio de 2018

Llegará una semana



Todos tenemos conciencia de que estamos en una profunda “crisis”. Cuando decimos que todo está en crisis ¿a qué nos estamos refiriendo? Para contestar a esta pregunta sólo basta ver que nos evoca en nuestra cotidianidad la palabrita, que no tiene nada de simpática. Lo primero que aparece como representación es que todo está al revés de como consideramos deben estar las cosas en nuestro reducido mundo. Nada funciona adecuadamente, mucho de lo que valorábamos perdió su valor y aquello que reconocíamos y nos reconocía simplemente se esfumó. Entonces nuestra crisis actúa en dos vertientes, es la sociedad en la que vivimos la que está en crisis y somos cada uno de nosotros, que como consecuencia, también estamos en crisis. No tenemos nada firme y controlado, no sabemos cuáles serían las mejores decisiones, las opciones están ausentes y nos movemos como en un laberinto, desconcertados y dando bandazos. No son momentos confortables ya que no estamos diseñados para vivir sin un mínimo de confianza y certidumbre.

Ahora deberíamos pensar que es lo que realmente se nos movió de lugar, se desenfocó. Perdimos en primer lugar eso que podríamos denominar la normalidad, aquello en lo que vivíamos sin prestarle mucha atención, digamos ir a una farmacia y encontrar las medicinas, ir al automercado y encontrarlo abastecido con numerosas ofertas, salir a la calle y estar protegidos por los órganos de seguridad del estado, abrir el grifo y que salga el agua, prender la luz y que el bombillo se active e ilumine el ambiente; cosas sencillas que deberían formar parte de la cotidianidad, del hábito, de la costumbre. Es decir, actos que realizamos de forma rutinaria y automáticamente y de las cuales no hacemos conciencia sino cuando este estado de cosas se rompe y todo comienza a funcionar mal. Ya nuestras conductas no pensadas se vuelven un problema porque las herramientas con las que contábamos ya no funcionan. Digamos estas cosas enumeradas son las más sencillas, que molestan y mucho, pero no son las más importantes. Se puso patas arriba, también, la autoridad, el respeto, la guía política necesaria, la probidad, el honor, la justicia y la sensatez. Larga cartilla que podríamos definir como la civilidad, quedan cenizas, restos deformes de lo que alguna vez sentimos como “la normalidad”.

Valga decir entonces que si no entramos en crisis no hacemos reflexión de lo que es justo y saludable para vivir dentro de unas coordenadas razonables de armonía. Toda crisis augura un cambio, es verdad, pero lo que nunca podemos predecir es si este cambio va a ser para bien o por el contrario nos va a sumergir cada vez más en un estado de caos sin fin. Por esta antesala a un cambio que predice una crisis es por lo que a algunos terapeutas de la salud mental les gusta cuando sus pacientes entran en una crisis. Pero cuidado, en una situación terapéutica esta crisis debe ser controlada y pulsada por el terapeuta, no se puede pasar de un límite no tolerable porque el paciente podría estallar y producir un resquebrajamiento de su psique sumamente peligroso, que lejos de ser beneficioso puede conducir simplemente a la locura.

Así mismo podemos hablar de los procesos sociales, no se puede ahondar sin fin en una crisis porque las sociedades estallan. Cuando todo es un desorden, cuando ya no podemos ni siquiera razonar porque todo nos suena a un tremendo disparate, cuando se va ensayando improvisadamente una y otra salida a este gran laberinto, entonces la situación se hace insostenible y se produce el estallido. En esas puertas estamos y los ciudadanos vivimos con una sensación de catástrofe. Depositamos por un tiempo nuestra confianza en políticos con trayectoria porque suponíamos que debían haber acumulado una mayor experiencia en estas lides críticas. Pero se vieron también perdidos y la confianza desapareció.  Así que sin timón y sin capitán navegamos por los mares embravecidos, aun sin vislumbrar tierra en el horizonte. Los tripulantes comienzan a lanzarse por la borda.

Llego el momento de organizarnos seriamente, con el agravante que no tenemos sindicatos, gremios, o cualquier otra organización de base que pueda tomar el relevo de la dirigencia política. Por ello vemos como estallan en distintos lugares, urbanizaciones, barrios, o en diferentes sectores como trabajadores de la salud, profesores universitarios, protestas diarias sin mucha fuerza. Mientras el tiempo pasa y la gente se va del país. Las organizaciones políticas hablan de un trabajo “puerta por puerta” me pregunto ¿habrá tiempo? La angustia peor del momento crítico que atravesamos es la sensación de no estar haciendo nada mientras morimos de inanición. El estar en crisis produce mucho sufrimiento pero alivia cuando sabemos que tenemos herramientas para salir de ella y volvernos a construir. Lo que enloquece es sentirnos en un hueco, asediados, maltratados sin que se avizore una cuerda, una escalera por la cual poder escalar.

Esta semana se anuncian varias huelgas indefinidas, como todas las semanas estaremos a la expectativa, como todas las semanas tendremos decepciones, como todas las semanas seguiremos con nuestra gran batalla por el día a día. Pero estoy segura que llegará una semana en que esa rutina estalle en mil pedazos, porque toda esa rebeldía y rabia se desbordará sin ningún cauce como ya estamos presenciando los síntomas.


19 de junio de 2018

Somos rebeldes y rebeldes seguimos



El mundo está dando claros indicios de un cambio radical. Esa seguridad en la que vivieron nuestros antepasados, desapareció. El apego a las costumbres, la tradición, las creencias fuertemente arraigadas ya son cosas del pasado, asuntos que narraban los abuelos. El hombre actual se desplaza sin ataduras, su tiempo transcurre vertiginosamente y los espacios que ocupa no son ningún impedimento para desempeñar labores en cualquier parte del mundo. Los intereses varían a lo largo de la vida según los vaya guiando la moda crematística, no hay verdadero interés por ser un experto profundo en una disciplina determinada, sino por ganar fortunas. El dinero es el símbolo de seguridad, de estabilidad, de éxito; el factor por excelencia para hacerse de un lugar con prestigio. Así que el hombre se transformó en un pescador de signos, pero no de signos de presencias (Lacan)  sino de signos de los objetos que confieran prestigio. El mundo líquido que tan bien nos describió Zygmunt Bauman.

Como todo tiene sus consecuencias y hay que asumirlas se quiera o no, esta voracidad despertada por adquirir la felicidad en las tiendas, nos ha conducido a un talante nervioso, a un miedo generalizado y a una incertidumbre aun mayor que el que se tuvo durante muchas generaciones. Las poblaciones crecieron exponencialmente, las riquezas se concentraron en pocas manos y los objetos de prestigio quedaron para ser codiciados a través de las pantallas televisivas. Se desordenaron las sociedades, comenzó a reinar el malestar y se impuso la competencia, la trampa, las zancadillas, la mentira y la avidez por el poder. Solo el que tenga poder, tendrá acceso a los placeres que ofrece la vida, pero claro la vida líquida. No se promete ni placeres duraderos, ni bienestar estable; para jugar al juego planteado se tiene que saber que todo es efímero, que todo se acaba, que puede venir un arrebatón del destino o, mejor dicho, del que creías era tu socio fiel. Así que tenemos que estar atentos, también, a los signos que indican posibles traiciones. El síntoma por excelencia es de carácter paranoide. Todo bajo sospecha porque por cualquier rendija se escapan las certezas. Son líquidas.

Afirma Roland Barthes que en la sociedad actual el hombre invierte su tiempo “leyendo” es decir descodificando, interpretando para poder ubicarse en su espacio por un tiempo limitado. Todo le es confuso y la sospecha lo abruma.

Al tener como herramientas el lenguaje -somos seres inmersos en la semiosis- la capacidad de comunicarnos y de interpretar los signos es por excelencia la tarea a la que nos avocamos. Cada sociedad va a tener como marca distintiva la forma en cómo se comunica y los signos que atiende e interpreta, teniendo como colofón el entramado simbólico de una cultura que confiere el contenido, el marco de referencia general por el cual nos entendemos. Ese entramado complejo se revela a través del conocimiento y de las artes principalmente, es decir la creación, el pensamiento y el discurso. Es el resultado de las costumbres, de los valores y de la ética, esas extrañas palabras casi en desuso que apuntan a la madera con las que se conforma un ser cuando se da a la tarea de ser humano. Generalmente no hacemos consciente este trasfondo simbólico, simplemente vivimos inmersos en él, hasta que comenzamos a sentirlo como una camisa de fuerza, hasta que nos conmina a actuar de una manera automática, hasta que el sufrimiento por el determinismo nos ahoga y la libertad se nos vuelve imperativa. Es entonces cuando nos detenemos, y comenzamos a pescar signos que nos conduzcan a las ideas que nos ahogan. Tenemos la potestad de cambiarlas solo cuando las hacemos conscientes. Esto bien vale para sociedades como para el individuo.

Así que podemos informar, mentir, engañar, dominar o liberar. Estos canales comunicativos con sus signos y símbolos de fondo, se manifiestan de forma privilegiada y se mantienen por épocas e incluso por generaciones, acostumbrando a los habitantes de un territorio a cierta naturalidad, sin que por supuesto sea natural. Lo que precisamente distingue al ser humano de los otros seres vivientes es la posibilidad de cambio, de deshacer los errores, es decir de pensar. Hacer visible esta realidad fue el gran logro de Sigmund Freud, el “inconsciente” que se revela en sueños, lapsus, síntomas y por el cual sufren los Neuróticos. Más tarde Carl Jung toma la misma idea y la aplica a conglomerados y postula su “inconsciente colectivo” aunque ya Freud lo había anunciado en varias de sus obras. Las sociedades, su dinamismo, el individuo y el sufrimiento humano podemos entenderlo con la estrategia de la sospecha, siempre una pregunta para el inquieto ser humano. ¿De dónde proviene tal imposición? ¿Por qué debo obedecer a tal orden? ¿Qué me llevó a actuar de una manera no consentida? ¿Quién soy realmente?

No podemos acostumbrarnos a la destrucción y a la barbarie. No podemos ver como normal tanta aberración y el desparpajo con la que se lleva a cabo tanta ignominia. Ya el solo hecho de sentir una profunda repulsión por estos actores de lo macabro, es de por sí, un acto de resistencia. No dejemos de pensar y de leer las crónicas cotidianas de nuestros escritores que van dejando testimonios. No dejemos de pensar y reclamar nuestros derechos. No dejemos de sorprendernos e indignarnos por cada movimiento de desprecio a nuestra nación. No perdamos los signos que nos alertan sobre la locura y denunciémosla así como insania. No podemos dejar que los signos y símbolos que tratan de imponer para la formación del “hombre nuevo” se apodere de nuestro ser. La rebeldía que siempre nos ha caracterizado está allí y goza de buena salud, aunque a veces no nos guste la forma como se expresa; es un buen síntoma de que no nos han podido doblegar. Nadie, absolutamente nadie está encumbrado para señalar a otros su destino. Rebeldes hemos sido y rebeldes seguimos, es nuestro gran capital junto con la certeza de que todo cambia y cambiará. Es tarea de la dirigencia política encauzar la rebeldía.