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Hans Kauters |
Uno de nuestros problemas es creer que hay conclusiones definitivas en política y que es factible llegar a un final, es decir a un producto terminado. El creer que, una y otra vez, elegimos al líder indiscutible y sabio que nos conducirá hacia ese final. No nos debe, entonces, extrañar que la realidad nos arroje al lodazal del fracaso, a la decepción, devolviéndonos a un principio nunca acabado. Allí, entonces comienza una tristeza que cada vez se hace más crónica. Cómo no vamos a estar tristes y golpeados si somos objeto de una guerra no convencional de exterminio. A ese foso nos zumban con la desfachatez de decir que caemos convencidos de que era necesario para lograr el sistema de justicia y libertad anhelado. Debemos ser sacrificados para la salvación de la nación y la glorificación de un proyecto. Interesante expresión de una pasión religiosa. Como se lamentó Émile Zola en el famoso “Yo acuso” del caso Dreyfus “Las estúpidas pasiones políticas y religiosas ya no quieren comprender nada”.
No, no es cierto. Lo verdadero es que estamos muy cansados, que vemos los tiempos duros a los que nos encaminamos con verdadero temor. Estamos más debilitados en todos los sentidos para nuevamente atravesar una dura tormenta. Hemos seguido tácticas de dirigentes estrechos de mira que, por temor de comprometer su situación personal, de admitir sus errores y rectificar siempre brincan hacia adelante con arrogancia y terquedad. Se nos pide callar y aguantar, se censura la crítica y la libre discusión. Muchos callan por temor a oírse y terminar de aceptar que sus esperanzas fueron nuevamente arrojadas al cesto de la basura de los futuros truncados. Callan, también, por miedo a ser tildado como vendido o traidor. No salimos de nuestra confusión, de situaciones absurdas y angustiosas, seguimos padeciendo el dolor del pisoteo descarado a la razón y a la dignidad.
El sentido de la democracia requiere permanecer abierto a un debate interminable y nadie tiene la última palabra. El que intenta ponerle un punto final a ese debate está de alguna forma actuando de igual forma al adversario, anulando la libertad en favor a la servidumbre. Que se hable en representación de otros sin haber sido consultados es una impostura y una usurpación de voluntades inadmisibles. Mi voz y mi alcance es limitado, pero debo aclarar que no le he firmado un poder a nadie. Que no vendo mi criterio ni mis ideas y siempre manifestaré los desacuerdos cuando los tenga. Estos líderes que han contribuido a hacer más difícil la sobrevivencia de los otros les espera el olvido y el vacío histórico.
Como lo entendió Lefort la democracia tiene un sentido instituyente que no se agota en lo instituido y el contraste con el pensamiento totalitario nos indica el sentido. No es cierto que todo el que manifiesta ser democrático lo sea, los vemos conducirse con la indolencia y la arrogancia del totalitario. En las democracias más que guías o profetas lo que esperamos son eficientes detonadores de cambios. Seres sometidos al derecho, respetuoso del derecho individual y conmovidos con el dolor colectivo. Que no engañen y que sepan que los elegidos, lo que así se creen, terminan ingeridos por los agujeros de sus propios disfraces. Puestas en escenas que tienen un final, siempre baja el telón.
Los daños más difíciles de perdonar son los que se infligen a nuestra dignidad, el haber sido engañados y conducidos a una trampa por un iluminado “poseedor de la verdad”. Debemos aprender que se apoya a un proyecto con una organización estratégica. De los elegidos ya se encargarán los huecos negros de un real no simbolizado que nos trae la realidad.