2 de enero de 2018

Historia de amor y oscuridad




La Opera Prima de Natalie Portman basada en el libro autobiográfico de Amos Oz. Es la historia de la infancia de este destacado escritor israelí en una época muy difícil de su vida como fue el proceso social y político que se vivió durante la fundación del Estado de Israel. La película se enfoca principalmente en la relación de Amos con su madre y en la influencia decisiva que esta sufrida mujer dejó en su vena literaria y en su bondad humana. Comprensión más que odio y fanatismo nos trasmite Amos en sus análisis sobre la tragedia entre Israel y Palestina. La madre de Amos sufría de un trastorno psíquico importante (en la película no queda bien delineado) que la martiriza de una forma cruel hasta que decide  acabar con su vida cuando Amos tenía 12 años de edad.  Entre el profundo amor por su hijo y la oscuridad de su psique que la devora deja como legado el encanto de la sensibilidad sin desconocer la dimensión trágica de la vida. Así es Amos Oz y así lo transmite en sus escritos por los cuales ha sido reconocido como uno de los escritores israelíes  más destacados del siglo XX.

Es una película sin muchas pretensiones, con la lentitud e iluminación propia de un drama, que logra su cometido al estremecer al espectador con el amor y la profunda tristeza que tan bien sabe interpretar Natalie Portman. En efecto Natalie desempeña el papel principal siendo también directora, guionista y productora, lo cual a todas luces no es nada fácil. Es una explosión de emociones en un despliegue elegante y sobrio que carece de mayores expresiones y desesperos. Un juego de miradas y gestos entre madre e hijo en la que se siente sus íntimas conexiones y reconocimientos. No está cargada ni con consignas ni discursos políticos, solo pretende dar una visión humana de la vida particular de esta familia. Un invalorable testimonio de como un ser humano se quiebra cuando la realidad social impide un minuto de sosiego. Una familia que había escapado de la escalada de horror en Europa para encontrarse atrapados en el conflicto que marcan el fin del mandato británico y la guerra de independencia de Israel.

Amos (Amir Tessler) es un niño solitario y retraído, ensimismado en un mundo de fantasías y en el laberinto enigmático de la madre, quien fue su más importante contacto en la primera infancia (nunca tuvo una buena relación con su padre). Sin embargo mantiene un talante alerta y vigilante con una mirada interrogante y una inquisitiva conciencia. Le era imperativo ir poniendo orden comprensiva entre tanta amenaza acechante. Desde entonces se podría afirmar que su mayor deseo es conseguir la normalidad en el sionismo más que la revancha o la justicia. Buscó promover el acuerdo y la comprensión, lo que implica reconocer que también para el otro (los palestinos) la vía bélica es una tragedia. Por esta posición conciliatoria Amos ha sido catalogado de traidor a su causa, no pocas veces. Su voz que no ha cesado de sonar fue alimentada y promovida por una madre que le contaba cuentos todas las noches antes de dormir y que lo conectaban con el amor por la vida. Cuando ya Amos fue capaz de irse construyendo su propio mundo, de apropiarse de su voz, su madre fue enmudeciendo y alejándose paulatinamente, nada más la ató a la vida.

En sus escritos Amos no ha dejado de señalar los conflictos y las angustias de la sociedad israelí contemporánea y sobre todo el nivel de infelicidad que se alcanza al quedar atrapados en ideologías, fronteras y un pasado histórico cruel. Sociedades que repiten sus rencores en una incansable sed  de venganza y no pueden redimir sus dolores en aras de construir un porvenir sin el pesado lastre de una historia que nunca debió producirse. Su lucha es contra el fundamentalismo en cualquiera de sus manifestaciones incluyendo la judía. No se defiende cuando lo endilgan de traidor, manifestando “A veces un traidor es alguien que está un poco por delante de su época. Alguien que cambia a los ojos de los que nunca cambian” Es un abierto defensor de la solución de los dos Estados.

Amos es una voz disidente, distinta y provocativa que no puede ser acogida por el fanatismo sino expulsada con calificativos denigratorios. Pero es una voz que debería ser oída con atención porque habla y en voz alta. No dice lo que la mayoría quiere oír, es un irreverente con exceso de sensatez “Me indigna la gente capaz de matar por unas piedras. De verdad, no me importaría que se llevaran todos los lugares santos a Escandinavia durante cien años y, después cuando la gente se relaje, que los traigan de vuelta”. La combinación de una madre acogedora y trágica con un padre banal a quien Amos adversó, resultó en un ser combativo que no permitió ser devorado por su historia, sino por el contrario sus dolores y dificultades los invirtió en la creación y la reflexión, lejos de ser complaciente.

No queda sino felicitar a Natalie Portman por este sensible y justo inicio de su carrera como productora. La película, que ha tenido duras críticas, sabe trasmitirnos la ternura y el dolor de estos interesantes personajes inmersos en un conflicto de nuestro tiempo. Además con el gran valor de acercarnos a Amos Oz y su gran lección para todos los pueblos que sufren, es una elección el escoger la vida y sus fuentes creativas o quedar atrapados en el odio, la venganza y el recuerdo constante del dolor. Como bien dice Amos el recordar constantemente un solo aspecto de la historia es la forma más expedita para el olvido.

28 de noviembre de 2017

Perdón por la tristeza




Vivimos en una eterna despedida. Nos despedimos de los hijos que viven con nosotros hasta que crecen y buscan su propio destino. Es un duelo que elaboramos durante todo el trayecto de su crecimiento. Desde que los dejamos en el colegio, llorando y nos vamos llorando también, pero sin que nos vean, hasta que agarran su mochila y emprenden su camino. Nos quedamos con un desasosiego y angustia en casa pero con la satisfacción de un deber cumplido. Lo llaman el síndrome del nido vacío. Si tenemos suerte y se quedan en la misma ciudad, los podemos ver cuando nos visitan o vamos a sus casas, para observar con admiración como van adquiriendo, cada vez más, sus características propias que les otorga la libertad de elegir.  Mas tarde ellos son los padres y podemos admirar las diferencias en como educan a sus hijos. Son diferentes los hijos y aprendieron de nuestros errores, por supuesto ellos también comentarán los suyos y serán corregidos por sus propios hijos. Y así transcurre la vida cuando se vive en normalidad.

Después es un deleite contar con los nietos, verlos crecer con esa alegría e ingenuidad de la infancia. Contestar a sus preguntas. Aún recuerdo la cara de asombro de mi nieto cuando se enteró que yo era la mamá de su papá. Encontró en mí una aliada para neutralizar las órdenes paternas o para conseguir una respuesta que el papá no quería darle. Picaba su ojito y asomaba su sonrisa pícara. Mi nieta, toda una dama desde que nació, dando indicaciones en donde quería le pusiera una piscina o bailando coquetamente por toda la casa. La alegría se desbordaba por las ventanas con solo sus presencias aunque al final parecía que por casa había pasado un huracán. Rompen rutinas, llenan de asombro y ternura, logran conectar con lo mejor de la existencia, son amores incuestionables y para siempre. Si, son huracanes de vitalidad los hijos y más tarde los nietos. Así transcurre la vida en un país normal. Así son las despedidas en cualquier vida que transcurra en sociedades justas, se van los hijos y los nietos pero pronto volverán con sus caritas inquietas.

Se fueron los hijos y los nietos, ya no están cerca. Se fueron como es natural a buscar nuevas oportunidades, a buscar una vida donde se pueda ir a los parques, donde se pueda ir de excursión y hacer deportes. Donde haya teatro, museos, cine, libros y posibilidades de una buena educación. Aprenden idiomas, se llenan de vida y de experiencias distintas, aprenden a convivir con sociedades diferentes y entender la manera ordenada y justa de respetar a los otros. Salieron de un basurero en que se transformó su país; ya la muerte no los acecha cuando salen a caminar por las calles, ni cuando van al colegio. Poco a poco se irán haciendo más extraños a su cultura de origen. No sabemos si regresarán, no sabemos incluso si van a querer regresar. Se fueron sin pasaje de retorno. Es esto lo que duele sin consuelo, que se fueron empujados por la inhospitalidad. Porque lo natural es, como dice Serrat:

Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir. Por eso nos parece que son de goma y que les bastan nuestros cuentos para dormir. Nos empeñamos en dirigir sus vidas sin saber del oficio y sin vocación. Les vamos transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción. (…) Nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan adiós”.

Los que nos quedamos aquí estuvimos muy ocupados tratando de recuperar al país, marchas, trancazos. Votamos contra viento y marea, con las ganas de poner orden en este desastre, con las ganas de adornar la casa para cuando regresen. Si, quizás regresan, nos dijimos. Pero nada nos alcanzó el fin de año divididos, peleando entre nosotros. Con las instituciones rescatadas destruidas, inoperantes. Nos dimos cuenta que seguimos repitiendo los vicios de siempre, una manera de hacer política deshonesta, tramposa. Salieron a la luz muchas maniobras ocultas e interesadas. Se incumplió con la palabra dada y como era de esperar la oposición se dividió. Por los momentos no avizoro una salida hacia nuestra libertad, el horizonte se tornó aún más oscuro, y también tuvimos que despedirnos del deseo por excelencia de las mentes liberales. Como dijo Herman Hesse “Para que un mundo nazca. Otro ha de morir” Y ese mundo que nos llevó a esta tragedia está gozando de buena salud. Trampas, vivos de pueblo, ausencia de virtud y desprecio por la ética. No hay educación para conformar ciudadanos comprometidos con su patria y los dirigentes no poseen la entereza personal, táctica y política para la enorme tarea que les toca encarar. Es otra despedida dura y muy dura.

Así que como Alfredo en Cinema Paradiso le dice a Totó “No regreses, no pienses en nosotros, no te dejes vencer por la nostalgia. Vete y no mires atrás. Y si no resistes, si vuelves, no te abriré la puerta” En la nostalgia podemos quedar atrapados incapaces de trazarnos otros horizontes. Hay que escapar de la posibilidad de quedar atrapados y por los momentos esta es la sensación de los que ocupamos este territorio. Es una despedida de las fiestas, de las comidas típicas de Navidad, de los regalos y de la familia. El país se nos apagó, no se ve nada con claridad. Perdón por la tristeza.

También me despido hasta Enero donde retomaré lo que sé hacer, pensar y ordenarme por escrito. A todos les deseos lo mejor posible con un fuerte abrazo de reconocimiento en nuestro dolor.

21 de noviembre de 2017

Como empanadas engavetadas




Y la empanada desapareció. Fue engullida, tragada, devorada con solo dos mordiscos. Su devorador, anticipando la satisfacción de la necesidad instintiva, se relamió como un depredador antes de cazar a su víctima. Salió de una gaveta, donde no deben estar las empanadas, sin servilleta, sin envoltorio, sin ningún signo de adorno humano. Sola, desnuda, grasienta, fría. ¿Anteriormente donde estaba? ¿Quién la colocó allí? La trajo en el bolsillo, probablemente, y antes de posar su abultada figura frente a las cámaras de televisión la colocaron allí, en la gaveta de un escritorio. Estaba hambriento, siempre hambriento. Una necesidad que pareciera no se sacia, una necesidad que la siente como hambre y no se satisface con comida, una necesidad devoradora. No ha tenido tiempo de configurar un deseo, no hay el rango de la simbología, no hay la estética con la que el ser humano adorna sus comidas, solo devora como un animal.

El devorador va tragando todo a su paso. Traga ideologías sin tener capacidad de digerirlas, se traga a la gente, se traga los deseos humanos, se traga al país, se traga a sí mismo. Todo queda reducido a la biología, todo queda reducido a objetos que pueden ser suprimidos e introducidos a un interior de los propios cuerpos. Nada puede quedar afuera porque se vuelve amenazante, aterrador. Todos sus actos son desmesurados, no hay límites, no hay un basta, no hay pudor. Ni siquiera puede ocupar su semblante con cierto adorno, no, todo es soez. La verborrea, los constantes lapsus, las incoherencias de un discurso ausente, la figura que destila grasa, los intentos de juego de palabras que terminan siendo morisquetas y por último la empanada. Está mal el tipo, está enfermo y la angustia lo devora con la misma intensidad como él nos devora a nosotros. Esto ya llegó a un nivel de canibalismo, jugando a los fantasmas se convirtió en un fantasma (Callois), en uno devorador. El temor es que al quedar devorados pasemos a ser parte de este primitivismo sin deseos. Ya hay signos, nos comenzamos a devorar.

Se trata de un trastorno de la personalidad importante. No se puede convivir con enfermos mentales sin tratamiento porque toda la familia queda infectada y comienzan sus miembros a manifestar los mismos síntomas. Los anoréxicos-bulímicos son seres encerrados en sí mismos, incapacitados de compartir porque se niegan al deseo y a la demanda, no quieren nada de nadie. No piden porque no desean. Seres tristes y desconfiados. Cabe preguntarse si este terrible mal ha comenzado a esparcirse de manera peligrosa. No queremos partidos políticos, no confiamos en nadie, no nos alegramos por nuevos signos esperanzadores, entregados a la destrucción de los muchos espacios construidos. Entregados a nuestra propia destrucción. Tenemos razón para estar decepcionados por las numerosas trampas, mentiras y jugadas clandestinas de algunos dirigentes, es imposible negarlo. Pero querer por ello destruirlo todo ya está a nivel de la coprofagia.

El ser humano es hambriento de signos, que indican el camino al deseo. Como Lacan señala no signos cualquiera, “signos con menú” signos de presencia. El deseo no tiene objeto específico como lo tiene la necesidad pero es el motor que impulsa la vida. Estamos hambrientos de libertad y justicia y nos tienen conminado a la satisfacción precaria de las necesidades. A las necesidades biológicas y sin ningún tipo de estética, como los seres humanos acostumbramos a revestir los actos propios de nuestra condición animal. Nos gusta poner una linda mesa, preparar los alimentos con amor y servirlos apetitosamente. Hacemos el amor en medio de rituales y con ternura. Depositamos los desechos corporales encerrados y eliminando los malos olores. Por respeto y porque pertenecemos a un mundo simbólico, porque hablamos y pensamos. Cuando vemos a personas comiendo de la basura, defecando en las aceras o haciendo el sexo como animales se nos encoge el corazón porque sabemos que ha sido degradado  y no es respetado o no se respeta en su condición humana. No somos reconocidos, somos fagocitados. No se nos reconoce en los deseos individuales, somos reducidos a objetos.

Como Sófocles lo ejemplifica en su Antígona, el sujeto quiere ser representado en un deseo que no se doblega, no se trata de una emoción particular e interna no revelada, el deseo se despliega en lo político y en lo social. Antígona lucha contra una ley impuesta por Creonte por una ética que no negocia, va a enterrar a su hermano aunque le cueste la vida, como de hecho sucede en la tragedia. El deseo estructura lo social y lo político porque todas estas construcciones humanas pertenecen al mundo simbólico, al mismo tiempo que estructura al sujeto. La necesidad primigenia pertenece al mundo animal, los objetos están allí fijos para ser devorados, no hay ética, no hay estética, no hay sujeto, no hay política ni vida en sociedad. Por ello la empanada engullida en cadena nacional, relamida y sacada de una gaveta es un símbolo de como el gran depredador nos quiere, como empanadas engavetadas.