31 de marzo de 2015

Birdman

La película de Alejandro Gonzales de Iñárritu es extraordinaria por donde se quiera apreciar. No nos vamos a extender en los aspectos técnicos de planos, cámaras y fotografía, música o actuación que de por sí merecen todo el aplauso y premios a una excelente creación, vamos a ahondar en la importancia de la trama desde el punto de vista psicoanalítico, porque es toda una lección de aspectos de la vida psíquica, no solo de actores, sino del ser humano en su lucha por la búsqueda de un nombre. Riggan Thomson, personaje magistralmente interpretado por Michael Keaton, es un actor de cine en Hollywood conocido como el actor de Batman y por lo tanto identificado con superhéroes, acción, con efectos estremecedores que según le dice su alter-ego “Salvas a la gente de sus vidas aburridas y miserables”. Decide ir a Brodway e incursionar en la vida del teatro en una obra en donde el será el director y actor. Decisión que toma por encontrarse con una vida fracasada, deprimido, angustiado y con una fuerte necesidad de dejar atrás su postura de superhéroe, la que por supuesto trae consigo. A punto de enloquecer va en búsqueda de su obra que le confiera un nombre propio hecho a su medida y por el cual sea reconocido. “El Santon” término que utiliza Lacan para denominar el síntoma con el cual uno se identifica para evitar enloquecer. Efectos de creación que amarran la locura y que representan lo que uno es y por lo cual se quiere ser reconocido.

No le es para nada fácil su aparición en Brodway en las que tiene que lidiar con dos personajes de la zona, uno es su principal actor Michael Keaton (Edward Norton) quien decide retarlo constantemente y cuestionarlo en cuanto a la artificialidad de todo lo que está en escena. A él por el contrario “nada le es imposible en un escenario” es allí donde se siente lo que realmente es, actuando, de resto su vida y el mundo real por el cual tiene que transitar le parece un verdadero fraude, él se reconoce como un fraude, “En el escenario no finjo, finjo en cualquier otro lado”.  Reconocido como un gran actor y en su ciudad ha podido compensar su terrible decepción que le causa su vida. Es muy revelador cuando le dice a San la hija de Riggan “te arrancaría los ojos los pondría en mi cabeza para ver la calle como lo hacía a tu edad”. Un hombre más joven que ha conseguido su “estabilidad” a través del narcisismo desplegado en escena, narcisismo que por el contrario terminó por enloquecer a Riggan, ya un hombre de más edad y con una vida alejada de su esposa e hija por no haber podido amar lo cercano en la búsqueda constante de querer ser amado por un público en su actuación de superhéroe. A este egocentrismo se le enfrentan otros egocentrismos que constantemente le recuerdan lo que él mismo entendió y lo desestabilizó “Mentiras no te reconocen a ti ni a tu trabajo, conocen al tipo con el disfraz de pájaro que cuenta historias raras en entrevistas”.

El otro personaje con el que tiene que lidiar es con una crítica de teatro de mucho prestigio y quien le jura lo va destrozar a él y a su obra. De entrada esta mujer no acepta que venga un mediocre actor de comics a Brodway a ocupar la escena reservada a grandes actores reconocidos. “Es un payaso de Hollywood con un disfraz de pájaro” manifiestaTabitha Dickson quien vive bajo la identificación con su lugar, la de ser la voz más reconocida en la evaluación de obras de teatro y manejar con desparpajo el poder. Lo que ella aprueba es aprobado y lo que ella desecha es desechado, a ella por lo tanto hay que rendirle pleitesía y a ella tiene que  seducir todo aquel que quiera triunfar en las tablas de New York. Riggan que ya sabe que tiene que resucitar de sus cenizas, que ya no puede jugar al juego de los simulacros, que sabe que de un solo acto depende el ganarle la batalla a la muerte, no se asusta ante sus amenazas sino que la reta y le devuelve su propia impostura. Deja sobre la barra del bar un papel que le había dejado un crítico de teatro cuando lo vio actuar en el colegio “Gracias por una actuación sincera” la cual marcó su vida. Se deshace así de las improntas que lo determinan y sale al mundo decidido a hacerse un nombre o a morir.
Estos personajes atormentados y ocupando lugares en un mundo fuertemente competitivo y anodino, aferrados con amarguras en sus trincheras solitarias, desempeñan sus fracasos escondidos en un narcisismo que no pueden cuestionarse pero si lo cuestionan y de forma despiadada en los demás. No es que no digan la verdad es que esa verdad no se la dicen a ellos mismos porque no pueden, saben que enloquecerían y se protegen. Nike estando en escena se voltea al público y les dice “No sean tan patéticos, ¡no vean al mundo a través de sus celulares! ¡Tengan experiencias reales! Todo en este teatro es falso, lo único de verdad es este pollo.” Al agarrar al pollo se le cae la estantería que es, por supuesto, mampostería. Cada quien está jugando a un juego de sobrevivencia en una sociedad ajena y vertiginosa que, sin duda, tiene su mejor expresión en New York. Alguien sin internet, sin Facebook y sin twitter es un ser anodino, no es nadie como le dice Sam a su padre. El único, y por ello mismo sobrecoge, es Riggan batallando con su disfraz de Birdman y buscando con desgarro su propia verdad. Dos personajes en su vida ayudan y hacen de ese operador que Lacan denomina “El nombre del Padre” su exmujer y su hija, que son las dos personas que lo llaman al amor y que le señalan sus equívocos de una forma compasiva, los únicos momentos donde él y su voz se silencian. El llamado a trascender el narcisismo.
Al final dos actos en uno le devuelven su tranquilidad y su encuentro con la creación de él mismo, un tiro y una actuación magistral que doblega el odio de su amenazante crítica. Riggan sale volando, pero ya es otro vuelo el que presenciamos, vuela hacia su propia libertad como lo manifiesta la sonrisa de su hija. El deseo de muerte queda vencido y a los sesenta años sin que querer vivir como si tuviera treinta (como le indicaba su voz perseguidora) ya sabe que es el dueño absoluto de su propia existencia para bien o para mal como es la vida, sin seguridades. Su alter ego queda en la clínica ya desvestido de sus superpoderes, en el baño y doblado. Se despoja del fantasma o como diría Lacan “lo atraviesa” Una obra psicoanalítica aunque Alejandro Gonzales Iñárritu no lo sepa, o si, ¿quién sabe?. Por lo pronto le damos las gracias por hacer un cine que no pretende sacarnos del tedio sino que nos hace pensar en nuestras propias vidas, conservando al mismo tiempo la virtud de manejar con una destreza única los encantos de un buen espectáculo. 

24 de marzo de 2015

La contradicción

 
La ética en el mundo actual se debate ante una seria amenaza, la cual consiste en sentir muy lejanos los deberes y derechos; no se sienten las responsabilidades como el ingrediente esencial de la condición de ser humanos. Antes todo estaba más cercano, así se encontraban los otros con los que nos unían lazos de empatía, los conocías, los necesitabas y los extrañabas. Ahora no, la globalización, la interdependencia de los países y la tecnología nos han obligado a pertenecer a un mundo amplio y sin fronteras al que aún no sentimos como propio. Se pierde, de este modo, un sentido de pertenencia y con ello el sentido de responsabilidad. Se nos presenta entonces una seria contradicción, seguimos atentos, si acaso, por los actos que afectan a los seres del entorno, pero no consideramos los actos que afectan a una globalidad amplia porque no tenemos conciencia de ellos, no los consideramos. Resulta que al no ser ya unas islas perdidas en mares tranquilos, sino por el contrario, al ser y pertenecer a un todo engranado, la mayoría de nuestros actos, como personas o como países, están afectando al mundo y su difícil batalla por una convivencia armoniosa. La contradicción se agudiza cuando los discursos se dirigen a la ilusión de soberanía radical; “no se metan con lo que pasa en mi casa, no es su asunto”, engañosamente predicamos henchidos de una prepotencia preocupante. Esa noción de entender que cuando se maltrata a una persona, más si es un niño, es también asunto de todos. Cuando se maltrata a los animales o se atenta contra un ambiente sano, es asunto de todos. Cuando un país se encuentra secuestrado por una banda de malhechores y los ciudadanos padecen las consecuencias de los malandros, es un asunto de todos. Un Estado forajido y creencias fundadas en dioses asesinos es asunto de todos. Aunque estos actos ocurran a kilómetros de distancia y los conozca al instante, aunque el tiempo y el espacio ya no tengan las dimensiones de antes, todo lo que nos pasa en el mundo actual, sea favorable o no para una vida buena, es asunto de todos.
La imagen es una ética artesanal, casera en un mudo que alcanzó niveles de alta complejidad. Un mundo en donde las Naciones se interrelacionan en todos sus asuntos y en los que se establecen vínculos de necesidad, surgen voces que suenan como traídas por máquinas del tiempo y que resuenan en el ambiente como antepasados remotos hablando de un mundo que se extinguió. “Esto lo resolvemos nosotros” y dan la impresión de no saber qué es lo que se tiene que resolver, ni cómo, ni siquiera quienes somos nosotros porque la mentalidad que dirige esas palabras a los habitantes de un territorio no pertenece a este mundo. Es que las personas que habitan en cualquier lugar de este planeta, por sus vidas prácticas, saben que ni siquiera para alimentarse son autónomos, también saben que si quieren vivir con el confort que los adelantos científicos ofrecen, tienen que absorber los conocimientos y técnicas que otros países producen. Todos sabemos que si nos queremos salvar de vivir pisoteados por bárbaros que dejan a los países indefensos, otros países que son también afectados por la misma barbarie, pero que no están secuestrados, tienen que salir a  poner orden en una amenaza que es real y que se extiende como enfermedades malignas para la cultura. De qué sirve que vivamos preocupados por ser responsables en cuanto enseñar a nuestros hijos pequeños a devolver las cosas que no les pertenecen si no estamos preocupados por vivir en un mundo donde se opera a base de engaños y robos. De qué sirve que seamos responsables por alimentar y vestir a nuestros hijos y no nos importe para nada botar toneladas de basura y destruir el mundo donde deben crecer y vivir con salubridad. Pero eso sí, somos prestos para salir oriundos a vociferar en favor de una autonomía y un patrioterismo sacado de las malas telenovelas de amores fracasados. Nuestro mundo se tornó en un mundo de valores trastocados, ya solo somos una y simple contradicción.  
Un ser humano prepotente hasta los extremos que raya en lo ridículo, ubicado en un mundo que ha encaminado su desastre en erigir normas controladoras, no se llama a la conciencia se llama a la obediencia, y por supuesto nuestro rebelde sin causa se esfuerza en evadirlas. Brabucones que no se dan cuenta como han perdido su individualidad y su autonomía porque no está en su mapa de preocupaciones la responsabilidad de sus actos. La simple y llana contradicción de creerse dueño de sus peroles sin contemplar que esos peroles le pueden ser extraídos por un brabucón con mayor poder. Pero eso sí que no llegue nadie que pretenda hacer justicia porque nuestro brabucón saldrá a reclamar una autonomía que no tiene ni tendrá en un mundo de interrelaciones irreversible. Ya los mandatarios solo están para facilitar la colaboración entre los pueblos, su papel se ha reducido mucho en comparación a lo que fue el mundo de nuestros antepasados, solo quedan estas voces extraídas del más allá que se oyen como truenos en sociedades que demuestran un atraso cultural patético. Oírlos provoca carcajadas y salidas de humor muy finas, como humorísticamente Sonia Chocrón twitteó: “Estimado Mister Obama con mis choros no te metas”.  Salidas, sin duda muy ingeniosas propias de los seres morales que hacen evidente nuestras contradicciones y que nos sacan una sonrisa comprensiva pero al mismo tiempo recuerdan lo dramático del atraso cultural.  Nuestro brabucón transita en un nihilismo absoluto y ha convertido su prepotencia en un vacío existencial, vacío que no contacta pero que se manifiesta en cada una de sus bravuconadas huecas y sin resonancias. Ahora lo que no es admisible es que cuando la ignorancia del deber ético tiene como consecuencia la destrucción de las esperanzas y las ilusiones de otros, estos actores salgan con sus típicas coartadas del “no sabía”  o a pedir unas “disculpas” porque de lo que no se pueden escapar, una vez que actúan contra la moral, es de su responsabilidad y por ello deben pagar. De la ignorancia también hay que hacerse responsable. Contradictorio un mundo que ha alcanzado niveles de desarrollo técnicos y científicos asombrosos y que ha retrocedido en la madurez emocional que implica todo accionar ético. La ética es un logro pero un logro emocional que no da dividendos monetarios y aparentemente no tiene utilidad es por ello que un mundo práctico la ha descuidado tanto.
La honestidad con la vida es lo que nos hace coherente pero como dice Mafalda “no lo esperes de gente barata”

17 de marzo de 2015

UN FALSO DILEMA


 Que difícil resulta vivir en una sociedad desintegrada como es la nuestra en estos momentos.  Golpes fuertes recibidos todos los días con las noticias de personas buenas que mueren por la acción directa de estos desalmados que mal gobiernan, y si no es por acciones directas, es por la desidia y mala administración de la que también son responsables estos pésimos y dañinos actores.  Golpes que nos dejan con un dolor inmenso y las energías muy bajas para tener que lidiar, para colmo, con delincuencia en las calles, colas y vejaciones en los centros de abastecimiento diario; hacer turismo de peregrinaje farmacéutico para ver si tenemos la suerte de conseguir una o dos cajitas de un medicamento del cual, en muchos casos, depende la vida. Controles cada vez más férreos, captahuellas, racionamiento y una inflación galopante que ya de por si nos limita nuestro poder de adquirir lo necesario. La rabia se deja oír cada vez con mayor estridencia, como el comentario oído ayer “solo tenemos una vida y la estamos malgastando de esta manera” duro pero lúcido en su rabia e impotencia. Momentos en que todos vivimos con la sensación de una catástrofe eminente, nuestro mundo se desintegra y no se están oyendo con verdadera claridad las voces éticas que deberían predominar; surgen más bien las voces “racionales” cargadas de una superioridad intelectual que también ofenden cuando se está verdaderamente indignado. La indignación es un sentimiento ético que por supuesto los canallas no tienen o el que prefirió colocarse una careta “racional” oculta. La falsa dicotomía a las que nos invitó el siglo XX “hay que pensar y ocultar el corazón”.

Estas posturas asépticas nos van sumiendo cada vez más en un sentimiento de soledad. No importa el dolor, no importa el desamparo y la rabia que provoca la humillación a la que es sometido el ciudadano en su cotidianidad. No importa la muerte de nuestros jóvenes, ni importa que muera un hombre bueno en una cárcel del Estado. O sin ser tan duros sí importa pero –y aquí viene la disociación- a la hora de opinar o de hacer política hay que dominar esos estados emocionales para pensar con la “cabeza”. De esta forma nos abandonan los representantes del Estado, a quienes  cada vez les importamos menos (si es que alguna vez les importamos), sino también nos abandonan nuestra “elite-intelectual-racional”. Eso está sucediendo no solo en Venezuela, sucede en la sociedad moderna que orgullosa de su racionalidad y sentido común, está atravesando una etapa de mediocridad moral. Está prohibido apasionarse por los principios y valores, está prohibido mostrar alguna emoción cuando éstos, los principios, son gravemente traicionados o violados, porque salen las voces superiores y racionales a insultar o catalogar de pobres sentimentaloides a los demás. Nos obligan a desapasionarnos pero no surge una pasión nueva y se va cayendo en una apatía y en unas fuertes ganas de abandonar todo interés por ese apagado tono político. Como bien expresa Zygmunt Bauman “Los viejos dioses envejecieron y murieron y no han nacido los nuevos” Se cavó una brecha entre la política y el sentir moral del ciudadano y se deja en un vacío, por demás peligroso, al sufriente porque nadie se hace cargo de emociones que se acrecientan y terminan por explotar sin dirección ni concierto. Porque se ignoren los fenómenos éstos no dejan de existir, y terminan por sorprender en su manifestación a los que se convencieron de que es posible mantener una razón pura para interpretar los fenómenos sociales; y también de que es posible desestimar los efectos de alivio que causan acciones justas y apropiadas. Salen presurosos a desprestigiar las acciones de los defensores de la justicia internacional, con todo tipo de argumentos muy leídos y eruditos, y de esta forma vuelven a aplanar las manifestaciones catárticas de los hombres de bien.  Sinceramente lo que provocan es aumentar más la indignación.

Como hay que tomar en cuenta el contrargumento y adelantarse a aquellos que son propensos a los extremos, hay que aclarar que emociones desbordadas  que invaden todo nuestro espacio psíquico son también muy dañinas. Se trata de poner en duda este falso dilema o se es racional o se es emocional, somos una integridad somos razón y somos emoción y por lo tanto priorizar una sobre otra nos hace menos humanos, nos convierte en seres incapaces de alcanzar un verdadero encuentro con los otros. El desencuentro sobre el que Bauman expresa lo siguiente “Este es el ámbito del no compromiso, del vacío emocional, inhóspito tanto para la compasión como para la hostilidad; un territorio inexplorado, desprovisto de letreros; una reserva de vida silvestre dentro del mundo donde se desarrolla la vida. Por esta razón debe ser ignorado. Sobre todo, debe enseñarse a ignorarlo y debe desearse ignorarlo de manera inequívoca” Fenómenos a la vista tenemos y solo hay que estar atentos, ejemplo de una “racionalidad” sin visos de emoción no las dio de forma patética el que mal ocupa un lugar en la OEA y ejemplos de una emocionalidad desbordada y peligrosa también no las ofrecen los fanáticos de bando y bando en esta polarización hacia la que nos arrastraron, víctimas de una seducción que apela a la emoción sin permitir el trámite de la razón. Estas caretas que nos dividen como personas íntegras solo producen desencuentros porque es imposible sintonizar con una máquina sin emoción y porque las pasiones desbordadas no permiten el encuentro argumentativo necesario en el intercambio de ideas. En esta dinámica tan aceptada y poco analizada se esconde una de las perversiones de las actuales sociedades y en las que se hace tan cotidiana la censura y la descalificación entre nosotros mismos y nos hace muy vulnerable en nuestra soledad a los regímenes autoritarios.

Como acertadamente señala Víctor Krebs en su libro “La Imaginación Pornográfica” la verdadera reflexión no es solo “un proceso intelectual, no es la rapidez del intelecto con sus conexiones brillantes, sino el ritmo lento y pausado pero profundo e íntimo del cuerpo con su sentir y su emoción mediante el cual nuestras palabras adquieren su sentido real” Salgamos entonces de las trampas en las que caemos con tanta facilidad y dejemos estas posturas artificiales de ubicarnos en bandos tribales que no demuestran sino una desconexión con la esencia misma de nuestra humanidad. O como diría Sandor Márai “librarnos del vocabulario limitado de la razón”