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| Rafael Oblinski |
Solo estando atento a como hablamos y a qué nos referimos es cómo podemos evaluar que se está priorizando y valorando. En la actualidad nos estamos refiriendo principalmente a las supuestas acciones que despliega Trump en nuestro país. Es lo que priorizamos porque allí se tienen puestas las esperanzas de poder salir de nuestro infierno. En realidad, no sabemos a qué hechos nos referimos porque muchos son asumidos como actos de fe, así me lo dijeron, así lo creo. Esas personas asesinadas en el mar Caribe son traficantes de drogas sentenciadas por cometer un delito, la CIA actúa secretamente y todos nos enteramos que están en nuestro país. Maduro negoció con USA para salir tranquilamente y dejar a los hermanos Rodríguez encargados del paquete, y muchos, muchos cuentos más que se defienden y comentan como si fueran parte de una estrategia infalible.
Es la necesidad de mantener nuestra fe intacta, que nada la tambalee mientras nuestro presente transcurre paralelo sin ser intervenido por las palabras y, por supuesto, el razonamiento. En un excelente artículo de Jonatan Alzuru “Stalin Gonzales: un discurso vacío y sumiso” publicado recientemente encontramos la siguiente afirmación que compartimos “El principio que sostiene toda democracia no es la “esperanza” sino la soberanía popular, ese que la Constitución define como intransferible y ejercida directa o indirectamente mediante el voto. Cuando esa soberanía es violada, el deber ciudadano -también constitucional- es defenderla, no sustituirla por discurso de reconciliación”. Nos robaron las elecciones y todo discurso que parta de allí debe tener este hecho como una realidad no negociable. Pero, claro está, atendiendo la realidad de los hechos que suceden a partir de allí.
Se trata de rescatar nuestra soberanía con el poder de las palabras y la acción de los ciudadanos como apuntaba Hannah Arendt, no con espectáculos grotescos de acciones bélicas desplegadas por otro país. Nuestra soberanía reside en la capacidad de poder actuar en común, de comunicarnos y poder generar algo nuevo. La política es el escenario de esta acción desde donde deberíamos persuadir. La persuasión no es respuesta a unas amenazas inventadas, ni puede nuestro futuro descansar en pilares de cartón. Debemos comenzar a diferenciar la paja del trigo y salir de este enredo de intrigas la mayoría falsas.
Esa violencia que esperamos ejerza otros porque no tenemos como ejercerla nosotros, nos coloca en una posición de entrega de la única soberanía que poseemos, nos deja sin palabras y sin acción propia. Rescatando una soberanía arrebatada entregamos la más íntima y propia, la posibilidad de intervenir en nuestra política de adueñarnos del espacio público. No puedo seguir, ni acompañar esa lógica. Para Habermas la violencia solo se acepta como parte de una estrategia. Es la respuesta a una violencia ejercida por la administración burocrática y que terminan convirtiéndose en una violencia estructural. Es nuevamente resultado de la acción ciudadana y no de la violación soberana como la que ejerce Putin sobre Ucrania. Arendt que ya había muerto no puede contestar a Habermas, pero podemos saber por sus escritos que considera a la violencia, en todo caso, muy peligrosa, se disipan las certidumbres y perdemos la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Nos disponemos solo a la obediencia.
Es necesario volver a rescatar la esfera pública, de afinar nuestros pensamientos y establecer criterios firmes. Ello requiere un gran trabajo en las comunidades, que siempre hacían los políticos, creando conciencia ciudadana. Rescatar el discurso del juego bélico distractor y dejar atrás las posiciones extremas, de adoración al poderoso. “La violencia siempre viene de la impotencia. Es la esperanza de aquellos que no tienen poder, y esa esperanza es vana” Arendt. De la violencia podemos esperar solo sumisión.

Pues se cambiara Cuba por USA mientras se asume la cualidad de CIUDADANO...
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